RELATOS EXTRAÑOS

Joven - Vieja“He de decir que estoy bastante sorprendida. No te esperaba aquí”.

El chico bajó la mirada.

Hace mucho que no nos vemos”- prosiguió ella. “Y no era de esperar volver a tenerte tan cerca”.

Luisa, … alcanzó a decir él antes de quedarse sin aliento.

Respiró para poder continuar con su discurso. “Luisa…”- repitió de nuevo volviendo a callar como si no le quedaran fuerzas para decir ni una sola palabra más.

Luís…”- se escuchó de los labios de ella. Y ella también calló.

Los dos miraron al suelo. Una especie de viento cargado de polvo y mugre comenzó a elevarse de entre los pies de ambos. El cabello de Luís y de Luisa empezó a agitarse empujado por el efecto de aquel extraño remolino de aire en movimiento.

“¡Luís!”- gritó ella con una voz sin sonido en la que solo chirriaban las cuerdas vocales de su garganta.

“¡Luís!”- volvió a gritar sin conseguir sacar hacia fuera el sonido de aquel nombre.

Angustiada al presenciar su incapacidad de habla, agarró a Luís por el cuello y zarandeándolo, le gritó: “¡¡Dime algo, Luís!!. Ahora sí conseguía escucharse el sonido de sus palabras. “¡Te he dicho que me digas ALGO!”- volvió a suplicar Luisa en tono imperativo y con afán de suprema relevancia y autoridad.

La corona de Luisa cayó de su cabeza y fue a parar a aquel suelo firme aunque sin claros cimientos.

Luís se agachó a recoger la corona. La miró- a la corona. La abrazó- a la corona. Y la volvió a poner en la cabeza de ella.

Estúpida”- le dijo él. “Crees que por llevar oro eres digna de todas nuestras miradas. Crees que por llevar algo pesado en tu cabeza, los demás tenemos que agachar la nuestra ante tu presencia”.

Luís se puso de rodillas para comenzar a lavar los pies de Luisa. El viento ya había parado y los pies de Luisa se habían llenado de un polvo grisáceo casi negro. Al poner la toalla mojada en agua en los pies de ella, encontró que su piel estaba tremendamente arrugada. Las uñas eran largas. Parecía estar lavándole los pies a una anciana.

Luís elevó sus ojos y vio a una vieja petrificada.

Le estaba lavando los pies a la muerte.

A la vez que Luís se elevaba para observar la imagen de aquella inerte dama, ella caía al suelo por debajo de su mirada.

No quedó rastro de ella. No dejó huella. No se supo nada.

Ni de Luisa, ni de una vieja, ni de una dama. Ni la corona, ni una palabra, ni un gesto amargo en sus miradas.

GLOBOS EN LA CABEZA

FullSizeRender-6Leí el otro día que era conveniente compartir más las fortalezas de uno que las debilidades; pero hoy no quiero hacerle caso a las recomendaciones que me dio la etiqueta de unos sobrecitos de mi infusión de YogiTea. Hoy solo quiero sentir el conflicto que hay en mi interior y plasmarlo aquí; sirviéndooslo a vosotros como plato principal de este banquete de letras desencadenadas.

Me siento dividida y desconectada; me pasa, a menudo, cuando vivo en la ciudad. En esta segunda planta de un edificio, me veo alejada de la tierra fértil y, cuando miro por la ventana, el cemento tapa mi mirada como si se tratara de un segundo párpado. Me angustia la soberanía del Reloj que gobierna a los ciudadanos y la lejanía con la piel de quien tengo enfrente cuando mantengo una conversación. Me apagan los debates acerca del aspecto del vecino y me siento marchitar cuando veo que, incluso yo, me engancho más a la luz de un móvil que a la luz interior de un ser humano.

Creemos que llevamos una vida “normal” y, sin dudarlo, la llevamos. Una vida organizada por un “algo mayor” al servicio de un “no sé qué”. Porqué así vivimos/viven la mayoría, sin tener ni idea de por qué hacen las cosas y cuál es el objetivo último y principal.

Por eso salimos a la calle con tantas prisas, por eso cogemos el teléfono móvil en cuanto tenemos un rato de tranquilidad; porque no nos apasiona lo que nos rodea. Porque no queremos ver algo que nos llevaría más de 10 segundos contemplar y aceptar; y es que vivimos a merced de intereses que no son realmente los nuestros. Hemos entrado en la rueda frenética de esta vida social en la que todos corren y nadie encuentra el momento de saltar y renunciar a dejarse manipular.

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Eugenia´s Collages

SOLTAR

Hay veces que las cosas, simplemente, hay que dejarlas ir.

Es como cuando sueltas ese globo de color chillón que sujetabas entre tus manos y lo ves volar alejándose de ti con la fuerza del viento; o como cuando llegas a un río con una corriente muy brava y dejas algo entre sus aguas para que sea arrastrado por su caudal; o como cuando espiras una emoción y dejas que solo el aire que te rodea sienta como ha salido de ti, evaporándose y desapareciendo de tu persona.

Es un arte presenciar la disolución de las cosas, la ida de las personas, el fin de un estado anímico, la llegada de lo que todavía es desconocido y aparecerá como inesperado. Es un arte vaciar maletas, lavar las manos, renunciar a lo que nuestra mente quiere poseer y agarrar como si fuera suyo. Es un arte SOLTAR y es un arte que debemos practicar cada día más.

S O L T A N D O aprendo a dejar que el mundo siga girando en su incesante y mágico movimiento.

A M A R R A N D O le pido al Universo que se pare por y para mí.

¿Y para qué? ¿Y por qué? ¿Qué consigo cuando me amarro a aquello que ya se le fue el color de la vida? ¿No estaré agarrada solo a un puñado de miedos? ¿No será que esa puerta que tengo delante, llamada futuro incierto, me aterra y por ello quiero vivir anclada a algo que carece de sentido y existencia por sí mismo?

Es esa actitud de querer detener el tiempo la que mata lentamente las lucecitas centelleantes de nuestra alma. Es la necesidad de lo estático la que frena nuestra danza vital y humana. Es el querer aferrarse a algo que conocí por no abrirme a descubrir de lleno lo que me depara lo desconocido. Es una emoción que conocemos demasiado y a la que debemos ponerle nombre, se llama MIEDO.

El miedo es una emoción natural y humana que nos avisa de peligros a los que debemos estar alerta. Busca que nos pongamos rápidamente a la acción si hay algo que nos acecha y pueda afectar negativamente a nuestra salud física, emocional o mental. Es una emoción que, a fin de cuentas, tiene un único objetivo: PROTEGERNOS.

Sin embargo, hemos de saber de qué es exactamente de lo que nos estamos intentando proteger. ¿De lo nuevo? ¿Del vacío que surge entre una etapa y la siguiente? ¿Del vértigo que da ver tus manos carentes de aquello que tenían y sin saber si habrá algo que las vaya a volver a llenar?

Vivimos tan desconectados de lo que, verdaderamente, sí poseemos; que vamos locos intentando colmar lo que creemos que está vacío en nuestro interior. Si realmente, dedicáramos un poco más de tiempo a escucharnos a nosotros mismos y a apreciar todo el cariño, atención y escucha que puede surgir de nuestro interior, no tendríamos una actitud tan temerosa ante el natural ir y venir de las situaciones de la vida.

Sí, es un poco difícil, a veces, centrarse y reconocer que es uno mismo el que acabará dando el paso hacia quererse y hacia mirar por su propio bienestar. Nos da algo de pánico sentir que, en el fondo, sí somos poderosos. Sin embargo, ser poderoso no implica que no vayamos a seguir necesitando de lo externo. Sentir nuestro poder solo quiere decir que, pase lo que pase ahí fuera, nunca estaremos solos.

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ilustración personal

SOMOS LUZ

“Siendo yo una mujer árabe viviendo bajo un velo negro, ¿qué podría contarle a mi hija acerca de la vida?

Quizás que las emociones que nos recorren por dentro son las mismas que las de cualquier otra mujer en cualquier lado del planeta; que las ganas de explorar, jugar, celebrar y disfrutar del placer siguen latentes en mí como el primer día en que llegué a este mundo.

Quizás le pueda contar que nuestras voces, cuerpos y derechos han quedado ocultos bajo una capa de ignorancia social pero que nuestra luz interna no puede ser cubierta por muchos metros de tela que pongamos sobre ella.

Quizás pueda ella entender que la pasión que arde en nuestro interior no ha de confundirse con un deseo enraizado en la venganza.

Quizás pueda ella PERDONAR. Perdonar por mí y por todas las mujeres que todavía no aceptamos que éste haya de ser nuestro modo de vida”.

LA VERDADERA LUZ ES IMPOSIBLE OCULTARLA

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Texto e ilustración personales

MI PEQUEÑA YO

Esto de escribir a contracorriente y con música en español sonando desde mi reproductor de audio, no es habitual para mí. Pero me esperas en la puerta de una iglesia a pocos kilómetros de aquí para irnos a pasar la mañana en la playa y no quiero que se me haga tarde. Tampoco quiero llevar equipaje de más y, como veo que me he despertado con muchas palabras, he decidido teclearlas en este ordenador haciendo que formen frases.

Todos tenemos una “pequeña yo” viviendo en nuestro interior y más nos vale conocerla si no queremos que nuestra vida se vuelva del color del babero de un bebé que intenta comer con sus manos espaguetis con tomate, puré de espinacas y yogurt de limón a la vez. Que no está mal que nuestra vida tenga color y mucho, pero también es bonito poder decidir cómo queremos que se dispongan las manchas, cuántas y cuándo.

Por eso digo que hay que conocerse. Hay que echarse una mirada e inclinar nuestra cabeza al interior de nuestro cuerpo no hueco y mirar a esa pequeñita que nos reclama atención con rabia, ternura y lágrimas en los ojos. Necesitamos saber qué quiere, qué necesidades se le quedaron sin cubrir cuando su edad temprana imaginaria se correspondía con su edad real y qué nos pide a nosotras ahora que somos mayores y adultas.

Mi niña pequeña interior lleva un megáfono que pide atención y, a veces, necesito taparme los oídos para dejar de escucharla. La verdad que es tarea imposible ignorarla o hacer caso omiso de sus necesidades. Me pregunto cómo lo harían mis padres para que no me sintiera decepcionada a cada momento, si es que, en aquella época, pedía tanto como esta pequeñita exige ahora.

Y es que lo cierto es que esa pequeñita interior- es decir yo- exige mucho. No quiere una golosina de la tienda de chuches sino que las quiere todas. No le basta con ver una peli de Disney sino que le tengo que asegurar que luego vendrán muchas más. No le vale con su plato de pasta favorito sino se lo doy yo con plena entrega y disposición. No le vale nada, vaya. La tengo siempre insatisfecha y, la verdad, que he de decir que es muy cansado sentirla siempre tan descontenta y verla comportarse de una manera tan ingrata.

Voy como una loca intentando complacerla pero no doy abasto. Simplemente, llora y se queja; y, a veces, la verdad, me parece un poco autoritaria y demagoga. Parece que todo lo que le doy va a caer siempre en un pozo sin fondo en el que no hay un mínimo retorno ni una pequeña respuesta en forma de halago, carantoña complacida o gesto de gratitud.

Por eso digo que hay que conocerse. Porque creo que el tamaño de mi boca es más grande que el Everest y, por mucho que me den, me acabarán pareciendo siempre pequeños bocados insignificantes.

Hay verdades que duelen y no me gusta reconocer que soy así. Al final pido tanto que no veo los pequeños detalles, estoy tanto en el “que vendrá después” que me pierdo lo que estoy recibiendo ahora, tengo tanto miedo de que las cosas acaben que olvido que ahora mismo sí están ocurriendo. ¡Cuánto daría por vivir consciente en el eterno y abundante presente que nunca acaba!

¡Vaya! El tiempo se agota y tú pronto estarás en la puerta de la iglesia esperándome para irnos a pasar la mañana en la playa. Debo incorporarme y alejarme de este ordenador si no quiero llegar tarde. Voy algo más ligera de equipaje verbal. Y, además, un poquito más consciente de las necesidades de mi pequeña yo… que, la verdad, es mucho más dulce de lo que os la he presentado y bastante sensible. Creo que, a partir de ahora, la voy a escuchar mucho más, aunque a veces le incomode a mi “yo adulta” no entender los complejos abismos que puede sufrir un niñ@ pequeñ@.

REFLEXIONES (Y YA)

Fuera cual fuera nuestro propósito cuando salíamos del vientre materno para entrar de lleno a la vida en este mundo; dudo que éste estuviera relacionado con ser enemigos de nosotros mismos (me refiero a la relación que uno tiene consigo mismo) o a boicotear nuestra propia felicidad. Viendo la belleza natural que hay en este planeta, se me hace más probable, que nuestro propósito de vida en ese momento fuera crecer y expandirnos en la belleza que somos. Ser quienes somos exactamente.

Una roca es una roca, un pez es un pez y un ola de mar al llegar a la orilla es una ola de mar al llegar a la orilla. Creo que todas nuestras frustraciones, vienen del hecho de que creemos que todos tenemos que ser iguales y de que no llegamos nunca a sentir en nuestra infancia que ser esta obra de arte única, diferente y especial es algo correcto y positivo.

Por eso creo que todos vamos moldeándonos poco a poco a ser uno más en la sociedad y tenemos la concepción errónea de que tenemos que parecernos los unos a los otros para ser reconocidos y respetados. Cuesta mucho ver personas que se desmarquen mostrando su propia originalidad y que, además, se enorgullezcan y se sientan seguros de ello.

Por todo ello, te pregunto a ti:

¿Qué es lo que te hace diferente?

Puede que la primera respuesta que te venga no sea algo que se valore a nivel social, puede que sean pequeñas cosas, puede ser esa mirada penetrante a la vez que perdida, puede ser tu forma de caminar, puede ser alguna de tus heridas, tu forma de expresarte al hablar, tu buen gusto a la hora de decorar habitaciones o tu capacidad para escuchar a los demás. También pueden ser tus nervios extremos a la hora de emprender algo, el miedo ese que te hace temblar, tu ilusión, tu capacidad para sentir y emocionarte, o tu modo de ser un lago embalsamado ante cualquier situación.

Y es que anoche pensaba que yo tenía que QUERERME MÁS a mí misma. Anoche pensé que ya podía dejarme de tonterías y apartar cualquier otra misión y responsabilidad imaginaria en mi cabeza. Si yo venía a este mundo y no me valoraba por ser quién soy, entonces, sí que estaba siendo esto de vivir una verdadera pérdida de tiempo.

Sentí que esa iba a ser mi responsabilidad a partir de ahora. Asegurarme, cada día, que siento amor hacia mi persona; ser eso que yo soy. Sentirme y amarme al igual que lo hizo y lo hace mi Creador que sois todo lo que hay fuera y todo lo que hay en mi interior.

A parte de añadir la práctica de la meditación como actividad diaria (ya pensaré qué tipo de meditación puede ser mejor para ello), pensé que escribiría en una lista todo aquello que me hace especial y diferente (al igual que os he pedido a vosotros al comienzo de este texto); todo aquello por lo que realmente yo me podía valorar… hasta que no hace mucho he descartado por completo esta segunda tarea.

La realidad es que no quiero una lista de cosas que me hagan ver que soy diferente, especial y única; creo que ya tengo todas esas cualidades por el hecho de estar aquí y ser quién soy; un individuo diferente al resto. ¿Por qué iba a tener que encontrar motivos para sentirme especial? ¡Qué absurdo!

Otro tema, quizás, es que no solo va todo esto de sentirse especial, diferente y único. Creo que la palabra responsabilidad, ha de entrar ya en juego. Y es que ya es hora de decidir si queremos ser los capitanes del barco de nuestra vida o no. No es lo mismo llevar el timón y tomar decisiones que dejarnos llevar por Dios sabe qué.

Caí en la cuenta, ayer también, que el shock de salir del medio acuoso cómodo y seguro del vientre de nuestra madre para entrar en un mundo de formas y responsabilidades, lo hemos sentido todos. Que todos- o la mayoría- hemos tenido que transicionar de la inhabilidad de autogestión que sentíamos en la infancia a la habilidad de autogestionarnos en la vida adulta. Que estamos todos jugando con las mismas reglas del juego que son, al fin y al cabo, aprender a autogestionarnos con los recursos que se nos ha dado.

Dije que dejaría cualquier cosa a un lado hasta que no comenzara a quererme más y aquí estoy escribiendo este post que, en algunas ocasiones, me aleja de mis responsabilidades actuales y me hace posponerlas. Me voy a dejar de letras y reflexiones y me voy a poner manos a la obra; me da la sensación que toda mi práctica a partir de ahora se reducirá a respirar y ser consciente de que yo soy VIDA y, por ende,… (y esto te lo susurro muy bajito): a m o r

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Te mando saludos desde el balcón de mi casa

SIN “S” DE SABIDURÍA

Captura de pantalla 2015-08-04 a la(s) 15.16.22Me estás presionando. Pones tu pie sobre mi cabeza y aprietas fuerte para que note los huesos del cráneo crujirse contra el suelo. A penas te veo desde el rabillo de mis ojos y noto como la saliva supura por mi desencajada boca. Como polvo mientras tú te elevas entre los altos cielos, caigo en lo hondo a la vez que te proclamas rey de aquello que no puede ser comprado, intercambiado ni vendido. Le pones precio a mi alma y etiquetas la bella gracia de mis movimientos. Me encadenas a la fama de quererme sentir valorada, me llamas y me entrelazas entre juegos y tramas.

Te ríes mientras me pierdo confundida entre las pistas que me dejas; creyéndome yo en la certeza de estar encajando piezas. Yo reina en esta fortaleza hecha de humo, paja y quimeras; yo princesa de los mundos que navego cuando tú te alejas; yo plebeya en el patio de esta plaza vieja; esclava de tus gustos y pesadas moralejas.

Sonreiría si supiera que esa vara de acero dejará de hacerme huellas. Abriría mis ojos si no fueras a ser tú a quien viera. Confiaría en mis cerrojos si, poco a poco, sintiera que tus tentáculos van en busca de otros lagos, de otros pozos, de otros charcos fanganosos.

Permíteme sentirme viva. Y tú, sumérgete en tu propia herida. Ahógate en tu podrida filosofía de quererte creer con vida. Suéltate como carne inerte lo haría. Déjate caer en tu oscura filantropía que ya no soy esa niña camelada, cegada y confundida a la que pretendes, todavía, hacer trizas con tu xxxxxxx* sabiduría.

* monstruosa, pestilente, mugrienta, aborrecible, repugnante, detestable.

Al son // del mar

Captura de pantalla 2015-08-01 a la(s) 19.49.53Siempre me he sentido un poco tortuga, un poco caracol. Camino lento, miro con profundidad al paisaje esperando que éste crezca sin necesidad de moverme, acaricio, susurro; a penas se altera el aire ante mis movimientos y, en numerosas ocasiones, sólo los pequeños bichitos del suelo suelen notar mi presencia.

Hoy le comentaba a un amigo que cómo puede ser que vaya tan lenta. Me preguntaba, hablándole en voz alta, cuándo llegaría ese momento en el que estuviera haciendo exactamente aquello que sé, en mi interior, que quiero hacer. Cuándo llegaría a mí la certeza de estar trabajando con mis propias manos un rico abono para las cosechas que sé que tienen que echar buenas raíces. ¿Cuándo?

Me remitió él a la fábula de la liebre y la tortuga en la que uno aprende que lo importante es avanzar y me recalcaba también la importancia de un dato:

“Sandra, a lo mejor, no es precisamente LA VELOCIDAD el factor que tienes que tener en cuenta a la hora de medir tu éxito. Puede que la velocidad no sea, precisamente, la que vaya a marcar la diferencia en tu bien hacer en esta vida o no”.

Entonces he recordado a los niños del orfanato con los que trabajo en India. Sé, por lo que me han dicho en numerosas ocasiones y por lo que yo puedo percibir, que lo que más les cautiva de mí es mi calma y mi templanza. Que en los días de desenfrenada locura general, agradecen mi tranquila sensatez y que siempre es una alegría para ellos saber que tienen un regazo en el que acurrucarse para sentir su propia paz.

Quiero reconocerme todo lo bueno que tiene ser una persona calmada pero no puedo evitar rechazar la idea de ser una persona PAUSADA. Me encantaría, en ocasiones, colocarme un motor a la altura de mi espalda y empezar a recorrer mundos sin tanto tacto y miramientos. Sí, disfrutar de una desenfrenada e inconsciente velocidad que despeina mis cabellos.

Lamentablemente (si uno decide lamentarse, claro), eso de ir rápido cogiendo diamantes de colores que te dan puntos como hacen los protagonistas de los videojuegos, no es, de momento, para mí. Veo a la gente pasarme de lejos, huelo las estelas de polvo que dejan a mi alrededor cuando ya nada ni nadie sigue a mi lado, el paisaje cambia poco y yo sigo aquí:  l  e  n  t  a,

d  a  n  d  o  u  n  p  a  s  o

y  l  u  e  g  o

o  t  r  o.

(IN)DEPENDIENTES

Captura de pantalla 2015-07-26 a la(s) 03.53.53Hay dos reacciones diferentes ante el miedo a la soledad; ya sea esta soledad causada por rechazo o por abandono. La primera reacción ante este miedo es evitar por todos los medios estar solo. Buscamos estar siempre rodeados de gente y nos aseguramos en nuestra vida que nunca se dé el fatídico caso de sentirnos aislados, solos o marginados.

Hay otro tipo de comportamiento. Están las personas que ante este miedo deciden aislarse. Se aíslan como reacción a su miedo a la soledad. En este caso, por lo menos, se sienten poderosas y creen controlar algo la situación. “Tengo tanto miedo a quedarme solo que, mejor, optaré por vivir solo. Prefiero no acercarme ni relacionarme de manera abierta con otros no sea que ellos se marchen y tenga que lidiar con mi herida relacionada con el abandono”.

Evitando ser dañados, estas personas se separan del resto pudiendo dar una imagen de independientes, individualistas y resolutivos. En la creme de la creme de este grupo encontrarás los que, además, se enorgullecen de ello: “Yo soy muy independiente, yo no necesito a nadie”. Luego están los demás que mantienen la boca cerrada porque saben qué miedo se está escondiendo en su interior.
Y es que los que van de independientes (liga en la que estuve jugando un largo tiempo), creen en numerosas ocasiones que aquellos que necesitan del amor y la compañía de otros son, literalmente, unos perdedores. “Nosotros sí sabemos, sí nos valemos por nosotros mismos, no necesitamos A NADIE…”. Mmmm…
Ahora pienso que la persona que es verdaderamente INDEPENDIENTE es aquella que sabe depender de los demás a la vez que depende de sí misma y que encuentra su propia autonomía ante la presencia de otras personas (no aquella que evita la relación con otros a toda costa).
Enhorabuena a toda esa gente verdaderamente independiente que reconoce la necesidad natural que tenemos con respecto al amor, compañía y cercanía de los demás. Enhorabuena a todos los que saben relacionarse desde la entrega y la vulnerabilidad de saberse necesitados y, a la vez, capaces de todo.

Me voy adaptando a ti

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Me voy adaptando a ti, poco a poco. Tal y como lo hace mi colchón cuando me tumbo en la cama. Me ablando, me adapto, te acojo. Cambio de forma.

Transformo mis cualidades entremezclándolas con las tuyas. Me dejo afectar, permito que me toques, que moldees la figura que yo era para que encajemos en una composición perfecta; en una supuesta fusión de opuestos.

Tú trajiste la risa a esta ecuación de elementos uniformes y, mientras la brisa mueve nuestros cabellos y el tiempo pasa, la ausencia de estrellas fugaces me recuerda cuán de calmado es el cielo.

Había olvidado la peculiaridad de la vida en la Tierra, estos ajetreos que llevamos los humanos intentando encajar tareas entre las agitadas agujas del reloj. No recordaba o, quizás, nunca supe acerca de la fuerza de una palabra y de la determinación que se puede proyectar desde la voz. Olvidé el peso de los pasos en el suelo y lo bello que puede ser revolcarse por un barro ya molido, ya llovido, ya mojado.

Esta carne que envuelve mi cuerpo y que no se encuentra lejos de mi querido corazón, se siente. Percibo la calidad de mis huesos, de mis músculos, de mis órganos como si fueran un motor. Y escucho los ruidos externos que parecen ser lejanos a los míos; aunque, una vez llegan a mis adentros, me afectan por igual.

Estoy aquí y estoy viva. No estoy rodando una película detrás de la cámara, ya entré en el juego de los giros inesperados de guión y de los desenlaces que traen nuevos comienzos. Ahora sí que he de relajar mi cuerpo en este eterno segundo para vivirlo de lleno pues he entendido que lo que ocurre no vuelve a darse de nuevo y lo que creamos y creemos es el cultivo que asegura nuestra continuada respiración.

Respiremos y suspiremos, sintiéndonos libres y serenos. Fluyamos como hace el río sin querer atrapar lo que ahora se encuentra vivo. Confiemos dejándonos mecer en un constante movimiento que acuna a quienes viven con todos sus sentidos y acoge tanto a amantes como a amigos.