La niña que habita en mí

A veces no soy yo la que escribe, no todo mi ser, tan solo una parte de mí toma el control en la escritura. Esto quiere decir que hay veces que estoy feliz pero ese lado oscuro necesita decirme algo. Entonces, esa parte mía que se encuentra en la oscuridad, se pone frente al teclado y me cuenta, con sus propias palabras, qué es lo que le está pasando.

Acostumbramos siempre a escuchar aquello alejado de la oscuridad; la noche nos da miedo, nos asusta, nos recuerda nuestra cueva interior y esas voces que, a veces, evitamos. Pero lo negro e inalcanzable con la mirada, también forma parte del espectro de nuestra realidad. Y es de ahí, justo, precisamente, de donde podemos traer nueva luz que ilumine con mayor intensidad nuestro día a día.

Vine pedaleando desde una escuela a la que he ido a ofrecer algunas actividades de voluntariado. Eran las seis, no quería que se me hiciera de noche; así que pedaleaba fuerte, de manera constante, mi foco estaba en llegar cuanto antes a mi destino. No me quería ver a oscuras en ninguna carretera o lugar que se me hiciera espantoso al no iluminarle la luz del sol.

Tal cual deseaba y planeaba, llegué a mi destino a tiempo y con luz justo antes del anochecer.

En pocos minutos el cielo estaba negro y pensé: “¡Uff! ¡Por los pelos!

Sin embargo, no solo el exterior oscureció sino que yo misma, muy adentro, también me volví, por un momento, de color negro. Cierta tristeza estaba llegando, se hacía presente en mi interior. Cierto cansancio, quizás. Agotamiento. O una mezcla de todo.

Así que tras una ducha fría, preparé una alfombra en el suelo y me senté dispuesta a escuchar. A escucharme. A saber con atención, con cariño, con ganas, qué era aquello que me pasaba.

Imaginé enfrente de mí, en el otro lado de la alfombra, a la niña que fui; la que todavía siente, la que sueña, la que vibra a cada día con todo lo que le sucede. Y le pregunté: “¿Qué te pasa?

Ella ya me conoce, sabe que la escucho bien. Así que, en cuanto la vi dispuesta a responderme, cambié de lugar, me senté justo donde la imaginaba a ella y comencé a sentir lo que había en su interior. Empecé a llorar y me di cuenta de lo cansada que estaba.

Comenzó a contarme algunas cosas que le preocupaban y me informó de algunos aspectos que yo desconocía y que pensaba que eran ya algo del pasado. La escuché, con tranquilidad, en armonía. Y nos fuimos a cenar. Bueno, fui a cenar yo sola sabiéndola a ella en mi interior.

La niña interior es algo que todas llevamos dentro. La niña interior es la niña que fuimos. La que traía todos sus regalos intactos consigo, la que sufrió, la que vio algunas de sus necesidades cubiertas y algunas otras no. La niña interior es la pureza, la energía, la pasión, la convicción de aquello que queremos y no queremos, es nuestra fuerza interior y, además, es la vulnerabilidad más sublime y bella.

Nosotras, las que somos, somos las adultas; las que pueden convertirse en madres de esas niñas que llevamos dentro. Las que podemos darles a ellas todo lo que no tuvieron en su infancia y sí necesitaron, las que les podemos escuchar y abrazar y hacerles entender que el amor, en primer lugar, han de buscarlo en nosotras mismas.

Tuvimos una infancia, una mamá, un papá, unos educadores, unas circunstancias… Y fueron aquellas circunstancias y aquellas personas las que nos abrieron muchos caminos y también las que se interpusieron para que no transitáramos otros. Aprendimos, de pequeñas, que eran los mayores quienes poseían la Verdad y tenían el Poder de dirigir nuestras vidas.

Pero una vez crecemos, debemos hablar con ese lado vulnerable -nuestra niña interior- atenderla (atendernos) y hacernos comprender que la Verdad se encuentra dentro de nosotras y que el Poder, el poder de hacer aquello que queremos, también.

Conforme empezamos a desarrollar una relación de amor, cariño y respeto con nosotras mismas, nos hacemos menos dependientes de la opinión ajena; especialmente, de la opinión de aquellas personas que en nuestra infancia representaban la Verdad y el Poder.

Es importante saber que la Verdad reside dentro. Y que el Poder también.

Una vez sabes eso, se reduce el miedo. Entonces, tu camino se abre de una vez.

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Ilustración de Claudia Tremblay

VLOG: Dar desde el Amor que somos

No es lo mismo actuar desde el amor que necesitamos (carencia) que desde el Amor que somos (esencia). Si eres una persona interesada en compartirte y dar de ti a los demás has de saber que la prioridad eres TÚ y que la primera pregunta que debes hacerte no es qué necesita el resto del mundo, la pregunta es: “¿Qué necesito YO?“

*Puedes darle a HD para ver el vídeo con una mayor calidad.

CARTA A PAPÁ

No cuestiones mi verdad porque no me lo merezco. Muchos años andando a través de ti, desarrollándome a través de tu amor y tu presencia pero sin dejar de lado tu juicio incondicional. De la mano me llevas pero también me la aprietas y me haces daño cuando me frenas, cuando me indicas que está mal, que estoy mal, que soy mal.

No soy mal. Tampoco soy bien. Tampoco soy la que quieres que sea.

La vida me ama y yo hago lo posible por ser la hija perfecta. Hija de la vida. Recibiendo a cada momento el aire, el alimento, la visión.

Reconozco que me caigo y que me tiemblan las piernas al levantarme y al mostrar mi fuerza y mi grandeza. Reconozco que viví demasiado a través de ti, que seguí buscando tu mano cuando quizás ya no la necesitaba.

Fuiste mucho para mí, a veces, demasiado. El motor y el freno. El volante. La dirección. El mapa.

Y cuando te fuiste, o cuando yo ya no era esa a quien guiar; cuando dejé mi papel de seguirte, mi rol de depender, mis carencias; cuando me atreví a ser sin ti, a respirar sin buscar tu aliento; entonces entendí cuánto me dabas tú, cuánto me aportabas pero también, cuánto provocabas cada caída mía. Y te culpaba por mis heridas. Tú: creador y responsable. Tú: hacedor de lo mío. Tú: un Dios humano culposo y culpable. Vencedor en su ring pero tan mezquino en el mío.

Entorpeces mi camino pues ya no somos aquellos que éramos. Ya no soy esa boca que alimentar ni esos ojos a los que abrirle los párpados.

Entre mis piernas encuentro todos esos secretos que nunca me contaste y con mis manos acaricio el amor que siempre estuvo en mí. Agradezco tus semillas, el sol que fuiste, el perfecto caparazón que me entregaste donde explorar mi vulnerabilidad. Fuiste valiente y valeroso, honorable y protector. Tan heroico que no existiría batalla en la que no hubieras vencido.

Pero tú, tan grande, tan bello y tan solemne; con la voz del Dios Trueno y la inflexibilidad del juez Salomón; te me hiciste inmenso y pesado; como una enorme roca que arrastrar, como alguien a quien intentar impulsar a creer en mi camino.

Y a base de intentar camelarte, de quererte convencer, de venderte mis ideas, mi belleza, mi capacidad; y al precio que me costaba intentar persuadirte con mi dialéctica, seducirte con mi aparente estabilidad, intentar comprar un poco de tu confianza y tu fuerza; comencé a perder las mías.

Valoré más lo que había en ti que lo que había en mí, creí ser solo capaz de avanzar si tú apostabas por ello. Intenté venderme por poco y, al final, me quedé sin nada.

Y hoy, en esta noche de luna llena tras un día soleado y una larga conversación, me siento aquí para sentirte en mí, para apreciarte y respetarte, para valorar aquello que me has dado. No te voy a pedir todo lo que te he entregado, ni siquiera toda esa energía, esa fuerza, esa incansable insensatez que me ha llevado loca intentándote convencer. No te pido nada ya. Ya te he pedido demasiado. Ya me lo has dado todo. Ya es la hora de dejarte descansar.

La batalla ha acabado. Si la victoria existe, será la mía. Porque tú ya emprendiste tus hazañas, ya demostraste tu valor, ya jugaste todas tus cartas y fuiste el vencedor de una historia ya revelada. Ahora es mi turno: de entregarme, de probar, de labrarme mi camino, de alzarme sobre estos pies que son míos y de creer en mi propia valía, en mi propia capacidad, en mi propia madurez.

No hay nada ya que me puedas ofrecer, me refiero en lo que a superhéroe se refiere. Te dejo estar en tu trono pero será uno solo hecho a base de respeto y  amor. Mis palabras resonarán en mí más alto que las tuyas y confiaré en cada paso que dé, no solo para honrar todo aquello que la vida me ha dado para que ofrezca a los demás sino también para honrar todo lo que la vida te dio y tú me diste a mí.

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TENEMOS HAMBRE

Las mujeres tenemos hambre, mucha hambre.

En primer lugar de RECONOCIMIENTO. Necesitamos sentirnos valoradas, saber que se nos ve más allá de nuestra belleza, que tenemos algo que aportar y que procrear no es la única misión que la vida tiene pensada para nosotras.

Tenemos hambre de ACCIÓN. Queremos ser valientes, decididas, estructuradas, poderosas. Necesitamos construir nuestros propios castillos, templos, reinos e imperios.

Tenemos hambre de AMOR. Queremos poder ser libres enfrente de otra persona, entregarnos a ella sin sentir pecado y rendirnos al éxtasis de esta existencia.

Tenemos hambre de COMIDA. Esa que los anuncios de televisión y las revistas demonizan y apartan de nosotras. Queremos volver a sentir que la comida nos pertenece y que somos uno con el alimento mismo.

Las mujeres tenemos hambre, estamos famélicas, comemos migas poco interesantes que solo acarician nuestros vacíos pero no los llenan. Por ello, debemos acceder pronto a ese hueco, a ese hueco que nos habita para hacer magia en su interior y transformar aquello que consideramos carencias en los frutos que nos llenen de vida desde adentro.

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DUELOS

Hay alguien que conozco que hoy se encuentra decaído, triste, sin pasión ni ganas. Me pregunto qué habrá dentro de él: ¿desasosiego?, ¿ira?, ¿rabia?, ¿impotencia?, ¿contención?

El tiempo que pasamos juntos chocábamos bastante pues él es una persona que no expresa de manera habitual sus sentimientos. Si se siente mal, te lo comenta: “me encuentro mal…” pero seguidamente le añade la coletilla de “pero no es nada, pronto estaré bien”.

Echarle sacarina, azúcar, extra de miel o cualquier sucedáneo que reduzca el sabor de lo que estoy sintiendo; no es de mi agrado y lo intento evitar. Y, de la misma manera, si tengo la intención de comunicarme con alguien a corazón abierto, me gusta que esa persona no me endulce ni disimule lo que, realmente, está ocurriendo en cada parte de su preciado cuerpo. Quiero autenticidad, crudeza, naturalidad… no me gustan los “esto no es nada”, ni el “ya pasará”. Quiero la pureza de la emoción, la realidad que el otro esté sintiendo, quiero sinceridad y no ver muros por en medio.

Si miro a los ojos a alguien y le quiero ver, es para tenerle conmigo al completo. No llevo gafas de sol o, por lo menos, intento no hacerlo. Hasta el momento ninguna reacción mostrada por alguien ajeno a mí, me ha provocado ninguna ceguera.

Sé que duele sentir, sé que en ocasiones se hace insoportable. Pero, ¿qué me decís de reprimir esas emociones? ¿Qué creéis que ocurre cuando el tiempo pasa y acumulamos, una detrás de otra, esas sensaciones que no queremos aceptar? ¿No es más doloroso estar dormido? ¿No acabamos convirtiéndonos en autómatas carentes de pasión y de verdad?

Y no quiero ir a su rescate, lo prometo. Pero sí quiero estar allí junto a él. Y traerle a mi regazo y abrazarle. Y dejarle ser quien es. Y poner un jarrón que recoja todas sus lágrimas y entregárselo a él para que lo estampe contra el suelo si eso es lo que necesita.

Me gustaría que entendiera que ser humano es igual a recibir lo que hay en el mundo. Que por mucho que agachemos la cabeza, no vamos a dejar de sufrir. Que el sufrimiento es legítimo y parte del crecimiento y que, por favor, lo mire de frente para poder disminuir su intensidad.

Pero estoy en este proceso de dejar a cada cual por sí mismo y por ello me freno en este impulso de querer ir a lamerle sus heridas. Pero iría, ¡vaya que iría!, a mirarle a sus ojos y a hacernos entender, mutuamente, que la vida son dos días y que en ellos hay tiempo para varios duelos internos y para varias muertes propias también.

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EL CAUCE DEL ALMA

Ojalá hoy encuentre la manera de hacer que los pensamientos, los aprendizajes, las sensaciones y sentimientos que han aparecido en mi interior puedan bajar por el cauce de mi alma hasta plasmarse en este texto.

De repente, he vuelto a caer en mi interior. Es como si volviera a tener acceso a lo más profundo de mi esencia, a lo que vibra bajo mi propia tierra, al paraíso oscuro que hay dentro de mí. Vuelvo a estar conectada con lo que me hace estar viva, vuelvo a sentir, a conocer aquello que sustenta mi alma, aquello que da energía a mi cuerpo.

Estoy en profundo contacto con aquello que me sostiene y, no hay más maravillosa sensación que la de saberte amada y reconocida.

He caído en mi interior y eso no siempre implica encontrar alegría o tristeza. Caer en tu interior es experimentarte desde adentro, es encontrar cobijo en tu propia existencia, es escucharte, amarte, vivir en ti

Todo esto me hace sonreír.

Estoy pura y, a la vez, tan delicadamente vulnerable. Siento que me rompo al mismo tiempo que me siento entera. Noto el amor vibrando dentro y fuera de mí, percibo mi necesidad con respecto al prójimo, mi necesidad como ser humana, mi necesidad de alimento y sustento…

Nos desconectamos de nuestra propia fuente hace mucho tiempo. Nadie nos enseñó a mantener esos ojos brillantes que teníamos cuando éramos niños. Por eso, en la edad adulta, hay tanta desorientación, tanta incomprensión acerca de lo que, de verdad, nos llena por dentro.

Sin embargo, todos sabemos del león que ruge en nuestros adentros, todos intuimos esa fuerza interior, esas ganas de abrirnos al mundo, esa capacidad de recibirnos plenamente por ser como somos. No estamos tan lejos de nosotros mismos como, a veces, creemos.

Estira tu brazo, ahí, hasta donde alcances. Eso es lo más lejos que te puedes ir de ti mismo. Aunque te sientas perdido, nunca lo estás tanto como para no volverte a encontrar.

El cuerpo no es la cárcel del alma; el cuerpo es la casa de nuestra alma. No encontrará ella otro sitio en el que ser y estar; así que tráela de vuelta a casa y disfruta de una reunión contigo misma.

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BUSCANDO UN PARAGUAS

A un día de mi 30 cumpleaños me siento así: BUSCANDO UN PARAGUAS.

¿Sabéis esos grupos de turistas que van siguiendo a un guía que usa un paraguas de colores para que la gente pueda verle con facilidad? Sí, esos grandes grupos de chinos y/o japoneses que van siguiendo a la manada y mirando hacia la derecha y hacia la izquierda según indique el aparato de audio que llevan en sus cabezas…

Sí, bueno, la realidad es que justo me refiero a eso. He debido perderme del grupo. Aquí no hay nadie que me diga hacia dónde tengo que mirar, ni escucho indicaciones claras a través de los oídos. Tampoco veo un paraguas de colores que me indique dónde debería estar mi lugar ni qué sitios, atracciones o monumentos debería estar atendiendo con mi mirada.

Soy libre, señores. Soy libre.

Y menudo vértigo da dicha expresión. Toda la vida ansiando comerme el mundo hasta que llega el día en que te das cuenta que no hace falta que ansíes nada porque ya te has comido buena parte de él.

¿Y por qué tanta ansia, entonces? ¿Por qué tantas ganas? ¿Y, hablando de todo un poco, hacia dónde he de tirar?

A un día de mi 30 cumpleaños me siento así: un poco -solo un poquito- PERDIDA.

¡Ché! Y yo que me sentía tan orgullosa de mí misma por estar creando un camino propio y por tener la valentía de mirar el mundo con mis lindos ojos. La misma, yo, la valiente… perdida… ¡Pues vaya chasco!

Creo que me tengo que quitar el traje de heroína porque empiezo a creer que, el hecho de ser libre, no implica que vaya a ocurrir gran cosa. Simplemente, ahora puedes decidir pero, no te creas, por muy libre que seas las limitaciones forman parte de tu naturaleza.

Sí, limitaciones como el tiempo, la edad, el coste de oportunidad que supone hacer algo y tener que sacrificar otra cosa a cambio, la capacidad limitada de los pulmones o del estómago, las horas necesarias de sueño, las distancias físicas… Existen los límites por mucha libertad que quiera yo encontrar. Soy una mujer libre y, jodidamente, limitada. ¡Qué putada!

Pues sí, me fastidia. Me fastidia porque siempre he querido tenerlo todo. Porque no fue casualidad que me leyera el libro de El Alquimista tres veces seguidas cuando era adolescente. Porque siempre he creído en los sueños y en los destinos, porque conozco el potencial y creo en la capacidad del ser humano para llegar bien lejos.

Pero en algo me he equivocado y es en creer que el ser humano, tan sólo él y por sí mismo, puede alcanzar las estrellas. Y no, no es así. Estamos interconectados, somos parte de algo que vive en nuestro interior y, a la vez, nos supera; somos una pieza de un puzzle, tan solo somos humanos; vulnerables y limitados.

Por eso, a mis ya casi 30 años cumplidos; he de decir que me siento hoy en la silla de la decepción. Aunque sea solo por un ratito. Y es que, ¿quién me he creído yo para querer tocar el cielo? ¿Es que no sé de sobra la cantidad de factores que han de acompañarme a mí hasta esa elevada llegada?

“Ay,…” – me digo a mí misma- “con lo que has sentido en tu interior, ¿cómo puede ser que hagas a tus ojos ciegos y a tus oídos sordos? Si sabes que toda esa alegría que buscas, todo el sentido que te va a motivar y todo el amor que mereces; se encuentran dentro de ti misma. ¿Por qué intentas encontrar un paraguas de colores cuando en esto de la vida tan solo estás tú? Tú y las huellas que has dejado. Tú y todo lo que ya has caminado. Tú y todo lo que el Universo ha sembrado en tu interior y te muestra ahí fuera en modo de personas, circunstancias y relaciones. Ay… deja ya de mirar a los rumores del pasado y eleva tu mirada. Ahí, enfrente tuyo, está la vida”.

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NO DEJAMOS NUNCA DE QUERER

Como bebés, no dejamos nunca de querer a nuestras madres. Nuestro cuerpo es consciente de que, a través de ellas, se nos ha dado la vida y hemos visto el mundo según sus propias percepciones.

Como niños, no dejamos nunca de querer a nuestras madres ya sean éstas bellas o feas, felices o depresivas, apagadas o entusiastas.

Como adolescentes, no dejamos nunca de querer a nuestras madres; se lo expresemos con cariño o rebeldía, con simpatía o antipatía, con calor o con dolor.

Como adultos, no dejamos nunca de querer a nuestras madres, seamos iguales o diferentes, vivamos juntos o separados, compartamos las mismas opiniones o no.

Como adultos despiertos y diferenciados de su propia madre; permitimos que ellas sigan su camino, aprendemos a crear nosotros el nuestro, nos hacemos generadores de vida redescubriendo nuestra propia capacidad creativa y nos enraizamos en unas raíces propias que son diferentes a las de ella; y así, al igual que en todas las etapas de nuestra vida, no dejamos nunca de querer a nuestras madres.

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Ilustración personal

CALMA

La vida acabará un día, por lo menos, la que comenzó en este cuerpo en el que ahora me encuentro viviendo. Eso ya lo he entendido. Quizás no lo he aceptado ni tampoco tendría la valentía de meter los pies dentro de la Muerte como si tal cosa pero sí sé que llegará un preciso, exacto y trascendente momento en el que estos musculitos dejarán de tener vida y movimiento propios (si es que, realmente, la vida y el movimiento le corresponden como propiedad a algo en concreto).

Bien, como venía diciendo, ya sé que las luces de esta fiesta extraña en la que todos nos encontramos un día se apagarán. Quizás, mis ojos oscuros vean otras luces, encuentren otros seres o se sumerjan en diferentes y desconocidas dimensiones. Quizás me convierta en ballena. Quizás.

Ahora bien, mientras tanto, en esta peculiar vida humana que nos caracteriza, voy caminando con mis piernas; disimulo moviendo primero una y luego la otra; haciendo como si siempre hubiera sabido andar; como si esto de ser humano fuera pan comido y supiera hacer todas las funciones y labores que tenemos los de nuestra raza. Sin embargo, he de reconocer que, realmente, no tengo mucha idea sobre el fundamento y la base en las que reposan mis actos y mis doctrinas (que también las tengo). Yo camino, como, converso, le pido al panadero el pan, saludo a la vecina, le hago un guiño al sol, recojo hojas que han caído de los árboles en otoño, miro los ojos de un bebé que acaba de pasar colgado a los hombros de su mamá; hago muchas cosas pero no sé mucho acerca de ellas.

He de decir que me gusta mucho mirar la vida como si nunca antes mis párpados se hubieran abierto a recibir información del exterior. Abro los ojos y dejo que todo penetre como si nunca antes lo hubiera visto. Todo se hace nuevo y frescos planteamientos entran en mi cabeza para volverme loca intentando poner a salvo alguna teoría que me lleve a ordenar esta cadena de actos que, finalmente, acabarán conformando mi vida.

En definitiva, yo, con este texto, solo quería entregarme a mí misma un post-it de esos de color rosita y con forma redondeada en el que estuviera escrita una frase:

NO SABES NADA

Porque esas tres palabras son mi verdad y es la única verdad que, verdaderamente, conozco.

¡Qué lástima no haberme encontrado a Sócrates esta tarde en el estruendoso centro comercial al que decidí ir para comprarme una triste camiseta! Seguro que, juntos, nos hubiéramos dado la mano y hubiéramos salido de aquel lugar para ir a sentarnos cerca del caudal de un río. Allí donde cantan los pajaritos y se escucha pasar la tarde. Callados. Calmados.

Tranquilos.

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Sócrates y yo saliendo del centro comercial y de camino hacia el río. Todavía se oye la voz del gentío.

RELATOS EXTRAÑOS

Joven - Vieja“He de decir que estoy bastante sorprendida. No te esperaba aquí”.

El chico bajó la mirada.

Hace mucho que no nos vemos”- prosiguió ella. “Y no era de esperar volver a tenerte tan cerca”.

Luisa, … alcanzó a decir él antes de quedarse sin aliento.

Respiró para poder continuar con su discurso. “Luisa…”- repitió de nuevo volviendo a callar como si no le quedaran fuerzas para decir ni una sola palabra más.

Luís…”- se escuchó de los labios de ella. Y ella también calló.

Los dos miraron al suelo. Una especie de viento cargado de polvo y mugre comenzó a elevarse de entre los pies de ambos. El cabello de Luís y de Luisa empezó a agitarse empujado por el efecto de aquel extraño remolino de aire en movimiento.

“¡Luís!”- gritó ella con una voz sin sonido en la que solo chirriaban las cuerdas vocales de su garganta.

“¡Luís!”- volvió a gritar sin conseguir sacar hacia fuera el sonido de aquel nombre.

Angustiada al presenciar su incapacidad de habla, agarró a Luís por el cuello y zarandeándolo, le gritó: “¡¡Dime algo, Luís!!. Ahora sí conseguía escucharse el sonido de sus palabras. “¡Te he dicho que me digas ALGO!”- volvió a suplicar Luisa en tono imperativo y con afán de suprema relevancia y autoridad.

La corona de Luisa cayó de su cabeza y fue a parar a aquel suelo firme aunque sin claros cimientos.

Luís se agachó a recoger la corona. La miró- a la corona. La abrazó- a la corona. Y la volvió a poner en la cabeza de ella.

Estúpida”- le dijo él. “Crees que por llevar oro eres digna de todas nuestras miradas. Crees que por llevar algo pesado en tu cabeza, los demás tenemos que agachar la nuestra ante tu presencia”.

Luís se puso de rodillas para comenzar a lavar los pies de Luisa. El viento ya había parado y los pies de Luisa se habían llenado de un polvo grisáceo casi negro. Al poner la toalla mojada en agua en los pies de ella, encontró que su piel estaba tremendamente arrugada. Las uñas eran largas. Parecía estar lavándole los pies a una anciana.

Luís elevó sus ojos y vio a una vieja petrificada.

Le estaba lavando los pies a la muerte.

A la vez que Luís se elevaba para observar la imagen de aquella inerte dama, ella caía al suelo por debajo de su mirada.

No quedó rastro de ella. No dejó huella. No se supo nada.

Ni de Luisa, ni de una vieja, ni de una dama. Ni la corona, ni una palabra, ni un gesto amargo en sus miradas.