SUFICIENTE

Quizás todos sois diferentes a mí. Quizás somos todos iguales aunque disimulamos no serlo. Quizás todos lloráis por vuestro corazón roto, quizás vuestra mirada no alcanza a ver a las personas que tenéis delante, quizás estéis paralizados por el miedo, quizás no queráis asumir una vida llena de insignificancia. Quizás vuestra vida esté llena de un sentido personal para vosotros, quizás sea mi vida la que está completamente desvinculada de su propósito. Quizás me hago daño para demostrarme que sigo viva. Quizás pretendes llenar un hueco, quizás yo tenga un vacío inabarcable. Quizás busques donde no haya nada. Quizás te decepciones en un solo despertar. Quizás la noche no disimule todas mis sombras. Y quizás la luna no me baste para confiar en los ciclos de la vida y el vaivén de las circunstancias.

Quizás necesite algo más. Quizás no baste con llorar. Quizás no baste con pensar. Quizás mis brazos llevan mucho tiempo separados de los tuyos. Quizás es momento de acogerte en mis adentros, de fundirme con tu esencia, de recordar aquello a lo que pertenezco, de hacerme tierra, deshacerme como agua y alquimizarme como fuego.

Quizás es hora de reivindicar mi belleza, de abrir los ojos para desengañar vuestras convicciones, de dar la espalda al juicio y al rechazo, de hacer caso omiso a quien no sabe y apagar las colillas de la ignorancia.

Quizás ya no siento lástima de los corazones abarrotados, quizás ya no quiera desmantelar a quienes llevan máscaras, quizás sea hora de despreocuparme por los humanos apenados, hundidos, afectados. Quizás sea cuestión de enraizarme en mi vida, en mis valores, en mi historia y en mis hechos. Quizás ya no me valgan tus percepciones externas. Quizás no quiera más de tu vomitera verbal. Quizás haya tenido suficiente.

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EL CAMINO MÁS SENCILLO

Ya llevaba siete meses en India cuando fui a visitar a aquel doctor de medicina ayurveda. Estaba a punto de marcharme a Nepal cuando tuve con él mi última consulta. Tomándome el pulso- como suelen hacer los médicos orientales para saber qué ocurre dentro de ti- me dijo el doctor: “Sandra, el tipo de energía que tienes es para llevar una vida muy enraizada en la espiritualidad, deberías encontrar un Maestro que te guíe en ese camino”. Le miré con cara de desilusión y le dije: “Ya he buscado y la verdad es que no me gusta nada de lo que he visto”. “¿Has probado a ir a las charlas que da Prem Baba?”, me vinieron varias imágenes del día que decidí visitar a aquel maestro y respondí: “¡Sí y no me gustó nada!”.

“Bueno, me viene otra persona a la cabeza, yo le he atendido a él y siento que por el tipo de energía que tenéis, podríais conectar el uno con el otro. Vive en la montaña, en un complejo de casas con un par de discípulos, quizás sea él quien te pueda enseñar”. La verdad que tras haber mencionado a Prem Baba, desconfiaba de que esta segunda recomendación pudiera servirme de algo, aún así, por la confianza que este doctor sí despertaba en mí y por saber que no perdía nada por intentarlo, agarré el papel que el doctor me dio con la dirección y nombre de aquel maestro.

Al estar en India- un país poco seguro para viajeras- le pedí a un amigo que me acompañara. Cogimos un taxi dispuestos a conocer a aquel señor que vivía en la montaña.

Una de sus discípulas –de hecho, la única que en aquel momento vivía con él por allí- nos atendió. Nos dio un vaso de agua para facilitar la espera y nos dejó dar una vuelta por aquel lugar de residencia del maestro anciano. Se sentía un ambiente tranquilo, se respiraba paz.

El hombre llegó, desnudo con un trapillo blanco entre sus piernas y una cara muy amigable; a penas tenía dientes y no hablaba muy bien inglés. Su discípula se quedó para hacer la traducción.

“Bien, ¿qué queréis preguntarle?”- dijo ella.

Yo me quedé en silencio y no respondí. Si, de verdad, aquel hombre era un Maestro, no haría falta que le preguntara nada. No creo en las palabras vacías, tampoco en las palabras preparadas ni en preguntas que uno se apunta y se guarda bajo el brazo. Creo en el momento, creo en el poder que tiene compartir tiempo y espacio frente a una persona, creo que la magia se desenvuelve por sí misma y trae los regalos necesarios sin tener que provocarlos. Así que esperé, callada, mientras aquel hombre nos miraba con ganas de explorar qué hacían estos dos transeúntes occidentales en el porche de su casa.

La discípula se rió amistosamente y dijo: “¿Todo? ¿Le queréis preguntar acerca de todo? ¿Todo es una duda?”

Me encontré con los ojos de él y mirándole fijamente comencé a hablar. Dejé salir de mi boca las desconcertantes e intensas experiencias que había estado teniendo estos últimos dos años y, sin esperármelo, tras haberle contado mi aventura espiritual, acabé mencionando a mi familia.

La verdad es que no me lo esperaba, estaba frente a aquel maestro con el que pretendía dar luz a mi duda más trascendental, y me vi compartiendo con él mi dolor más humano. Ahora que recuerdo bien, acabé mencionándole lo duro que había sido para mí que mi familia no me apoyara en los pasos que estaba dando. Todo lo demás se me hizo poco importante, había algo enterrado en mí y era esa necesidad de apoyo y aceptación por aquellos que siempre había sentido que caminaban a mi lado.

Por algún motivo que no recuerdo, la conversación se desvió y, también le estuve mencionando la presión que sentía en ocasiones por el deber de llevar una vida “normal”, establecerme en algún lugar y “trabajar”.  Sí, vaya, justo la vida que quería mi familia que llevara. Justo ese tipo de vida en el que sí podría contar con el apoyo incondicional familiar.

Nos quedamos el maestro y yo solos. Mi amigo y la risueña discípula se fueron a pasear por otro lugar. Él, con su básico nivel de inglés que, sin duda, le permitía comunicarse a la perfección, me dijo: “Yo tenía una familia. Estaba casado y tengo hijos. Me marché hace ya casi veinte años. Fue un alboroto social el hecho de que yo decidiera retirarme a las montañas. Ahora, con el tiempo, la gente ya entiende. Este es mi lugar.” Se hizo una pausa y los dos nos acomodamos todavía más. Cada uno apoyó su espalda en una columna, estiramos un poco nuestras piernas, nos relajamos. El sol daba en la cara de aquel maravilloso ser humano que me hablaba desde el corazón.

“Si vienes a preguntarme acerca de las relaciones de familia y de pareja, yo, todavía, no lo sé. Aquí, en este lugar, los discípulos y yo investigamos acerca de la vida y ese es uno de los aspectos en los que todavía no lo veo claro. Eso sí, mujer joven, lo que te puedo decir es que respetes tu necesidad actual. Si tú lo que quieres es casarte y tener hijos, hazlo. Pero si tú sientes la necesidad de retirarte del ambiente social, ve por ahí. No quieras manipularte, sigue lo que vibra en el momento presente 

Alguien que trabajaba en el lugar nos sirvió un plato con comida. Era el kitcheri (arroz con lentejas) más picante que había probado nunca. Le eché muchísima salsa de yogur para suavizarlo y me comí aquello que me sirvieron.

Disfrutamos ambos dos de ese sol de medio día mientras el silencio entonaba su neutra y acogedora melodía. Descansamos callados en el momento presente y, pasado un tiempo, llegaron nuestros dos amigos y compañeros.

“Bien, yo me voy a descansar. Es la hora de mi meditación y de mi siesta. Si luego seguís aquí, os volveré a ver”- pronunció con una sonrisa aquel simpático hombre.

Mi amigo y yo nos quedamos con aquella chica risueña que había sido su discípula durante varios años. Nos sentamos los tres en el césped, compartimos experiencias, nos reímos y lo pasamos genial. A las cinco de la tarde, antes del anochecer, mi amigo y yo decidimos marcharnos.

Justo antes de salir, nos encontramos al maestro que volvía de su meditación. Le miré con ojos amables, le agradecí desde el corazón y nos despedimos de él saliendo de aquel maravilloso recinto que nos había acogido.

La sensación que tuve al salir era algo que conocía pues, en un tiempo pasado la había llegado a sentir. Pero, ahora que la volvía a saborear en mi cuerpo, me daba cuenta de cuánto echaba de menos sentirme así. Sin más y sólo porque la vida me estaba regalando aquel momento, volví a sentirme completamente conectada. Por conectada me refiero a sentirme de nuevo encaminada, todo tenía un sentido, no tenía que poner entre dudas o en entredichos aquello que estaba viviendo. Una sensación de que todo está bien. Me refiero a la PLENA PAZ.

Llena de confianza en la vida salí de aquel lugar sabiendo que había encontrado, al final, no el maestro que buscaba sino la enseñanza que precisaba.

Unos días más tarde partí hacia Nepal y seguía con aquella sensación que sonaba así en mi cabeza: “¿Ya soy adulta? ¿Ya no necesito que nadie me diga que estoy bien encaminada? ¿Ya puedo prescindir de la opinión de los demás?”. El nivel de seguridad en mí misma subió hasta hacerse presente en cada poro de mi piel. Todas las dudas que había tenido este último año sobre si estaba caminando sobre el camino correcto, se disiparon. Y, en verdad, ya no necesitaba la aprobación de los demás para continuar llevando la vida que había decidido llevar.

Hoy, siete meses después de aquella experiencia, me encuentro en el otro lado del mundo, acordándome de este otro lugar. Sí, no sólo acordándome del lugar físico -de India o de Nepal- sino también acordándome de este otro lugar personal en el que ahora, de nuevo, vuelvo a no encontrarme: en ese lugar en el que una se siente segura de sí misma, sin dudar de las emociones que tiene, siendo su propia fan número uno, su seguidora incondicional, su mayor apoyo y su propia fuente de confianza.

Diré, para concluir, que cuando algunos de nosotros, por necesidad, nos encontremos buscando fuera lo que ya tenemos dentro, es recomendable que nos enfoquemos en buscar aquellas experiencias, enseñanzas y personas que apunten de manera SENCILLA al interior de nuestro pecho.  Todo lo demás, todos esos otros caminos llenos de sufrimiento que parecen más complicados, todos esos maestros que te llevan a un lugar alejado de tu “yo” para que te vuelvas más sabio, todo aquello que te haga dudar de tu capacidad interior de acción y decisión, puede ayudar –no digo que no- pero, ya de por sí, puede que se encuentre algo enturbiado, te esté despistando o te esté ayudando a postergar el encontrarte verdaderamente feliz, fuerte y sano.

Y, en caso de que optemos por el camino largo, complejo y complicado- aquel que posterga mi acción y muchas veces alejado del mensaje puramente interno-, necesito preguntarme: ¿Realmente quiero ser feliz ahora, YA? ¿Realmente quiero liberarme ahora de todo aquello que creo que me pesa o es que hay algo en mi interior que quiere retener el sufrimiento porque lo considera necesario? ¿Qué pasaría si doy el paso? ¿Hay algo que quiera soltar? ¿Qué nueva vida se mostraría ante mí si me libero?

Escribo, hoy, desde mi necesidad de saberme libre y desde el pensamiento que ha surgido últimamente en mí que me hace ver que somos muchas las personas enganchadas al sufrimiento. Todo, por no tener el valor de considerar que siempre hay un camino mucho más fácil y sencillo, el de seguirse a uno mismo, pase lo que pase.

DESCONEXIÓN

Paseaba por la zona de Callao en el centro de Madrid y un chico joven voluntario de Greenpeace me paró para pedirme colaboración en alguno de los proyectos de protección de la naturaleza y el medio ambiente. Sin vergüenza ni reparo le respondí que no estaba interesada pues los temas del medio ambiente no era algo que tocaran mi corazón. ¿Por qué iba a estar avergonzada de algo que era como era? ¿Es que acaso uno tiene que ocultar aquello que ha entrado en su consciencia y aquello que no? Vi como aquel chico me miró con ojos juzgones y yo seguí caminando. Esto fue hace unos cuatro años. 

Hace ahora tres años, tan solo un año después de aquella conversación esporádica en el centro de Madrid, me encontraba en California, concretamente en Santa Cruz, una pequeña ciudad costera repleta de los árboles más viejos, anchos y altos del mundo: los red woods y las secuoyas. Allí me encontraba haciendo un curso de coaching en PNL con el que pretendía conocerme un poco más para poder seguir con ese camino profesional y personal que tenía tan claro en mi cabeza desde hacía muchos años.

Yo iba a ser una empresaria de éxito, continuando con la empresa de mi padre; quería formar una familia pero, sobre todo, lo que más quería era trabajar mucho. Quería hacer del trabajo mi pasión y dejar todo lo demás como algo secundario. De hecho, esperaba que mi pareja fuera alguien que quisiera dedicarse a los niños pues en mi cabeza no estaba la idea de pasar mucho tiempo en casa. Así, con este plan de vida que no pensaba cambiar, llegué a aquel curso en California.

Solo tuvieron que pasar dos semanas para que todos mis planes de vida se desmoronaran y se abrieran ante mí cientos de posibilidades que nada tenían que ver con seguir el camino que “yo” me había marcado. Sin embargo, no es por aquí por donde quiero que continúe el texto… De hecho, yo quería hablar de lo que ocurrió el tercer día estando allí.

Ya, en tres días, me había hecho un mejor amigo: Mark. Él era originario de Suiza, vivía muchos años en Nueva York, era una persona muy activa y extrovertida y destacaban claramente su intuición, su conexión con su corazón y lo que ahora llamaría “su espiritualidad”.

Aquella tercera tarde del curso, tras una mala experiencia con un compañero de clase, me sentí confundida y desorientada por lo que fui corriendo en busca de ayuda al lugar en el que se encontraba Mark.

Él estaba en otra clase, atendiendo una lección con otro profesor. Al verme llorar, salió corriendo y fuimos a una zona apartada donde había césped. Nos pusimos de pie al lado de un árbol.

Respira”- comenzó diciéndome. “Vamos a ver qué ha pasado, vamos a hacer que te encuentres bien. Esto va a pasar. Dime, Sandra, ¿qué te ocurre? ¿qué sientes?”. Le comenté que me sentía como encarcelada, que me costaba respirar, que era como si, de repente, necesitara sentir la plena LIBERTAD.

Me dijo: “Busca en tu mente un momento en tu vida en el que hayas sentido plena LIBERTAD. Siéntelo y ve compartiéndolo conmigo con tus palabras”.

Cerré los ojos y me imaginé en medio del mar. Para mí siempre es una sanación completa meterme en el agua del mar, ver el vasto horizonte frente a mí, el cielo sin límites que me rodea, el agua acogiendo a mi cuerpo que se entrega a ese inmenso océano…

Comencé a explicarle lo que sentía: “Siento el agua en mi cuerpo, respiro, saboreo la sal del mar en mi boca, mi pelo está mojado, veo el horizonte, algunas rocas a mi derecha, siento que soy esto que veo, me fundo con las olas…”

“Intensifica esta sensación”- me dijo.

Con los ojos cerrados, comencé a mover mis brazos como si estuviera tocando el agua, realmente sentía que estaba ahí, sentía toda esa libertad que me proporciona entrar en el agua del mar. Comencé a respirar cada vez más profundamente, sentía más y más libertad en cada una de las células de mi ser.

“Más, intensifícalo todavía más”- volvió a decir.

La sensación de pertenencia a la Tierra, la sensación de pureza y comunión con la misma naturaleza,… empecé a sentirme uno con el Todo y la sensación cogió tal intensidad que comencé a sentir electricidad en todo mi cuerpo. La sensación creció, creció… mis piernas temblaban y acabé por dejarme caer al suelo.

“Mark, necesito ir al suelo. Necesito estar aquí”.

Me tumbé, puse mi pecho- mi corazón- en contacto directo con la Tierra. Y, de repente, empecé a sentir dentro de mí torbellinos de energía, por mis pies, recorriendo mi cuerpo, yendo muy rápido a través de mí.

Él debió notarlo y me dijo: “¡DÁSELO A LA TIERRA!”

De repente, empecé a notar como toda esa energía se desparramaba por mi pecho en dirección al centro de la Tierra. He de decir que nunca antes había tenido una experiencia así y que, para quien lo esté leyendo y le resulte extraño, tan extraño me estaba resultando a mí.

Confié en el momento que se hizo completamente intenso y dejé de escuchar a Mark. Dejé de saber en qué lugar me encontraba. Solo sabía que estaba yo, tumbada en la Tierra y que toneladas de información viajaban desde mi cuerpo hacia la Tierra. Era como si la Tierra quisiera absorber todo aquello que me sobrara, aquello que me pesaba, aquello que yo no necesitaba.

Estaba llorando, sintiendo todo eso salir de mí, fuera de razón de saber qué estaba ocurriendo. Energía, energía, energía… que salía de mí, que era absorbida… De repente, se hizo un parón. Un silencio completo. Y una gran respiración entró en mi cuerpo, llenando todo mi pecho y fue como si la Tierra me devolviera todo lo que le había dado, pero ahora, era otro tipo de información. Comencé a respirar, a recibir energía a través del corazón, a recibir alimento. Visualicé montañas, ríos, grupos de árboles, me vi a mi misma desnuda en medio de la naturaleza. Respiré, respiré, respiré… recibí, recibí, recibí… Era un regalo de la naturaleza, que estaba yo recibiendo en ese justo momento…

Tras aquella primera experiencia que tuve en comunión total con la abundancia de la naturaleza, mi relación con ella cambió brutalmente. Cada vez que podía, caminaba sin zapatos para sentir ese suelo caliente bajo mis pies. Cada vez que tenía un hueco, me iba a apoyar mi espalda sobre alguno de esos árboles ancestrales. Comencé a sentir la presencia de la luna y de la naturaleza en sí dentro de mí. Y, encontré, finalmente, a esa mamá incondicional que todos buscamos para que nos arrope en cada momento.

Hay veces que me siento huérfana y sé que no soy la única persona en el planeta que le pasa esto. Siento que necesito apoyo, amor incondicional, que alguien me diga que valgo y que soy maravillosa. Necesito de una presencia que me certifique que estoy bien como estoy, que no necesito ser perfecta, ni estar siempre presente… Necesito de un lugar que me arrope y me haga sentir que me encuentro en el lugar en el que estar por derecho propio. Esa presencia, esa “persona”, ese lugar… está siempre ahí esperándonos. Y cuando nos faltan las palabras, las caricias, los abrazos… la Tierra siempre está ahí para abrazarnos.

Entiendo que en un mundo digitalizado, enfocado a hacernos ser algo que no somos, lleno de información innecesaria, carente de herramientas para llevarnos al lugar al que pertenecemos… la gente andemos perdidos. Entiendo que busquemos estímulos externos que nos saquen del dolor escondido de sentirnos poco vistos, poco recibidos…

Entiendo… Entiendo…

Sin embargo, hay una realidad mucho más cercana al iphone, a la mesa de la oficina de trabajo, a la copa de vino para aliviar las penas, a los pensamientos exigentes de “querer ser algo más”… y esa realidad se encuentra dentro de uno mismo.

Si no encuentras dicha realidad, no se trata de culparse a uno mismo o culpar al vecino,… se trata de observar el mundo en el que vivimos y decidir hasta qué punto estamos dispuestos a rechazar lo que nace naturalmente de nosotros. Hasta qué punto queremos vivir desconectados de nuestra emoción natural o de aquello que nos hace sentir completamente vivos.

El hormigón, las plazas de ciudad llenas de cemento, los aparatos electrónicos, las casas acorazadas y completamente aisladas… nos están llevando a una muerte emocional. El corazón se encuentra en las cosas que viven: en las plantas, en la tierra, en las nubes al moverse… en tu pelo agitándose con el viento, en tu cuerpo inmóvil contemplando una noche de luna llena…

Hay alguien esperándote “ahí fuera”, deseando recogerte por ser quien eres, queriéndote aceptar en el momento en el que estás… y se llama NATURALEZA, sea ésta externa o sea ésta interna.

Date un baño en el mar de manera consciente, siente en tu cuerpo los colores del cielo de una puesta de sol, túmbate en una roca a la luz de las estrellas… entrégate como ser humano en tu propia lucha y ESCUCHA lo que un momento de vida en la Tierra te puede llegar a decir.

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Fotografías en el Camino de Santiago, 2012

Autodestrucción

Hoy me gustaría tratar el tema de la autodestrucción, es decir, aquellas acciones que de manera consciente o inconsciente elegimos realizar para dañarnos a nosotros mismos. Puede sonar, en un primer impacto, como un tema a tratar algo extremo. Sin embargo, creo que este tipo de acciones, en diferentes grados, son bastante habituales en la sociedad actual y se dan, básicamente y a mi entender, por la brecha existente entre nuestra verdadera naturaleza y el mundo artificial que hemos creado y en el que nos hemos criado.

Como decía, cuando hablo de autodestrucción me refiero a cualquier cosa que hagamos de manera consciente o inconsciente que dañe a nuestra propia naturaleza. Por ejemplo, a un nivel bastante común, muchas personas se autodestruyen teniendo pensamientos negativos acerca de sí mismas. Nos criticamos, nos minusvaloramos, no nos apreciamos por quiénes somos. Otra forma bastante habitual de autodestrucción es cuando cogemos un ritmo tan rápido en el día a día que, estando tan ocupados, nos ahorramos el tener que pensar qué es lo que realmente necesitamos. Así, ignorando nuestras necesidades, dejamos de nutrir a nuestro cuerpo y a nuestra alma y comenzamos a darle cosas que probablemente ni quiere ni necesita. Hábitos de autodestrucción algo más severos serían los que dañan más directamente a nuestro organismo como los problemas de alimentación (anorexia, bulimia, sobrealimentación…) o de adicción. Otros casos son los que se conocen como autolesiones en los que nos hacemos heridas físicas a nosotros mismos. El caso extremo sería el caso del suicidio.

Soy, quizás, bastante poco conocedora del tema, tan solo puedo echar mano de mis experiencias personales y de la observación de mi comportamiento y el comportamiento de los demás. Quizás, al analizar los motivos que nos llevan a autodestruirnos me encuentre bastante alejada de la verdad pero necesito expresarme acerca de este tema.

Cuando caemos en hábitos autodestructivos es como si nuestro ser se dividiera en dos partes. Por un lado está el agresor, el que está llevando a cabo la destrucción. Por otro lado, se encuentra la víctima. No nos damos cuenta (o sí) que, realmente, no estamos en contra de todo nuestro ser sino solo en contra de una de las partes que componen nuestra persona. ¿Quién sería el agresor si no? Se puede ver que hay una parte de nosotros que sí actúa, que se encuentra activamente agrediendo a otra de nuestras partes personales. ¿Quién es ese agresor que vive dentro de nosotros y qué es exactamente lo que quiere?

Para mí es importante comprender que cuando caemos en este tipo de hábitos, lo que está sucediendo no es un ataque a la totalidad de nuestra persona sino solo a una parte. Pero, ¿qué parte de mí es la que de algún modo estoy intentando aniquilar? ¿Qué es eso que mi parte agresora está viendo como un enemigo al que tener que destruir?

Hablar de este tema se me hace bastante delicado. Pero, bueno, quiero continuar explorándolo. Como decía, me pregunto quién es, dentro de mí, el que agrede y quién es el que está recibiendo la agresión.

Me atrevo a decir que, normalmente, quien recibe la agresión es nuestra parte femenina. Y es que, según muchas teorías y filosofías, el Universo (así como nosotros mismos a nivel individual) se compone de dos energías principales y complementarias, la energía femenina y la energía masculina. Ninguna de las dos puede vivir sin la otra y las dos son necesarias para equilibrar la balanza de la vida. La energía femenina sería, dentro de nosotros, la energía que se correspondería con la intuición, con el hecho de recibir amor, nutrición e información del Universo; vivir de manera fluida en la vida, lo adaptativo y sin esfuerzo, todo el mundo interior… mientras que la energía masculina es una energía más “hacia fuera”, de acción, con formas, de entrega. Diríamos que la energía femenina es la energía que RECIBE (recibe todo aquello que es dado por el Universo a modo de amor, información…) y la energía masculina es la que DA (pone ahí fuera en el Universo lo que se ha recibido desde el lado femenino).

Bien, tras esta pequeña explicación, quería recalcar que lo que he estado observando últimamente es que cuando se da la autodestrucción es normalmente nuestra energía masculina la que está atacando a la energía femenina.

Así, estamos ya asentados y cómodos en la vida realizando nuestras tareas habituales (aspecto masculino de acción) y la intuición de repente nos habla (lado femenino que recibe información). Quizás, la intuición comienza a intentarnos decir cosas valiosas para nuestra vida, información que nos ayudará a ser más felices. La intuición comienza a asomar y a sugerirnos que es necesario un cambio. Por ejemplo, nos puede decir: “Oye, ¿no has pensado que el trabajo que tienes realmente no te está haciendo ningún bien?”, “Creo que serías muy feliz si le dijeras a esta persona cuánto le quieres”, “Anímate y apúntate a esa nueva actividad, te vendrá muy bien hacer nuevos amigos”…. Normalmente, nuestro lado femenino, fluido y adaptativo, nos invita a aventurarnos a nuevas cosas que van a nutrir a nuestro corazón. Sin embargo, todo lo que hemos construido y establecido (el lado masculino) se ve amenazado ante los posibles cambios.

¿Qué haré para ganar el dinero si dejo este empleo?”, dice el lado masculino. “¿Qué va a pensar esta persona si le digo que le quiero? ¿Y si así me estoy mostrando débil?” o “Yo nunca he ido a ese lugar, habrá mucha gente que no conozco, ¿y si no me adapto? ¿y si no hago amigos y me siento fuera de lugar?”. A estas preguntas, nuestro lado femenino puede contestar dándonos amor y confianza pero, normalmente, nuestro lado masculino se encuentra muy asustado por lo desconocido que nos brinda lo femenino y, por tanto, lo bloquea.

No quiero escuchar más a esta voz que me invita a probar cosas nuevas. Yo me quedo donde estoy”. Queremos acallar la voz intuitiva femenina y es en ese momento cuando el hábito autodestructivo entra en escena. Me mantengo ocupado para no escuchar, cojo constantemente el móvil, las redes sociales o el e-mail,  me alimento de manera emocional para poner mi atención en otra cosa, me autolesiono físicamente o hago uso del alcohol o de las drogas… Lo que sea con tal de no salir de esa supuesta zona de confort en la que creo que tengo un mayor control de las cosas.

Así que en términos de autodestrucción o incluso de destrucción a nivel externo (cualquier tipo de violencia interna o exteriorizada) creo que, normalmente, lo que se está dando es un abuso de poder desde la rigidez de lo masculino a la vulnerabilidad de lo femenino.

Nos encontramos en una sociedad que ha menospreciado las cualidades femeninas del amor, la intuición, la nutrición a uno mismo y a otros en todos los niveles, lo vulnerable, el valorarse por el hecho de ser y no por el hecho de hacer… Por tanto, porque así se nos ha educado, acabamos menospreciando dentro de nosotros esas mismas cualidades. Cualidades que son por naturaleza esenciales en la base de nuestra vida.

Así, rechazando nuestro lado femenino y el lado femenino del Universo entero, actuamos hacia afuera de manera masculina pero sin estar
conectados con nuestro interior. El lado masculino se vuelve automático y sin sentido, y nuestra vida comienza a sentirse más muerta que viva. El lado masculino deja de tener su papel precioso y esencial de brindar hacia afuera lo que hay dentro ya que toda la belleza que nos brinda lo femenino desde nuestro interior la hemos dejado bloqueada y atascada.

Tenemos bastante trabajo por hacer. Cada uno de nosotros tenemos ese trabajo dentro de nosotros mismos. Necesitamos empezar a honrar, a venerar, a dar un lugar a todos los aspectos femeninos que viven dentro de nosotros. Para así, poder escucharlos y gracias a la energía masculina sacarlos a expresarse en el mundo en que vivimos.

Si el hombre que vive dentro de nosotros (nuestra energía masculina), respeta a la mujer de nuestro interior (nuestra energía femenina) nos encontraremos en un estado de mayor confianza en este Universo y tendremos una fuente de energía mucho mayor para llevar a cabo cualquier cosa que, de verdad, nosotros queramos.

Así que hoy le pido al Universo que mi energía masculina escuche con apertura, valentía y amor a mi energía femenina. Quiero que Él le adore a ella y le provea de toda protección. Quiero que Ella confíe en él y se deje querer y proteger. Quiero que ambos se unan en uno. Quiero que lo que late dentro de mí se exprese fuera. Quiero ser una con el Universo. Quiero trascender esta polaridad disfrutando del amor entre ambas partes.

Y deseo lo mismo para ti si es que eso es lo que tú también deseas.

Así que recuerda, si te ves cayendo en cualquier acto autodestructivo, pregúntate: “¿Qué me está intentado decir mi voz intuitiva? ¿Qué información que viene directamente del Universo estoy intentado bloquear?”. Busca un lugar en el que te sientas seguro y ábrete a escuchar lo que late dentro de ti. No necesitas tomar acción de manera inmediata, solo escuchar. No tener miedo. Al fin y al cabo, es información pura que viene de tu corazón, eso sí que no te va a hacer ningún daño.

Si quieres saber más acerca de este tema, yo he aprendido mucho leyendo el libro de “Vivir en la luz” de S. Gawain. También he aprendido muchísimo leyendo cuentos de mitología hindú sobre Shiva y Shakti. Por último, dejo aquí un dibujo que realicé hace un mes. Representa el momento en que la mujer dentro de mí se encontró por primera vez de manera pacífica con el hombre de mi interior. Él, por fin, estaba enfrente suya dispuesto a escucharla y protegerla. Ella todavía asustada por el trato recibido en el pasado, empezó a hablar.

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ESPACIOS SAGRADOS

Las once de la noche, música tranquila, el sonido de las olas del mar de fondo… Los ojos húmedos revelan la pureza de unas lágrimas todavía sin formar.

Y entonces, enciendes tu vela preferida, eliges el aroma del incienso que vas a prender y abres tu diario.

Ojeas por un momento lo que escribiste el último día y miras con felicidad a la siguiente página que está en blanco. Suspiras, te reclinas en la mesa dejando caer tu peso y escribes lenta y conscientemente la fecha de hoy.

Como si de tu corazón saliera la tinta, el bolígrafo comienza a escribir algo que crees que conoces y vas a poder controlar. Pero el momento presente puede con tu mente y tu corazón se abre, entonces ves escrito aquello que tu cuerpo tenía muchas ganas de expresar.

Te das gracias a ti misma por darte, cada día, ese espacio y ese lugar para honrar a tu persona y a tu situación de vida actual.

Y es por ello que, tras escribir anoche en mi diario, estoy publicando esto aquí en mi blog. Para que recordemos lo bonito y necesario que es crear pequeños espacios sagrados con uno mismo en los que mimarnos, cuidarnos y dejar salir de nosotros todo lo que no puede aflorar en los días ajetreados.

Espacios sagrados ambientados y pensados solo para nosotros mismos donde querernos y acoger esa vulnerabilidad que nos hace tan especiales.

EL BARCO DE LUCA

Como ya he comentado en alguna ocasión, en el mes de abril del año pasado dejé el trabajo por perseguir un sueño. Eso es, “perseguir un sueño” son las palabras adecuadas.

Recuerdo el comienzo de nuestra relación, dulce y seductora. El sueño me seducía, hacíamos grandes planes. Todavía noto como latía mi corazón cada vez que le veía; latidos fuertes, seguros, potentes. Mi corazón era el tambor que daba vida a aquellas intensas noches de luna llena. Sí, en aquel tiempo, mi sueño tenía un hogar, mi corazón le daba cobijo.

No había nada más que mi sueño. Mirara donde mirara, el sueño estaba allí. Estaba escondido tras cualquier fachada, caras alegres o enfadadas, en climas oscuros o soleados, en días libres u ocupados. El sueño llenaba de magia todo aquello que tocaba, mis ojos daban luz a cualquier sitio que miraran.

Sí, recuerdo aquellos días con mucho cariño. Casi puedo sentir el dulzor de la miel derritiéndose en mi boca. Fueron días de perderme entre las nubes, de querer tocar el Sol.

Añoro aquellos días que paseaba tranquila sintiendo la planta de mis pies pisando el suelo calmadamente. Añoro aquella paz espiritual, aquellas tardes en las que mi rostro reflejaba lo serena que me encontraba.

Mi sueño y yo éramos uno. A veces lo sentía como un hijo que dormía en mi vientre esperando ser parido, a veces era un fogoso amante en una lujuriosa y apasionada relación. Nunca fue un amigo cualquiera, siempre llenaba de significancia cada respiración, cada llegada. Mi sueño era intocable y solo mío. Mi sueño era yo, mi sueño era mi destino.

En el medio de mi sueño, debí quedarme dormida. Creo que, sedada por tanta ilusión, acabé soltando el timón. Mi barco quedó a la deriva mientras las cosas materiales perdían su sentido y las ideas y los sueños embriagaban cualquier intento de entender algo de lo que estaba sucediendo. Habían tardes nauseabundas cuando las mareas agitaban mi cuerpo en el medio de aquel mar. Llegué a perder la noción de las cosas materiales, no sabía si había un rumbo, si existían las direcciones y los mapas. Capas que me cubrían caían sin cesar, y cuando pensaba que no podía estar más desnuda, me desnudaba aún más. “¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué es hacer?¿Qué está pasando? ¿Estoy aquí? ¿Voy hacia algún lugar? ¿Hay que ir a algún sitio? ¿Qué es este pensamiento? ¿Quién me habla? ¿Quién soy? ¿Hay algún sentido? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué? ¿Perdón? ¿Y tú quién eres? ¿Qué es esto?”.

Mi ropa, mi casa, mi familia, mis amigos, edificios, coches, caminos construidos; antiguos patrones de pensamiento, recompensas y castigos, lecciones y entredichos, educación, escuela, iglesia, libros, todo lo aprendido, risas, novios, conversaciones, golosinas, relojes… Todo fue removido por aquel descontrolado oleaje que (ahora lo sé) solo pretendía poner (con todo su cariño) cada cosa en su sitio.

Mi barco se acaba de parar. Parece que ha topado con cierta tierra. Ha sido en seco. De repente.  Ha llegado a un lugar que me parece completamente desconocido. Asustada me pregunto si estaré soñando o si, realmente, esa tierra seca que veo ahí fuera iluminada por el sol es parte de la realidad. Aunque me está costando, me estoy armando de valentía para abandonar el barco. No me parece algo fácil. Por eso voy poco a poco. Muy lentamente. Paso a paso.

Solo deseo… Solo deseo… Solo deseo de corazón que cuando baje a Tierra, mis pies puedan hundirse en esa áspera arena y pueda sentir en toda mi piel el calor de la materia. Solo deseo que mi pelo se mueva con ese viento que está agitando las palmeras. Solo deseo entender que yo soy la roca, yo soy la tierra, yo soy la arena… Ponerme en mi lugar y sentarme en la orilla. Mirar hacia el horizonte y susurrarle con mi propia voz al mar que ya he entendido algo más sobre quien soy y cual es mi verdadera naturaleza. Y no, no es un comienzo, solo una continuación. Tampoco es un bello o asombroso final, solo parte de un amplio y extenso camino. Espero poder entender esto algún día, que no hay destinos, que no hay diferentes caminos… Espero poder entenderlo algún día, que NO HAY ABSOLUTAMENTE NADA MÁS QUE LO QUE HAY DENTRO DE UNO MISMO.

Gracias Luca por haber orientado a mi humilde barco con tu preciosa magiaImagen