PALABRAS CON MAGIA

Estaba sentada en el suelo del patio de la escuela en la que he estado trabajando en India. Me encontraba esperando a los niños que venían a mi clase. El primero que llegó fue Arjun, de 11 años, que me dijo con toda naturalidad:

“Sandra, tú eres un ángel. Yo creo que nos engañas. Nos dices que vienes aquí desde España pero no es verdad. En realidad eres un ángel pero no se lo quieres decir a nadie”.

Arjun es un poeta y un niño con un corazón enorme. Nunca antes he recibido unas palabras tan mágicas y tan bellas. ¡Qué GRANDEZA y belleza en la forma de expresar amor tienen los más pequeños!

Ojalá los mayores nos sirvamos de ellos como ejemplo para abrirnos plenamente a los demás y mostrar nuestra ternura y cariño hacia los otros.

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INCONSCIENCIA

Una vez escuché a alguien decirme: “Tienes miedo a la inconsciencia de los demás”. Y sí, creo que aquella persona tenía razón porque veo, claramente, que me agobia el hecho de que haya gente que no pueda contemplar más allá que unas cuantas y conocidas posibilidades. No me refiero al humano común- que considero bastante abierto de mente- sino al humano que parece tener un muro de cemento en lugar de párpados que se abren y se cierran.

“Yo soy tolerante pero no lo soy con los intolerantes”, pensaba cuando iba al colegio. Y lo que me ocurría es que sentía mucha compasión por cualquier aspecto del mundo en general pero cuando me topaba con alguien que solo y exclusivamente tenía UNA opinión y, normalmente, esta opinión era cerrada y excluyente de la gran infinidad de posibles opiniones, sentía cierta frustración en mi interior.

“¿Por qué no puede ver más allá?”, pensaba.

La buena noticia es que esta no suele ser la norma. Cuando miras a alguien fijamente a los ojos, confías en el momento presente y abres tu corazón, la vida se da por sí sola y siempre hay un determinado reflejo en la otra persona. Lo normal es conectar y fluir entre personas, cuando hay verdad y sinceridad de por medio. Lo normal y lo habitual, por lo menos en mi vida, es encontrarme con conversaciones fluidas y gente dispuesta a abrir sus brazos para abrazar un “algo más” que es desconocido y misterioso.

¿Pero qué pasa cuando uno se encuentra con ese muro de cemento al que me refería antes? ¿Qué pasa cuando uno se topa con alguien que anda a ciegas dando palos e hiriendo sin saber que lo está haciendo?

Yendo al grano y para desahogarme con claridad, diré que todo esto viene a raíz de haber creado la página de facebook. Llevaba tiempo dándole vueltas al tema y, sin más, acabé creándola y poniéndola en funcionamiento la semana pasada.

Ayer pensé “voy a invertir veinte euros en la publicidad de facebook para darla a conocer y luego dejarla que se viralice de manera natural”. Bueno, ¡yo no sabía que veinte euros darían para tanto! Y sí, se ve que, para mí, de repente, tener a 160 personas que no conozco leyendo y opinando sobre lo que publico, se me ha hecho un poco estrepitoso de la noche a la mañana.

Y ha sido, simplemente, el leer un par de comentarios negativos venidos de la “inconsciencia” los que me han hecho sentir herida y me han hecho parar la “gran” campaña de publicidad que había decidido comenzar.

“No estoy preparada”, he pensado. “No estoy preparada para poner ahí fuera en el mundo todos mis bebecitos- mis dibujos y mis textos- que hago con tanto amor para que otros con unas simples palabras gratuitas, rápidas e inconscientes; me los destruyan”.

Y sí, asumo mi posible inmadurez o la facilidad que tengo para sentirme herida; pero he de decir que no son los comentarios negativos los que me afectan sino el hecho de que mi mente me dice: “¿Por qué la gente opina sin pararse un segundo a sentir primero? ¿Por qué la gente no ve el cariño con el que estoy haciendo esto y decide hablar por hablar poniendo ahí fuera palabras desagradables? ¿Quién les ha pedido opinión?”. Si no es que no acepte opiniones contrarias, es que quiero que vengan de un lugar verdadero y que busquen construir y aportar. Lo que yo busco es aportar mi granito de arena en la consciencia universal y compartir lo que soy con los otros. No busco aumentar las banalidades…

No sé… yo por inconsciencia me refiero, simplemente, a la falta de visión y, por tanto, de consideración. No me gusta el hecho de que la gente no sepa que tiene una Vida, que tiene una Mente, que tiene un Corazón… No me gusta que la gente no valore y no aprecie la comida frente a su plato o que el sol salga cada mañana. No me gusta que hayan robots en vez de personas. Consciencia, consciencia, consciencia… si yo lo único que quiero es DESPERTAR y que todos despertemos de este sueño que, muchas veces, se hace un absurdo.

Y sí, lo que quiero es DESPERTAR al completo para poder respetar el proceso de todos los que no son yo, así como respeto el mío propio.

Respetaos a todos vosotros, respetarme a mí… eso es lo que quiero.

Y ahora entiendo los miedos que han estado influyendo a mi vida anteriormente. Ese miedo a salir, ese miedo a mostrarme, ese miedo a relacionarme con los demás desde mi Verdad… Creo que tengo la creencia de que el mundo es despiadado y no es un lugar seguro en el que poder mostrar tu esencia y tu lado más vulnerable. No confío en los demás. Tendré que empezar a valorar ese precio que hay que pagar por formar parte de este gran grupo que es la humanidad.

Te tengo

No hay mayor descarga de emociones que cuando le dices a esa persona que tanto adoras que la quieres. Muy especialmente, si esa persona es alguien con quien te has distanciado por un tiempo debido a malentendidos o malestar general. No hay mayor regalo que ese momento en el que te das cuenta que a esa persona que evitabas, que ese ser humano que parecía ser causante de todo tu sufrimiento, es precisamente la fuente de esos bellos sentimientos que buscabas dentro de ti.

Creo que hay muchas ocasiones en las que acumulamos muchos sentimientos no expresados hacia otras personas. Precisamente, sentimientos de amor o de necesidad natural que tenemos con respecto al calor de los otros. Muchas veces no sabemos comunicar a la persona que tenemos al lado qué es exactamente lo que necesitamos o simplemente nos da miedo la reacción que ésta pueda tener por lo que decidimos acallar nuestros sentimientos verdaderos y guardarlos en nuestro interior. Así, las confusiones con los demás crecen y el muro que nunca quisiste que se creara entre tú y esa persona acaba por elevarse entre vosotros dos.

El tiempo pasa y cada uno dirige su mirada hacia otro lugar, el muro dejó de ser un sitio interesante en el que poner nuestra atención.

Por eso digo, que no hay mayor liberación, que el día en el que decides abrir un hueco en ese muro y susurrarle algo a esa otra persona. “Te quiero”, le dices suavemente. “Esa es la verdad. Nada de las otras cosas que pude haber dicho o hecho son ciertas si es que se alejan de lo que ahora mismo te estoy mostrando”. “Lo siento. Perdóname. Eres una persona esencial en mi vida. Y ha sido precisamente por eso que he tenido miedo. Por eso te digo que lo siento. Porque no he sabido mostrarte cuánto te quiero y me han faltado toneladas de valentía”. “Ahora lo entiendo, solo te tengo cuando verdaderamente me muestro y me entrego. Solo te tengo a ti cuando soy sincera con mis verdaderos sentimientos. Porque entonces te tendré a ti de verdad, a mi lado o lejos haciendo tu propia vida, pero te tendré conmigo, en mi regazo, nutriéndote de todo ese amor que de mí hacia ti sigue brotando y sin querer pedirte nada a cambio. Te quiero y, ahora sí, te tengo.”

loveforyou tierraenmispies.com

 

 

ANDREA

Llegué al restaurante al que algunas veces voy a desayunar. Es un sitio que tiene vistas al Ganges, muy familiar y acogedor. Casi nunca hay nadie pero las pocas personas que me he encontrado allí siempre han sido muy significativas. Allí conocí a un chico que viajaba con su sitar y hablaba de su instrumento musical como si de una persona se tratara, hablaba en plural de las cosas que ambos dos estaban realizando en India. Allí, en ese restaurante, también conocí a un hombre que me inspiró muchísimo por su forma tranquila de relacionarse con la vida. Allí, también, conocí a Andrea. Estas tres personas, probablemente las únicas que me he encontrado allí a lo largo de un mes, se convirtieron en asistentes fieles a mis clases de danza consciente.

Bien, aquella mañana llegué a aquel restaurante familiar y el dueño- marido de Guita y padre de Arjun- me dijo que había una chica preguntando por mis clases de baile. “Espérate aquí que voy a llamarla. Duerme en este mismo hostal”- me dijo. De repente, apareció ella. Estatura media, fuerte y delgada, vestía ropa deportiva y tenía una cara amigable pero tensa. Pelo recogido y gafas de pasta roja. Sonrió levemente, se sentó enfrente de mí guardando las distancias y me preguntó por mis clases. Luego me contó que era abogada y trabajaba para una gran firma, vivía en Londres aunque era originalmente de Eslovaquia y que se encontraba en India en un viaje de 6 meses replanteándose su vida.

Miré el libro que tenía entre las manos cuyo título decía algo así como “El camino del artista. Cómo expresarse libremente a través de la escritura”. Me comentó que quería aprender a escribir, que necesitaba expresarse de manera más libre y que desde pequeña siempre había sido muy estructurada y perfeccionista consigo misma y con todo lo que realizaba. Venía, al fin y al cabo, a contarme que necesitaba nuevas formas de expresarse y que quería sentirse libre de ataduras.

Vino a mi clase al siguiente día. Yo sabía que nunca antes había bailado. Durante la clase, yo no daba crédito a lo que veía. Tenía un cuerpo totalmente liberado que se movía sin cesar de un lado para otro, dando tumbos, saltos, giros en todas las direcciones… Es indescriptible detallar cómo se movía aquella chica por la sala, era un mar de emociones, un torbellino de amor desenfrenado.

Tras la clase estuvimos hablando. Se encontraba muy agobiada porque no sabía qué tenía que hacer para encontrase bien. Me decía: “Toda esta gente occidental en India parece haber encontrado lo que les hace sentir bien. ¿Por qué yo no?”. Empezó a decirme que se iba a forzar a hacer un retiro de silencio y meditación de 10 días, que ahí podía yacer alguna solución. Yo, viéndola como la había visto bailar, le dije: “Andrea, quédate. Bailaremos juntas tres veces por semana, podemos quedar y pintar con mis pinturas. Quédate, relájate, tómatelo con tranquilidad”. Ella me dijo que, en principio, se iba a marchar a aquel retiro. Me comentó que me sentía como a su hermana gemela y se marchó.

Apareció a los dos días en la siguiente clase y me dijo: “La vida ha decidido por mí. Ayer me encontré enferma y no pude ir al retiro”. Clase tras clase, siguió viniendo hasta que comenzamos a compartir más historias e intimidades que vivían dentro de nuestra mente y nuestro corazón. Fuimos a cenar algunos días después de clase y yo no podía dejar de observar todo lo que salía de su cuerpo y de su boca. De manera increíble, todo lo que le estaba sucediendo a ella, era casi una réplica exacta de lo que me estuvo ocurriendo a mi hace un año.

Un día llegaba exhausta y con la cara hinchada de haber estado todo el día llorando. Otro día su cara no tenía expresión ni sonrisas pues se había dado cuenta que había hecho un uso excesivo en su vida de las sonrisas por agradar a los demás. Otro día, me contaba como sus instintos animales y sexuales, que habían estado reprimidos, se habían disparado sin control alguno. Otro día me decía firmemente que ahora solo podía decir la verdad, que ya no quería disimular absolutamente ante nadie. Otro día se enfadó con un camarero amigo mío en su restaurante sin motivo alguno y se marchó sin dar explicación muy enfadada. Y normalmente, a la vez que todo esto ocurría, se la veía realizada, enraizada y con muchísima aceptación por todo lo que estaba ocurriendo dentro de sí misma.

Poco a poco, aquella chica que conocí que se sentía muy tensa, con su pelo atado y sus gafas cuadradas de pasta roja, se fue relajando. Se la veía derretirse. Cada día que me la encontraba, capas y capas se habían despojado de su cuerpo de armadura. Cada día, más sensible. Cada día, podía sentir más cerca su corazón.

El otro día se marchó definitivamente de Rishikesh con destino a Varanassi. Nos despedimos y lo último que me dijo fue: “No pasa nada, te veré el día de tu boda”. Y no es que tenga intenciones de casarme, ni siquiera tengo pareja. De hecho, he tomado muchas veces una postura radical de rechazar una relación por sentir que ésta podía quitarme libertad. Pero me gustó escucharlo porque, de alguna manera, era algo nuevo para mi y me demostraba que ella me había calado. Yo también estoy derritiéndome y ella sabía, por conversaciones anteriores que habíamos tenido, que mi vida estaba dando un giro al respecto de este tema y que ahora mi corazón se encontraba mucho más receptivo a la hora de entender cómo podía ser una relación entre un hombre y una mujer.

Y se marchó. Y aprendí un poco más acerca de esto que llaman amistad.

Me dejó su blog, el cual me inspira totalmente pues ella dispara todo lo que siente sin censura alguna. Y, siguiéndolo, he visto que todavía sigue en Rishikesh. Así que quizás hoy me la encuentre de nuevo en clase.