FIERAS

¿Se avergüenza el león de sí mismo mientras camina por la sabana? ¿Rapa su pelo para ser menos vistoso? ¿Esconde sus rugidos entre disimulados suspiros?

¿Es un león consciente de sí mismo? ¿Modifica sus atributos o, simplemente, los posee y deja que éstos se muestren a través de él?

¿Por qué nos empeñamos en ser ovejas cuando, realmente, somos leones?

¿Por qué no dejamos que la fuerza que somos, encuentre su sitio en nuestro interior…

…y que la belleza y la solemnidad que nos caracteriza, dé sentido a todo lo que hay a nuestro alrededor?

Quizás no queramos molestar a los demás o nadie nos haya enseñado cómo dar dirección a la potencia que nos habita.

Si rugiera todo lo que soy, mi mundo interior temblaría tanto que cada cosa que se encuentra desplazada, encontraría de nuevo su sitio.

Soy una mujer salvaje, en las ropas ceñidas de una mujer civilizada que busca rasgarlas todas tan solo con su sentir. Que cree que el corazón es tan potente como la mayor de las estrellas y que la luz que se desprende en el interior puede iluminar ciudades enteras.

¡Qué cansada estoy de jugar a lo pequeño! De entretenerme con inertes muñecas a las que cepillo su pelo y cambio el vestido. ¡Qué cansino vivir dando vueltas en la rueda de esta pequeña casa de ratas, siendo la gran fiera que soy!

Voy a salir ahí fuera. Me voy a cazar.

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CALMA

La vida acabará un día, por lo menos, la que comenzó en este cuerpo en el que ahora me encuentro viviendo. Eso ya lo he entendido. Quizás no lo he aceptado ni tampoco tendría la valentía de meter los pies dentro de la Muerte como si tal cosa pero sí sé que llegará un preciso, exacto y trascendente momento en el que estos musculitos dejarán de tener vida y movimiento propios (si es que, realmente, la vida y el movimiento le corresponden como propiedad a algo en concreto).

Bien, como venía diciendo, ya sé que las luces de esta fiesta extraña en la que todos nos encontramos un día se apagarán. Quizás, mis ojos oscuros vean otras luces, encuentren otros seres o se sumerjan en diferentes y desconocidas dimensiones. Quizás me convierta en ballena. Quizás.

Ahora bien, mientras tanto, en esta peculiar vida humana que nos caracteriza, voy caminando con mis piernas; disimulo moviendo primero una y luego la otra; haciendo como si siempre hubiera sabido andar; como si esto de ser humano fuera pan comido y supiera hacer todas las funciones y labores que tenemos los de nuestra raza. Sin embargo, he de reconocer que, realmente, no tengo mucha idea sobre el fundamento y la base en las que reposan mis actos y mis doctrinas (que también las tengo). Yo camino, como, converso, le pido al panadero el pan, saludo a la vecina, le hago un guiño al sol, recojo hojas que han caído de los árboles en otoño, miro los ojos de un bebé que acaba de pasar colgado a los hombros de su mamá; hago muchas cosas pero no sé mucho acerca de ellas.

He de decir que me gusta mucho mirar la vida como si nunca antes mis párpados se hubieran abierto a recibir información del exterior. Abro los ojos y dejo que todo penetre como si nunca antes lo hubiera visto. Todo se hace nuevo y frescos planteamientos entran en mi cabeza para volverme loca intentando poner a salvo alguna teoría que me lleve a ordenar esta cadena de actos que, finalmente, acabarán conformando mi vida.

En definitiva, yo, con este texto, solo quería entregarme a mí misma un post-it de esos de color rosita y con forma redondeada en el que estuviera escrita una frase:

NO SABES NADA

Porque esas tres palabras son mi verdad y es la única verdad que, verdaderamente, conozco.

¡Qué lástima no haberme encontrado a Sócrates esta tarde en el estruendoso centro comercial al que decidí ir para comprarme una triste camiseta! Seguro que, juntos, nos hubiéramos dado la mano y hubiéramos salido de aquel lugar para ir a sentarnos cerca del caudal de un río. Allí donde cantan los pajaritos y se escucha pasar la tarde. Callados. Calmados.

Tranquilos.

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Sócrates y yo saliendo del centro comercial y de camino hacia el río. Todavía se oye la voz del gentío.

SIN “S” DE SABIDURÍA

Captura de pantalla 2015-08-04 a la(s) 15.16.22Me estás presionando. Pones tu pie sobre mi cabeza y aprietas fuerte para que note los huesos del cráneo crujirse contra el suelo. A penas te veo desde el rabillo de mis ojos y noto como la saliva supura por mi desencajada boca. Como polvo mientras tú te elevas entre los altos cielos, caigo en lo hondo a la vez que te proclamas rey de aquello que no puede ser comprado, intercambiado ni vendido. Le pones precio a mi alma y etiquetas la bella gracia de mis movimientos. Me encadenas a la fama de quererme sentir valorada, me llamas y me entrelazas entre juegos y tramas.

Te ríes mientras me pierdo confundida entre las pistas que me dejas; creyéndome yo en la certeza de estar encajando piezas. Yo reina en esta fortaleza hecha de humo, paja y quimeras; yo princesa de los mundos que navego cuando tú te alejas; yo plebeya en el patio de esta plaza vieja; esclava de tus gustos y pesadas moralejas.

Sonreiría si supiera que esa vara de acero dejará de hacerme huellas. Abriría mis ojos si no fueras a ser tú a quien viera. Confiaría en mis cerrojos si, poco a poco, sintiera que tus tentáculos van en busca de otros lagos, de otros pozos, de otros charcos fanganosos.

Permíteme sentirme viva. Y tú, sumérgete en tu propia herida. Ahógate en tu podrida filosofía de quererte creer con vida. Suéltate como carne inerte lo haría. Déjate caer en tu oscura filantropía que ya no soy esa niña camelada, cegada y confundida a la que pretendes, todavía, hacer trizas con tu xxxxxxx* sabiduría.

* monstruosa, pestilente, mugrienta, aborrecible, repugnante, detestable.

AUTORRETRATOS

Si me quedara alguna carta de la baraja, me gustaría que fuera el As de corazones. Y si no me quedara ninguna, me gustaría mostrarte mis manos vacías para que vieras que no guardo nada en ellas.

Realmente, aunque pueda dar(te) una impresión contraria, yo no tengo nada que ocultar. Las mismas motivaciones me impulsan a levantarme cada mañana, el mismo aire tomo al respirar, idénticas necesidades vitales me caracterizan, … La profundidad de la que me hablas no es más que el hecho de que no utilizo una tapadera para esconder los submundos que hay debajo de los mundos. Pero esto es común a todos, todos somos más de lo que se ve a plena superficie.

Debajo de nuestros pies hay unas raíces que se expanden hasta lo más interno de la Tierra y que están conectadas todas entre sí. Es como si todas fueran a parar a un mismo sitio del que todos chupamos agua de vida. Todos aportamos desde arriba agua que irá hacia abajo y que nos nutrirá a todos cuando vuelva de vuelta. Agua sana. También insana. Y todos bebemos del mismo manantial.

Una vez el agua de vida va subiendo hasta nosotros, hasta encontrarse con nuestras raíces separadas de las del resto de la humanidad, ese agua se va filtrando. Son nuestros filtros propios y personales los que determinan la calidad del agua que llegará a nuestro cuerpo, su destino final. Si dejamos pasar todo, todo entrará en nosotros. Si por miedo, nos cerramos por completo, nos comenzaremos a debilitar. Pero si encontramos ese punto ecuánime e intermedio, en el que sin gran esfuerzo, recogemos las aguas que más vitalidad y grandeza nos van a dar, entonces, estamos a salvo.

Estaremos a salvo pues esa es la misión que llevamos de manera natural. Proteger y respetar aquello que somos. Evitar que lo que está empantanado y contaminado entre por el canal por el que nosotros nos sustentamos y nos adherimos al suelo. Y dejar que aquello que se encuentra fluyendo con firmeza y armonía, sí que nos cale, sí que penetre en nuestro interior.

Y ahí está el arte: en dejarnos afectar por aquello que nos llena de vitalidad y nos abre los ojos a nuestra grandeza; y en saber soltar la absurda responsabilidad de tomar aquello que no nos corresponde, nos enturbia e, ilusoriamente, nos empequeñece.

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“Recoge solo aquello que:

es TUYO,

te pertenece

y te hace ver quién eres.”

– Ilustraciones y textos personales

EL CAMINO MÁS SENCILLO

Ya llevaba siete meses en India cuando fui a visitar a aquel doctor de medicina ayurveda. Estaba a punto de marcharme a Nepal cuando tuve con él mi última consulta. Tomándome el pulso- como suelen hacer los médicos orientales para saber qué ocurre dentro de ti- me dijo el doctor: “Sandra, el tipo de energía que tienes es para llevar una vida muy enraizada en la espiritualidad, deberías encontrar un Maestro que te guíe en ese camino”. Le miré con cara de desilusión y le dije: “Ya he buscado y la verdad es que no me gusta nada de lo que he visto”. “¿Has probado a ir a las charlas que da Prem Baba?”, me vinieron varias imágenes del día que decidí visitar a aquel maestro y respondí: “¡Sí y no me gustó nada!”.

“Bueno, me viene otra persona a la cabeza, yo le he atendido a él y siento que por el tipo de energía que tenéis, podríais conectar el uno con el otro. Vive en la montaña, en un complejo de casas con un par de discípulos, quizás sea él quien te pueda enseñar”. La verdad que tras haber mencionado a Prem Baba, desconfiaba de que esta segunda recomendación pudiera servirme de algo, aún así, por la confianza que este doctor sí despertaba en mí y por saber que no perdía nada por intentarlo, agarré el papel que el doctor me dio con la dirección y nombre de aquel maestro.

Al estar en India- un país poco seguro para viajeras- le pedí a un amigo que me acompañara. Cogimos un taxi dispuestos a conocer a aquel señor que vivía en la montaña.

Una de sus discípulas –de hecho, la única que en aquel momento vivía con él por allí- nos atendió. Nos dio un vaso de agua para facilitar la espera y nos dejó dar una vuelta por aquel lugar de residencia del maestro anciano. Se sentía un ambiente tranquilo, se respiraba paz.

El hombre llegó, desnudo con un trapillo blanco entre sus piernas y una cara muy amigable; a penas tenía dientes y no hablaba muy bien inglés. Su discípula se quedó para hacer la traducción.

“Bien, ¿qué queréis preguntarle?”- dijo ella.

Yo me quedé en silencio y no respondí. Si, de verdad, aquel hombre era un Maestro, no haría falta que le preguntara nada. No creo en las palabras vacías, tampoco en las palabras preparadas ni en preguntas que uno se apunta y se guarda bajo el brazo. Creo en el momento, creo en el poder que tiene compartir tiempo y espacio frente a una persona, creo que la magia se desenvuelve por sí misma y trae los regalos necesarios sin tener que provocarlos. Así que esperé, callada, mientras aquel hombre nos miraba con ganas de explorar qué hacían estos dos transeúntes occidentales en el porche de su casa.

La discípula se rió amistosamente y dijo: “¿Todo? ¿Le queréis preguntar acerca de todo? ¿Todo es una duda?”

Me encontré con los ojos de él y mirándole fijamente comencé a hablar. Dejé salir de mi boca las desconcertantes e intensas experiencias que había estado teniendo estos últimos dos años y, sin esperármelo, tras haberle contado mi aventura espiritual, acabé mencionando a mi familia.

La verdad es que no me lo esperaba, estaba frente a aquel maestro con el que pretendía dar luz a mi duda más trascendental, y me vi compartiendo con él mi dolor más humano. Ahora que recuerdo bien, acabé mencionándole lo duro que había sido para mí que mi familia no me apoyara en los pasos que estaba dando. Todo lo demás se me hizo poco importante, había algo enterrado en mí y era esa necesidad de apoyo y aceptación por aquellos que siempre había sentido que caminaban a mi lado.

Por algún motivo que no recuerdo, la conversación se desvió y, también le estuve mencionando la presión que sentía en ocasiones por el deber de llevar una vida “normal”, establecerme en algún lugar y “trabajar”.  Sí, vaya, justo la vida que quería mi familia que llevara. Justo ese tipo de vida en el que sí podría contar con el apoyo incondicional familiar.

Nos quedamos el maestro y yo solos. Mi amigo y la risueña discípula se fueron a pasear por otro lugar. Él, con su básico nivel de inglés que, sin duda, le permitía comunicarse a la perfección, me dijo: “Yo tenía una familia. Estaba casado y tengo hijos. Me marché hace ya casi veinte años. Fue un alboroto social el hecho de que yo decidiera retirarme a las montañas. Ahora, con el tiempo, la gente ya entiende. Este es mi lugar.” Se hizo una pausa y los dos nos acomodamos todavía más. Cada uno apoyó su espalda en una columna, estiramos un poco nuestras piernas, nos relajamos. El sol daba en la cara de aquel maravilloso ser humano que me hablaba desde el corazón.

“Si vienes a preguntarme acerca de las relaciones de familia y de pareja, yo, todavía, no lo sé. Aquí, en este lugar, los discípulos y yo investigamos acerca de la vida y ese es uno de los aspectos en los que todavía no lo veo claro. Eso sí, mujer joven, lo que te puedo decir es que respetes tu necesidad actual. Si tú lo que quieres es casarte y tener hijos, hazlo. Pero si tú sientes la necesidad de retirarte del ambiente social, ve por ahí. No quieras manipularte, sigue lo que vibra en el momento presente 

Alguien que trabajaba en el lugar nos sirvió un plato con comida. Era el kitcheri (arroz con lentejas) más picante que había probado nunca. Le eché muchísima salsa de yogur para suavizarlo y me comí aquello que me sirvieron.

Disfrutamos ambos dos de ese sol de medio día mientras el silencio entonaba su neutra y acogedora melodía. Descansamos callados en el momento presente y, pasado un tiempo, llegaron nuestros dos amigos y compañeros.

“Bien, yo me voy a descansar. Es la hora de mi meditación y de mi siesta. Si luego seguís aquí, os volveré a ver”- pronunció con una sonrisa aquel simpático hombre.

Mi amigo y yo nos quedamos con aquella chica risueña que había sido su discípula durante varios años. Nos sentamos los tres en el césped, compartimos experiencias, nos reímos y lo pasamos genial. A las cinco de la tarde, antes del anochecer, mi amigo y yo decidimos marcharnos.

Justo antes de salir, nos encontramos al maestro que volvía de su meditación. Le miré con ojos amables, le agradecí desde el corazón y nos despedimos de él saliendo de aquel maravilloso recinto que nos había acogido.

La sensación que tuve al salir era algo que conocía pues, en un tiempo pasado la había llegado a sentir. Pero, ahora que la volvía a saborear en mi cuerpo, me daba cuenta de cuánto echaba de menos sentirme así. Sin más y sólo porque la vida me estaba regalando aquel momento, volví a sentirme completamente conectada. Por conectada me refiero a sentirme de nuevo encaminada, todo tenía un sentido, no tenía que poner entre dudas o en entredichos aquello que estaba viviendo. Una sensación de que todo está bien. Me refiero a la PLENA PAZ.

Llena de confianza en la vida salí de aquel lugar sabiendo que había encontrado, al final, no el maestro que buscaba sino la enseñanza que precisaba.

Unos días más tarde partí hacia Nepal y seguía con aquella sensación que sonaba así en mi cabeza: “¿Ya soy adulta? ¿Ya no necesito que nadie me diga que estoy bien encaminada? ¿Ya puedo prescindir de la opinión de los demás?”. El nivel de seguridad en mí misma subió hasta hacerse presente en cada poro de mi piel. Todas las dudas que había tenido este último año sobre si estaba caminando sobre el camino correcto, se disiparon. Y, en verdad, ya no necesitaba la aprobación de los demás para continuar llevando la vida que había decidido llevar.

Hoy, siete meses después de aquella experiencia, me encuentro en el otro lado del mundo, acordándome de este otro lugar. Sí, no sólo acordándome del lugar físico -de India o de Nepal- sino también acordándome de este otro lugar personal en el que ahora, de nuevo, vuelvo a no encontrarme: en ese lugar en el que una se siente segura de sí misma, sin dudar de las emociones que tiene, siendo su propia fan número uno, su seguidora incondicional, su mayor apoyo y su propia fuente de confianza.

Diré, para concluir, que cuando algunos de nosotros, por necesidad, nos encontremos buscando fuera lo que ya tenemos dentro, es recomendable que nos enfoquemos en buscar aquellas experiencias, enseñanzas y personas que apunten de manera SENCILLA al interior de nuestro pecho.  Todo lo demás, todos esos otros caminos llenos de sufrimiento que parecen más complicados, todos esos maestros que te llevan a un lugar alejado de tu “yo” para que te vuelvas más sabio, todo aquello que te haga dudar de tu capacidad interior de acción y decisión, puede ayudar –no digo que no- pero, ya de por sí, puede que se encuentre algo enturbiado, te esté despistando o te esté ayudando a postergar el encontrarte verdaderamente feliz, fuerte y sano.

Y, en caso de que optemos por el camino largo, complejo y complicado- aquel que posterga mi acción y muchas veces alejado del mensaje puramente interno-, necesito preguntarme: ¿Realmente quiero ser feliz ahora, YA? ¿Realmente quiero liberarme ahora de todo aquello que creo que me pesa o es que hay algo en mi interior que quiere retener el sufrimiento porque lo considera necesario? ¿Qué pasaría si doy el paso? ¿Hay algo que quiera soltar? ¿Qué nueva vida se mostraría ante mí si me libero?

Escribo, hoy, desde mi necesidad de saberme libre y desde el pensamiento que ha surgido últimamente en mí que me hace ver que somos muchas las personas enganchadas al sufrimiento. Todo, por no tener el valor de considerar que siempre hay un camino mucho más fácil y sencillo, el de seguirse a uno mismo, pase lo que pase.

La estrategia tiene magia

Quizás conozcas a algún soñador. Sí, esas personas que sueñan despiertas, que poseen una gran imaginación y pueden hablar contigo horas y horas sobre fantasías acerca del futuro, acerca de la vida y el amor. Puede que también conozcas a gente muy realista, personas eficientes y productivas en el día a día que tienen un claro foco en lo que están haciendo. Y es probable también que te hayas topado en tu camino con algún crítico sabio que te haya ayudado a ver las cosas de una manera más amplia y sencilla.

Sí, quizás conozcas a personas que tengan estas características. Pero, lo más importante, ¿has conocido a estos tres personajes dentro de ti?

Hay un ejercicio de coaching, concretamente de PNL, en la que se buscan dentro de ti a estas tres personas ya que se las considera tus herramientas básicas para poder desempeñar cualquier cosa que te propongas en tu vida.

¿Por qué son necesarios los tres personajes?

Muchos de nosotros somos brillantes en uno o dos de estos personajes. Sin embargo, puede que ese tercero con el que no haces tantas migas, haya sido el causante de que algunos de tus proyectos no hayan salido a flote o les haya faltado algo de pasión. Veamos:

–   Si eres una persona muy soñadora y sabia pero falta el personaje del realista en ti, acabarás viviendo en tu propia fantasía sin conseguir bajar a tierra eso que tanto has soñado y sientes como real.

–   Si eres realista y sabio pero careces de soñador, puede que saques adelante muchas cosas pero estará  faltando azúcar y magia en tu día a día.

–   Si eres soñador y realista pero falta el sabio a tu favor, empezarás proyectos pero, al haber estado sin testar, son más probables de fallar.

Como queremos soñar pero no quedarnos en el espacio, como queremos hacer cosas pero no ser máquinas y como queremos tener un proyecto bonito sobre el que poder aconsejar. ¡Hagamos de nosotros mismos, los tres personajes que necesitamos!

¿Cómo lo hacemos?

Ejercicio de PNL llamado “Estrategia Walt Disney” 

En primer lugar, busca un sitio tranquilo donde puedas pasar un rato contigo mismo. Ponte de pie en alguna zona de la habitación en la que haya espacio y coge cuatro papelitos de colores para identificar cuatro zonas diferentes en el suelo: el punto neutro (PN), la zona del soñador (S), la del realista (R) y la del crítico sabio (C).

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Ve al punto neutro (PN), es desde aquí donde comenzaremos el ejercicio. Respira hondo varias veces, conecta con tu respiración, conecta con el suelo que te mantiene y el espacio que se extiende hacia arriba de tu coronilla, pon las manos en tu corazón para abrirte a las emociones, respira de nuevo, conecta con el lugar en el que estás, sé consciente de lo que oyes, lo que ves, lo que percibes con el tacto… Céntrate en ti y da la bienvenida a lo que vaya a mostrarse durante los siguientes minutos.

Poner anclas:

  1. Desde PN, mira el lugar donde está el papel del soñador. Vas a dar un paso para meterte de lleno en ese personaje que está dentro de ti y disfrutar soñando. Antes de ello, encuentra un momento en tu vida en el que sintieras precisamente eso: momentos de fantasear sintiendo que todo es posible… Si no lo encuentras, también puedes imaginar a alguien que tú sepas que tenga estas características de imaginación, disfrute e ilusión. Cuando estés preparado y lo tengas, da un paso hacia delante y ponte encima del papel del soñador sintiendo que entras de lleno, al 100% en ese personaje. Visualízate en la situación elegida. ¿Qué se siente? ¿Qué se ve? ¿Qué se escucha? Mantén tus ojos cerrados para que esa sensación invada todo tu cuerpo y date todo el tiempo que necesites para integrarlo dentro de ti. Ahora, antes de salir del lugar del soñador, elige una imagen, un sonido o un gesto que represente todo lo que ahí sientes, algo que te haga recordar ese estado en el que ahora te encuentras. Imagínate que dejas esa imagen, sonido o gesto (a partir de ahora lo llamaremos “ancla”) en ese lugar y vuelve a PN.
  2. Respira hondo y desde PN ahora elige una situación concreta en tu vida en la que hayas sido muy eficiente y productivo. Desempeñaste la tarea, te sentías satisfecho por tu dinamismo y actividad, estabas enfocado y centrado. Elegida la situación, da un paso adelante y entra de lleno en el lugar del realista. ¿Qué se ve? ¿Qué se siente? ¿Qué efectos sientes dentro de ti? Hazte consciente de cómo el realista vive en ti, en tu cuerpo, llénate de esa sensación. Antes de volver al punto neutro, elige un ancla (imagen, sonido o gesto corporal) que represente al realista y te recuerde como se siente estando en él. Deja ahí al ancla y vuelve a PN.
  3. Ahora piensa en una situación en la que hayas sido un crítico sabio conectado con su corazón. Buscamos ahora a esa parte de ti que es condescendiente, benevolente y que sabe mirar las cosas por lo que son. Esa parte de ti que en alguna ocasión ha dado el consejo constructivo necesario para que las cosas fueran adelante, que consiguió que tú o los demás ampliaran la perspectiva. Un crítico que valora la aportación del soñador y del realista y quiere ayudarles a que este proyecto llegue a buen fin. Cuando lo tengas, entra dentro del lugar del sabio, vívelo con todos tus sentidos, busca un ancla y déjala ahí. Vuelve a PN.

Unir al sueño y a la realidad:

Desde PN, puedes ver delante de ti a esas tres herramientas maravillosas. Ahora que las tienes, es el momento de aplicar las tres herramientas a ese tema que tú tengas en mente.

  1. Entra en el soñador, contacta con el ancla que dejaste ahí y siente al soñador dentro de tu ser. Ahora habla de tu vida con su voz, cuenta qué es eso qué quieres conseguir. Todo es posible, ilusiónate con tus ideas y con aquello que quieras construir. Describe detalladamente como es ese sueño que quieres hacer realidad.
  2. De ahí, dejando el ancla en el soñador, pasa directamente al lado del realista. Él ha  escuchado lo que el soñador decía. Coge el ancla del realista, llénate de él y de su experiencia y deja que ahora él concrete como hacer este sueño realidad. Él no juzga, él actúa. Deja que saque todas sus armas y que desgrane el sueño hasta llegar a la mínima expresión. Déjale que planee, que dé fechas de comienzo y fin, establezca etapas y pequeños objetivos, nos muestre modos de acción y cómo organizarnos para que esto sea realizable.
  3. Cuando esté todo bien atado, deja el ancla del realista y pasa al lugar de tu sabio interior. Coge el ancla del sabio y observa al soñador y al realista con toda tu sabiduría. ¿Qué opinas? ¿Crees que el soñador podría soñar más y que esto se ha quedado en poco? O, por el contrario, ¿crees que el realista no va a dar abasto? ¿Qué puedes ofrecerles tu desde tu conocimiento? Dales consejos, ¿qué ves? ¿qué consideras que deberían tener más en cuenta?
  4. Y volvemos a comenzar la ronda. Deja que el soñador reciba estas amables palabras y reformule su sueño. De ahí pasamos al realista que ahora puede hacer algunas modificaciones en su plan. Y entonces el sabio vuelve a hablar y volvemos a empezar. En el momento que el sabio diga: “Aquí no hay más que hablar”, ese será el momento de ponernos en marcha con nuestro proyecto único y personal.

Y que así sea:

que emprendamos acciones que llenen de significado nuestro corazón

y que bajemos los sueños a Tierra para que todos podamos disfrutar de ellos.

Si quieres conocer más acerca de este tipo de técnicas de desarrollo personal, puedes buscar información sobre PNL (programación neutro-lingüistica). Este ejercicio en concreto se llama “la estrategia de Walt Disney” que fue explicado por Robert Dilts en uno de sus cursos