Hombres, ¡despertad!

Confundidas estamos si creemos que esta guerra vamos a ganarla solas. La violencia machista no es una guerra entre hombres y mujeres; o, por lo menos, no debería serlo. La violencia machista debería trazar una línea clara entre quienes defienden y practican cualquier tipo de violencia y aquellos que lo que buscan es el respeto y la armonía entre cualquier ser humano.

Salimos a la calle a protestar, decimos “BASTA YA”, pegamos en nuestros muros de redes sociales noticias que nos indignan sobre cómo algunos hombres nos cosifican o nos indignamos públicamente expresando total repudio por aquellos que nos violan, nos agreden o nos matan. Nos indignamos, sí. Nos enfadamos, también. Estamos ya cansadas, ¿de qué va todo esto? Parece mentira que estemos en pleno siglo XXI viviendo en una sociedad, dicen, “avanzada”.

¿Avanzada para qué? ¿Dónde están los valores? ¿Y el respeto a la mujer?

¿Cómo puede ser que se silencie tanto un maltrato habitual y diario? ¿Dónde está la consciencia y la responsabilidad de todos los hombres? ¿Cuándo van a salir ahí fuera y se van a pronunciar? ¿Cuándo van a decirle a su amigo que no le hacen gracia sus bromas machistas? ¿Cuándo van a entender que no valen más por ejercer su poder sobre personas más vulnerables?

Decía el investigador Michael Kaufman en una conferencia que dio en Bilbao que la mayoría de los hombres ni golpea ni agrede sexualmente a las mujeres pero permanece en silencio ante esa violencia y con su actitud permite que esas situaciones continúen. También decía que el primer paso es replantearse qué significa ser un hombre ya que las expectativas de masculinidad que la sociedad plantea para ellos (ser siempre líder, fuerte, valiente, no llorar, no sentir emociones…) son imposibles de cumplir.

Entiendo que lo que ocurre es que ante la frustración y la inseguridad que genera el no poder llegar a ser el tipo de hombre poderoso que la sociedad plantea; y ante la falta de herramientas de gestión emocional, los hombres violentos deciden descargar su furia con las que ellos sienten que son menos poderosas.

También entiendo que es responsabilidad de todos redefinir el modelo de masculinidad. Responsabilidad de madres, padres y educadores con respecto a los niños; responsabilidad de las mujeres con respecto a nuestras parejas y, definitivamente, responsabilidad de todo hombre adulto, capaz de pensar y de sentir solidaridad con las mujeres que, como colectivo, nos sentimos agredidas y amenazadas.

Tengo la sensación de que debemos dejar ya de protestar contra aquellos que nos presionan, suprimen y vejan; y dirigir nuestra mirada al compañero de al lado: a nuestra pareja, nuestro hermano, nuestro padre, amigos, compañeros de trabajo, conciudadanos… dirigir la mirada a esos hombres buenos pero callados. Mirarles a los ojos, con claridad y presencia, y pedidles que DESPIERTEN, que HABLEN, que nos AYUDEN y que, junto a nosotras, también participen en nuestra LUCHA. ¿Cómo?

  • Mirándose adentro.
  • Comprendiendo y gestionando las propias heridas emocionales.
  • Revisando el modelo de masculinidad.
  • Entendiendo de dónde vienen las expectativas de sí mismo y de dónde viene su concepto de mujer.
  • Reconciliándose con la madre, con el padre, con la sociedad que le impuso un ideal imposible.
  • Reconciliándose con la mujer.
  • Aceptándose vulnerable.
  • Mostrándose humilde.
  • Siendo valiente para exponer lo que le duele.
  • Buscando apoyo en otros hombres parecidos a él.
  • Callando a aquellos que comparten bromas machistas o mandan imágenes por el whatsapp que cosifican a las mujeres.
  • Interviniendo si un hombre avergüenza verbal o físicamente a una mujer.
  • Dejándose ver.
  • Sabiéndose maravilloso, importante y necesario.
  • Defendiendo públicamente el respeto mutuo entre mujeres y hombres.
  • Verbalizando públicamente su rechazo a la masculinidad tóxica que impregna nuestro día a día.

No me atrevería a dar estos “consejos” si yo misma no me estuviera haciendo cargo de redefinir los conceptos de masculinidad y feminidad en mi propia vida. Pero, como decía al comienzo de este artículo, solas no podemos; o, lo que es lo mismo:

HOMBRES, ¡DESPERTAD!
OS NECESITAMOS

Hombres, os necesitamos

La niña que habita en mí

A veces no soy yo la que escribe, no todo mi ser, tan solo una parte de mí toma el control en la escritura. Esto quiere decir que hay veces que estoy feliz pero ese lado oscuro necesita decirme algo. Entonces, esa parte mía que se encuentra en la oscuridad, se pone frente al teclado y me cuenta, con sus propias palabras, qué es lo que le está pasando.

Acostumbramos siempre a escuchar aquello alejado de la oscuridad; la noche nos da miedo, nos asusta, nos recuerda nuestra cueva interior y esas voces que, a veces, evitamos. Pero lo negro e inalcanzable con la mirada, también forma parte del espectro de nuestra realidad. Y es de ahí, justo, precisamente, de donde podemos traer nueva luz que ilumine con mayor intensidad nuestro día a día.

Vine pedaleando desde una escuela a la que he ido a ofrecer algunas actividades de voluntariado. Eran las seis, no quería que se me hiciera de noche; así que pedaleaba fuerte, de manera constante, mi foco estaba en llegar cuanto antes a mi destino. No me quería ver a oscuras en ninguna carretera o lugar que se me hiciera espantoso al no iluminarle la luz del sol.

Tal cual deseaba y planeaba, llegué a mi destino a tiempo y con luz justo antes del anochecer.

En pocos minutos el cielo estaba negro y pensé: “¡Uff! ¡Por los pelos!

Sin embargo, no solo el exterior oscureció sino que yo misma, muy adentro, también me volví, por un momento, de color negro. Cierta tristeza estaba llegando, se hacía presente en mi interior. Cierto cansancio, quizás. Agotamiento. O una mezcla de todo.

Así que tras una ducha fría, preparé una alfombra en el suelo y me senté dispuesta a escuchar. A escucharme. A saber con atención, con cariño, con ganas, qué era aquello que me pasaba.

Imaginé enfrente de mí, en el otro lado de la alfombra, a la niña que fui; la que todavía siente, la que sueña, la que vibra a cada día con todo lo que le sucede. Y le pregunté: “¿Qué te pasa?

Ella ya me conoce, sabe que la escucho bien. Así que, en cuanto la vi dispuesta a responderme, cambié de lugar, me senté justo donde la imaginaba a ella y comencé a sentir lo que había en su interior. Empecé a llorar y me di cuenta de lo cansada que estaba.

Comenzó a contarme algunas cosas que le preocupaban y me informó de algunos aspectos que yo desconocía y que pensaba que eran ya algo del pasado. La escuché, con tranquilidad, en armonía. Y nos fuimos a cenar. Bueno, fui a cenar yo sola sabiéndola a ella en mi interior.

La niña interior es algo que todas llevamos dentro. La niña interior es la niña que fuimos. La que traía todos sus regalos intactos consigo, la que sufrió, la que vio algunas de sus necesidades cubiertas y algunas otras no. La niña interior es la pureza, la energía, la pasión, la convicción de aquello que queremos y no queremos, es nuestra fuerza interior y, además, es la vulnerabilidad más sublime y bella.

Nosotras, las que somos, somos las adultas; las que pueden convertirse en madres de esas niñas que llevamos dentro. Las que podemos darles a ellas todo lo que no tuvieron en su infancia y sí necesitaron, las que les podemos escuchar y abrazar y hacerles entender que el amor, en primer lugar, han de buscarlo en nosotras mismas.

Tuvimos una infancia, una mamá, un papá, unos educadores, unas circunstancias… Y fueron aquellas circunstancias y aquellas personas las que nos abrieron muchos caminos y también las que se interpusieron para que no transitáramos otros. Aprendimos, de pequeñas, que eran los mayores quienes poseían la Verdad y tenían el Poder de dirigir nuestras vidas.

Pero una vez crecemos, debemos hablar con ese lado vulnerable -nuestra niña interior- atenderla (atendernos) y hacernos comprender que la Verdad se encuentra dentro de nosotras y que el Poder, el poder de hacer aquello que queremos, también.

Conforme empezamos a desarrollar una relación de amor, cariño y respeto con nosotras mismas, nos hacemos menos dependientes de la opinión ajena; especialmente, de la opinión de aquellas personas que en nuestra infancia representaban la Verdad y el Poder.

Es importante saber que la Verdad reside dentro. Y que el Poder también.

Una vez sabes eso, se reduce el miedo. Entonces, tu camino se abre de una vez.

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Ilustración de Claudia Tremblay

VLOG: Dar desde el Amor que somos

No es lo mismo actuar desde el amor que necesitamos (carencia) que desde el Amor que somos (esencia). Si eres una persona interesada en compartirte y dar de ti a los demás has de saber que la prioridad eres TÚ y que la primera pregunta que debes hacerte no es qué necesita el resto del mundo, la pregunta es: “¿Qué necesito YO?“

*Puedes darle a HD para ver el vídeo con una mayor calidad.

Ya no hay sueños. Ni rescates.

Hay hombres que sueñan, que reposan adormecidos sobre una cama esperando que la vida llegue y les insufle ese alma que les falta.

Hay mujeres que sueñan, que creen que ellas pueden soplar en la boca de ellos esa vida que ellos creen no poseer.

Y hay relaciones que se rompen, pues un hombre dormido poco puede hacer con una mujer que sueña despierta; y un hombre acobardado pocas aventuras puede tener con una mujer que disfruta haciéndose rasguños en la selva.

Las historias no siempre son como las cuentan. Hay muchos hombres princesa esperando ser rescatados mientras reposan en su cómoda mirando por la ventana.

Y hay muchas mujeres caballero que creyeron que su llamado era ir al rescate de aquellos seres que siguen dormidos.

Sin embargo, es mejor dejar las princesas, los caballeros y los valerosos rescates para los cuentos; y vivir una vida en la que uno mismo se encargue de abrir sus propios ojos; sin esperar que venga otro a abrírselos y sin creer que, forzadamente, se los podrá abrir a los demás.

Yo ya salí de la torre y dejé de ser la princesa. Me subí a mi propio caballo y creí ser el caballero rescatador. Pero entonces entendí que por ser fuerte, valiente y libre, no tengo porqué ir a la búsqueda de los otros, especialmente, de aquellos que siguen sumidos en su deliberado sueño.

Cada uno es responsable de sí mismo. Parto con mi caballo a lugares lejanos. Y, en el camino, espero encontrar a otras almas valientes y libres como yo que hayan decidido, por sí mismas, vivir una vida llena de placer, amor y significado.

BUSCANDO UN PARAGUAS

A un día de mi 30 cumpleaños me siento así: BUSCANDO UN PARAGUAS.

¿Sabéis esos grupos de turistas que van siguiendo a un guía que usa un paraguas de colores para que la gente pueda verle con facilidad? Sí, esos grandes grupos de chinos y/o japoneses que van siguiendo a la manada y mirando hacia la derecha y hacia la izquierda según indique el aparato de audio que llevan en sus cabezas…

Sí, bueno, la realidad es que justo me refiero a eso. He debido perderme del grupo. Aquí no hay nadie que me diga hacia dónde tengo que mirar, ni escucho indicaciones claras a través de los oídos. Tampoco veo un paraguas de colores que me indique dónde debería estar mi lugar ni qué sitios, atracciones o monumentos debería estar atendiendo con mi mirada.

Soy libre, señores. Soy libre.

Y menudo vértigo da dicha expresión. Toda la vida ansiando comerme el mundo hasta que llega el día en que te das cuenta que no hace falta que ansíes nada porque ya te has comido buena parte de él.

¿Y por qué tanta ansia, entonces? ¿Por qué tantas ganas? ¿Y, hablando de todo un poco, hacia dónde he de tirar?

A un día de mi 30 cumpleaños me siento así: un poco -solo un poquito- PERDIDA.

¡Ché! Y yo que me sentía tan orgullosa de mí misma por estar creando un camino propio y por tener la valentía de mirar el mundo con mis lindos ojos. La misma, yo, la valiente… perdida… ¡Pues vaya chasco!

Creo que me tengo que quitar el traje de heroína porque empiezo a creer que, el hecho de ser libre, no implica que vaya a ocurrir gran cosa. Simplemente, ahora puedes decidir pero, no te creas, por muy libre que seas las limitaciones forman parte de tu naturaleza.

Sí, limitaciones como el tiempo, la edad, el coste de oportunidad que supone hacer algo y tener que sacrificar otra cosa a cambio, la capacidad limitada de los pulmones o del estómago, las horas necesarias de sueño, las distancias físicas… Existen los límites por mucha libertad que quiera yo encontrar. Soy una mujer libre y, jodidamente, limitada. ¡Qué putada!

Pues sí, me fastidia. Me fastidia porque siempre he querido tenerlo todo. Porque no fue casualidad que me leyera el libro de El Alquimista tres veces seguidas cuando era adolescente. Porque siempre he creído en los sueños y en los destinos, porque conozco el potencial y creo en la capacidad del ser humano para llegar bien lejos.

Pero en algo me he equivocado y es en creer que el ser humano, tan sólo él y por sí mismo, puede alcanzar las estrellas. Y no, no es así. Estamos interconectados, somos parte de algo que vive en nuestro interior y, a la vez, nos supera; somos una pieza de un puzzle, tan solo somos humanos; vulnerables y limitados.

Por eso, a mis ya casi 30 años cumplidos; he de decir que me siento hoy en la silla de la decepción. Aunque sea solo por un ratito. Y es que, ¿quién me he creído yo para querer tocar el cielo? ¿Es que no sé de sobra la cantidad de factores que han de acompañarme a mí hasta esa elevada llegada?

“Ay,…” – me digo a mí misma- “con lo que has sentido en tu interior, ¿cómo puede ser que hagas a tus ojos ciegos y a tus oídos sordos? Si sabes que toda esa alegría que buscas, todo el sentido que te va a motivar y todo el amor que mereces; se encuentran dentro de ti misma. ¿Por qué intentas encontrar un paraguas de colores cuando en esto de la vida tan solo estás tú? Tú y las huellas que has dejado. Tú y todo lo que ya has caminado. Tú y todo lo que el Universo ha sembrado en tu interior y te muestra ahí fuera en modo de personas, circunstancias y relaciones. Ay… deja ya de mirar a los rumores del pasado y eleva tu mirada. Ahí, enfrente tuyo, está la vida”.

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REFLEXIONES (Y YA)

Fuera cual fuera nuestro propósito cuando salíamos del vientre materno para entrar de lleno a la vida en este mundo; dudo que éste estuviera relacionado con ser enemigos de nosotros mismos (me refiero a la relación que uno tiene consigo mismo) o a boicotear nuestra propia felicidad. Viendo la belleza natural que hay en este planeta, se me hace más probable, que nuestro propósito de vida en ese momento fuera crecer y expandirnos en la belleza que somos. Ser quienes somos exactamente.

Una roca es una roca, un pez es un pez y un ola de mar al llegar a la orilla es una ola de mar al llegar a la orilla. Creo que todas nuestras frustraciones, vienen del hecho de que creemos que todos tenemos que ser iguales y de que no llegamos nunca a sentir en nuestra infancia que ser esta obra de arte única, diferente y especial es algo correcto y positivo.

Por eso creo que todos vamos moldeándonos poco a poco a ser uno más en la sociedad y tenemos la concepción errónea de que tenemos que parecernos los unos a los otros para ser reconocidos y respetados. Cuesta mucho ver personas que se desmarquen mostrando su propia originalidad y que, además, se enorgullezcan y se sientan seguros de ello.

Por todo ello, te pregunto a ti:

¿Qué es lo que te hace diferente?

Puede que la primera respuesta que te venga no sea algo que se valore a nivel social, puede que sean pequeñas cosas, puede ser esa mirada penetrante a la vez que perdida, puede ser tu forma de caminar, puede ser alguna de tus heridas, tu forma de expresarte al hablar, tu buen gusto a la hora de decorar habitaciones o tu capacidad para escuchar a los demás. También pueden ser tus nervios extremos a la hora de emprender algo, el miedo ese que te hace temblar, tu ilusión, tu capacidad para sentir y emocionarte, o tu modo de ser un lago embalsamado ante cualquier situación.

Y es que anoche pensaba que yo tenía que QUERERME MÁS a mí misma. Anoche pensé que ya podía dejarme de tonterías y apartar cualquier otra misión y responsabilidad imaginaria en mi cabeza. Si yo venía a este mundo y no me valoraba por ser quién soy, entonces, sí que estaba siendo esto de vivir una verdadera pérdida de tiempo.

Sentí que esa iba a ser mi responsabilidad a partir de ahora. Asegurarme, cada día, que siento amor hacia mi persona; ser eso que yo soy. Sentirme y amarme al igual que lo hizo y lo hace mi Creador que sois todo lo que hay fuera y todo lo que hay en mi interior.

A parte de añadir la práctica de la meditación como actividad diaria (ya pensaré qué tipo de meditación puede ser mejor para ello), pensé que escribiría en una lista todo aquello que me hace especial y diferente (al igual que os he pedido a vosotros al comienzo de este texto); todo aquello por lo que realmente yo me podía valorar… hasta que no hace mucho he descartado por completo esta segunda tarea.

La realidad es que no quiero una lista de cosas que me hagan ver que soy diferente, especial y única; creo que ya tengo todas esas cualidades por el hecho de estar aquí y ser quién soy; un individuo diferente al resto. ¿Por qué iba a tener que encontrar motivos para sentirme especial? ¡Qué absurdo!

Otro tema, quizás, es que no solo va todo esto de sentirse especial, diferente y único. Creo que la palabra responsabilidad, ha de entrar ya en juego. Y es que ya es hora de decidir si queremos ser los capitanes del barco de nuestra vida o no. No es lo mismo llevar el timón y tomar decisiones que dejarnos llevar por Dios sabe qué.

Caí en la cuenta, ayer también, que el shock de salir del medio acuoso cómodo y seguro del vientre de nuestra madre para entrar en un mundo de formas y responsabilidades, lo hemos sentido todos. Que todos- o la mayoría- hemos tenido que transicionar de la inhabilidad de autogestión que sentíamos en la infancia a la habilidad de autogestionarnos en la vida adulta. Que estamos todos jugando con las mismas reglas del juego que son, al fin y al cabo, aprender a autogestionarnos con los recursos que se nos ha dado.

Dije que dejaría cualquier cosa a un lado hasta que no comenzara a quererme más y aquí estoy escribiendo este post que, en algunas ocasiones, me aleja de mis responsabilidades actuales y me hace posponerlas. Me voy a dejar de letras y reflexiones y me voy a poner manos a la obra; me da la sensación que toda mi práctica a partir de ahora se reducirá a respirar y ser consciente de que yo soy VIDA y, por ende,… (y esto te lo susurro muy bajito): a m o r

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Te mando saludos desde el balcón de mi casa

AUTORRETRATOS

Si me quedara alguna carta de la baraja, me gustaría que fuera el As de corazones. Y si no me quedara ninguna, me gustaría mostrarte mis manos vacías para que vieras que no guardo nada en ellas.

Realmente, aunque pueda dar(te) una impresión contraria, yo no tengo nada que ocultar. Las mismas motivaciones me impulsan a levantarme cada mañana, el mismo aire tomo al respirar, idénticas necesidades vitales me caracterizan, … La profundidad de la que me hablas no es más que el hecho de que no utilizo una tapadera para esconder los submundos que hay debajo de los mundos. Pero esto es común a todos, todos somos más de lo que se ve a plena superficie.

Debajo de nuestros pies hay unas raíces que se expanden hasta lo más interno de la Tierra y que están conectadas todas entre sí. Es como si todas fueran a parar a un mismo sitio del que todos chupamos agua de vida. Todos aportamos desde arriba agua que irá hacia abajo y que nos nutrirá a todos cuando vuelva de vuelta. Agua sana. También insana. Y todos bebemos del mismo manantial.

Una vez el agua de vida va subiendo hasta nosotros, hasta encontrarse con nuestras raíces separadas de las del resto de la humanidad, ese agua se va filtrando. Son nuestros filtros propios y personales los que determinan la calidad del agua que llegará a nuestro cuerpo, su destino final. Si dejamos pasar todo, todo entrará en nosotros. Si por miedo, nos cerramos por completo, nos comenzaremos a debilitar. Pero si encontramos ese punto ecuánime e intermedio, en el que sin gran esfuerzo, recogemos las aguas que más vitalidad y grandeza nos van a dar, entonces, estamos a salvo.

Estaremos a salvo pues esa es la misión que llevamos de manera natural. Proteger y respetar aquello que somos. Evitar que lo que está empantanado y contaminado entre por el canal por el que nosotros nos sustentamos y nos adherimos al suelo. Y dejar que aquello que se encuentra fluyendo con firmeza y armonía, sí que nos cale, sí que penetre en nuestro interior.

Y ahí está el arte: en dejarnos afectar por aquello que nos llena de vitalidad y nos abre los ojos a nuestra grandeza; y en saber soltar la absurda responsabilidad de tomar aquello que no nos corresponde, nos enturbia e, ilusoriamente, nos empequeñece.

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“Recoge solo aquello que:

es TUYO,

te pertenece

y te hace ver quién eres.”

– Ilustraciones y textos personales

RESPONSABILIDAD

Estaba meditando ante la terrible idea de la palabra RESPONSABILIDAD cuando, de repente, entendí que la responsabilidad no era algo impuesto que tuviera que ser cargado sino una condición natural del ser humano. Somos responsables desde que nacemos de nosotros mismos y esto no está hecho como un castigo sino como un regalo para que todos podamos aprender de nuestras experiencias con el medio durante nuestra vida.

Hay una diferencia clara a la hora de responsabilizarnos de nosotros mismos- a la hora de cuidarnos, atendernos y tomar nuestras propias decisiones: podemos estar queriendo hacerlo todo solos, llevar el mundo colgando a nuestra espalda, apoyar todo el peso en nuestros únicos dos pies… Podemos decidir responsabilizarnos de nosotros mismos creyéndonos todopoderosos, separados del resto y conocedores de todas nuestras posibilidades y caminos. O, por el contrario, podemos aventurarnos a responsabilizarnos de nosotros mismos desde el conocimiento de interdependencia y necesidad natural que tenemos con el resto del medio en el que vivimos.

Digamos que están aquellos que no se responsabilizan de sí mismos: lo dejan todo al azar y a la fortuna, se esconden tras su pareja, su papá o su mamá; se paralizan, cierran sus ojos o se convierten en máquinas automáticas a la hora de relacionarse con la vida. Digamos que hay otro grupo de personas que sí decide llevar su vida según su propia voluntad y toman la responsabilidad de saberse vivos y con una vida a gestionar. En este último grupo encontraríamos dos tipos de personas: aquellos que lo quieren hacer todo solos y acaban por “quemarse” con las subidas, bajadas y supuestas inconveniencias de la vida; y aquellos que se saben parte de un todo y que deciden apoyarse en el ciclo y en la corriente de la vida que afecta a todos y a todo lo que les rodea.

Yo he estado en los tres grupos, especialmente, en los dos primeros. Intenté hacerme responsable de mí misma pero no sabía confiar en los demás ni en un propósito Mayor; esto se me hizo muy pesado y decidí ser como aquellos que se esconden y no quieren tomar las riendas. Cansada de ocultarme, decidí volver a tomar responsabilidad de mí misma pero cuando no confías en lo que hay fuera y dentro de ti, ¡responsabilizarse es una pesadilla!

¿Por qué lo quiero hacer todo sola? ¿Por qué creo que la responsabilidad implica aislamiento y capacidad de hacerlo todo por uno mismo? ¿Por qué tengo este concepto en mi cabeza de necesidad de aprender a valerse por uno mismo? De esta manera, acabo siempre optando por soltar la responsabilidad de vivir mi vida; se hace cansado.

Por eso, esta mañana, me preguntaba por qué no medito y confío un poco más, por qué no me estoy dejando guiar, por qué no dejo que la corriente fluida de la vida me lleve a dónde me quiera llevar. Yo, realmente, pienso que la responsabilidad que tenemos como seres humanos es ser CONSCIENTES de aquello que nos rodea para poder aprender y disfrutar placenteramente de la vida. En cuanto al rumbo, personalmente, pienso que hay poco por hacer. Creo que la vida es como un río del que formas parte, puedes optar por pasarte la vida intentando parar las aguas o intentando construir diferentes afluentes y cauces; o puedes dejarte llevar siendo aquella parte del río que te tocó ser; disfrutándola, aprendiendo de ella y, potencialmente, dirigiendo esta corriente del río hacia dónde quiera tu corazón mediante el poder del amor y de la atención.

Por todo ello, le pido a Dios, a mi corazón, al destino de la vida, a aquello que nos conecta… que me guíe de nuevo, que me deje confiar, que me ayude a entender que no lo sé todo, que no puedo con todo, … que, independientemente de saber que yo soy el río, saber que soy, a la vez, una parte de él. Le pido que me ayude a entender que soy una gota en el océano y que la felicidad llega cuando te reconoces como un agente más colaborando en las historias de esta vida.

Quiero confiar, volver a confiar. Quiero pedir ayuda, volver a sentirme guiada. Dejar de lado las intenciones de crear mi propio futuro sin tener en cuenta el resto de los elementos. ESCUCHAR. Moverme al ritmo del Universo. Formar parte del ciclo. Ser una parte del todo, dejarme orquestar.

Ser un instrumento en la orquesta de la vida y sentir la música creada como si fuera aquello que alimenta mi interior. Soltar la responsabilidad de forjarme una vida al margen de los demás y sentir en mi interior la responsabilidad de saberme receptora de indicaciones, de escucharlas, de saborearlas, de seguirlas y confiar en mí y en ellas.

No sabemos tanto como creemos, no se trata de sacarnos las castañas del fuego… se trata de saber que sin las castañas, sin el fuego, sin tu cuerpo ni tus manos, no serías capaz de llevártelas a la boca. Se trata de saber que estamos todos interconectados, que hay un flujo que nos mueve a todos por igual y que disfrutaremos más si nos dejamos llevar siendo agradecidos y conscientes de aquello que se nos está dando.

Se trata de…

CONFIAR

DEJARSE AMAR

Una vez, cenando en un restaurante con la persona con la que compartía mi vida en aquel momento, escuché su voz que salía directamente de su corazón: “¿Sabes qué, Sandra? Lo más importante para mí ahora en el mundo eres tú. Lo que más me gustaría ahora y en lo que me quiero enfocar es en crear un proyecto de vida juntos”.

No habían pasado unos veinte minutos, cuando con aire dudoso y receloso le pregunté: “¿Tú me quieres?”.

Ví entonces en su cara un gesto de incomprensión y desolación. “¿Es que no has escuchado nada de lo que te he dicho hace un segundo?”, me dijo. A lo que yo respondí tímidamente: “Ah, si…. si…”

Este ejemplo que tengo grabado en mi memoria me recuerda siempre la tendencia que tengo a pensar que yo no soy digna de recibir amor de otras personas. Aquella noche, mi pareja había puesto el corazón en la mesa, pero yo ni siquiera fui capaz de atisbarlo.

Es importante saber cuando estamos en una relación con alguien que no se quiere a sí mismo o, más importante y creo que también diferente, con alguien que no concibe ser merecedor de amor por parte de los demás. Podrás construirle el Taj Mahal, cantarle una saeta cada noche, sorprenderle con tus mejores besos y cosquillas, agasajarle, adularle, adorarle… Cuando alguien no se considera como “un recipiente de amor”, no podrá apreciarlo por mucho que tú le des.

Digo que es básico saber esto, ya que se pueden perder muchas energías intentando enseñarle a alguien que es digno de amor. Siento decir que eso es algo que tiene que ver cada uno por sí mismo y no es la pareja la que tiene que encargarse de una responsabilidad que no le corresponde.

En mi caso, siento que hay mucho aprendido con la ecuación de ME QUIERES = ME NECESITAS que he mamado en casa. Otra ecuación que he vivido de cerca es ME QUIERES = TE ESTOY DANDO ALGO A CAMBIO. Así que, para mi mente es difícil entender eso de que “te quieran así porque sí”.

Estando en India fue cuando me di cuenta de esto. Los días que más niños se abalanzaban a mis brazos, eran los días que más me costaba aceptar el hecho de ser quien yo era solo por estar sintiéndome querida. Luego lo volví a ver una y otra vez y me daba cuenta que cada vez que alguien me halagaba o decía algo amoroso con respecto a mí, necesitaba “dejarlo ir” rápidamente porque sus palabras pesaban como losas dentro de mi alma.

Creo que me abruma ser importante para alguien. Y creo que es precisamente, porque creo que si me quieren es porque me van a necesitar. Me pongo con todo mi set “de trabajo” para complacer a esa otra persona que tanto me quiere, y me olvido de que su amor viene solo porque aprecia quién soy y no tanto lo que potencialmente le voy a dar.

Se me olvida que, cuando alguien me manda un beso, viene a darme un abrazo, me felicita con palabras de amor o quiere pasar tiempo a mi lado; no es porque QUIERAN ALGO DE MÍ sino porque simplemente aman lo que están viendo.

Dejarse amar tiene el objetivo de que te relajes en tu vientre siendo exactamente quien tú eres. Dejarte ser querido implica que no vayas enseguida a intentar darle algo a cambio a la otra persona solo por el hecho de que ella tenga ese sentimiento hacia ti. 

Alguna vez he caído en el error de DARLE mucho al otro, solo por no tener que soportar el dolor que siento al RECIBIR.

Recuerdo el día en que le dije a un hombre: “Perdona, hasta ahora te he hecho sentir que eras tú el que no sabía quererme. Pero, ahora me doy cuenta, que no eres tú el incapacitado para querer sino que yo tengo miles de muros para que tú puedas llegar a sentirte relajado a la hora de mandarme un simple beso”.

Cuando dibujo, casi siempre sigo al inconsciente, así que dejo que mis manos pinten por mí mientras yo me sorprendo con lo que se va dibujando. El otro día, pinté la ilustración que copio más abajo. Por fín, ya no pintaba a mujeres solas y heridas o a hombres malvados o inconscientes. Él estaba cerca de ella, abrazándola y queriéndola mucho. Lo más bonito que pude ver ahí, es que ella (yo) TENÍA LOS OJOS CERRADOS. Él la quería pero ella no lo podía ver. Sin embargo, él seguía recogiéndola entre sus brazos.

En este texto que escribo hoy, quiero pedir perdón a todas esas personas que sé que me quieren de verdad y me han querido. Porque a día de hoy, creo que sigo demasiado asustada como para atreverme a reconocer el hecho de ser amada. Todavía creo que tengo que hacer algo si tú me quieres y sería TANTO lo que tendría que hacer para compensar ese amor que tú me das, que prefiero que no me quieras. Mis ojos están cerrados pero te doy mis más sinceras gracias por estar ahí, mientras yo no me entero, queriéndome solo por ser quién soy.

“Te amo por lo que eres. No te amo por lo que haces. Así que no intentes modificar nada tuyo ya que hagas lo que hagas, seguirás siendo tú y, por ello, te voy a seguir amando.”

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Ilustración propia

 

Mentes creativas. Espacios desordenados.

Mi tendencia suele ser dejar la casa desordenada. Incluso cuando acabo de limpiarla y organizarla y todo se queda reluciendo como los chorros del oro, siempre tengo ese primer momento de placer de poder dejar una camiseta bellamente tirada en la esquina de la cama. ¡Es casi poético!

Hasta ahora, no lo he podido evitar. Aunque mi señorita Rottenmeier me pedía que lo tuviera todo organizado para poder desempeñar con más eficiencia las tareas de mi vida; había una parte en mí que lo único que quería era poner todos los trastos de la casa en movimiento para poder ordenarlos una y otra vez más.

A veces me sorprende como llega el desorden y se presenta ante mí sin haberme avisado previamente. Cuando hace solo unas horas que lo he dejado todo bien organizado, miro a mi alrededor y objetos que no pertenecen a un determinado lugar yacen desorientados manteniendo relaciones con otros objetos que, claramente, no son de su círculo. Por ejemplo, una cucharilla de plástico pasándoselo en grande dentro de la caja de rotuladores de colores, la botellita de hacer pompas de jabón disfrutando en mi altar al lado de la figurita de una diosa budista, la tarjeta de visita de la consulta de un amigo asomándose expectante desde el estuche de maquillaje,… y así decenas de objetos más que empiezan a hacer de las suyas.

Hasta ahora, todo este juego me había parecido gracioso u odioso, dependiendo la ocasión. Hoy, no tengo sentimientos al respecto, solo sé que quiero sacar algo en claro que me lleve a la acción al respecto del orden caótico en mi existencia.

Por un lado, leyendo un artículo en internet, he encontrado que el caos en el hogar no es algo “tan malo”. Afirma que se hizo un estudio y se comprobó que la gente que se encuentra en espacios caóticos tiene ideas más creativas que la gente que está en espacios completamente ordenados. Parece ser que el orden promueve los valores de la convencionalidad, lo que está establecido, lo tradicional. Así, encontrarse en un espacio desordenado, ayuda a la persona a salirse de lo establecido y dar con ideas nuevas.

De hecho, ahora que recuerdo, en la empresa en la que yo trabajé un par de años, había una sala que se llamaba “la creativa”. Íbamos allí para relajarnos, salir del ambiente cuadriculado del trabajo y poder inspirarnos para tener ideas innovadoras. La sala tenía puffs, suelo verde, almohadas y elementos poco comunes en una oficina…

Por otro lado, he seguido investigando en internet, y he encontrado otro artículo en el que se hablaba de que el desorden en el hogar es un reflejo de los miedos inconscientes que tenemos más allá de la mente. Se decía que el caos externo, puede significar incertidumbre acerca de tus metas, de tu identidad o de lo que quieres de la vida y que, precisamente por ello, los niños pequeños tienen sus habitaciones desordenadas ya que ellos todavía no tienen consciencia ni de su identidad ni de sus metas.

En este segundo artículo, también se mencionaba que el desorden y la acumulación innecesaria de objetos bloquean las vías de acceso de nuevas oportunidades y nuevas personas (todo lo nuevo en la vida) y nos hace perder tiempo que puede ser muy valioso para estructurar de manera ordenada y disciplinada nuestro plan de vida.

Así que me encuentro una vez más con mis dos “yo”, las cuales quieren cosas diferentes. Una de ellas es una desmelenada que disfrutaría viviendo desnuda en la selva comiendo frutas frescas y dejando que su jugo se derramara en parte fuera de su boca (si alguien conoce a la diosa hindú Kali, digamos que esa sería una de mis yo); la otra quiere un poquito más de orden y estabilidad. Como siempre, habrá que llegar a un punto medio y quizás, ayudar a mi parte salvaje a incorporarse un poco al mundo del orden y de la forma. Y, también, enseñar a mi parte más disciplinada a valorar la locura extática que viene del caos y las ideas nuevas que surgen de todo ello y que también me ayudan mucho a desenvolverme en esta vida.

En cuanto al lugar en el que vivo, sí que quiero ponerme manos a la obra y esto es lo que saco en claro después de lo escrito:

–   Me doy cuenta que querer tener la casa desordenada tiene que ver con la rebeldía que se genera en mi interior al ver un mundo tan estructurado y que vive tanto en lo “socialmente aceptado”. Me cansa tanta apariencia, convencionalidad, apatía y rutina externa y me rebelo mostrando lo más salvaje y caótico que hay en mi interior.

–   Veo también que quizás yo misma esté reprimiendo en parte mi caos interno sin llegar a expresarlo y es por eso que sale disparado a modo de objetos desordenados.

–  Contemplo la posibilidad de que desordenar me lleva a tener que hacer algo luego (ordenar) y así puede que esté evitando momentos de tiempo libre en el que plantearme preguntas que a veces quiero evitar sobre mí y mi vida.

–  Puede que el desorden –típico en los niños- lo provoque para mantenerme alejada de responsabilizarme de mi vida adulta o, simplemente, por alejarme de aquello que se llama ser adulto. Quizás porque tengo un concepto erróneo de lo que es ser adulto o porque los adultos en sí tal cual viven me suelen inspirar menos que los niños.

–  Intuyo que la clave es crear un espacio lo suficientemente creativo y maleable de por sí para que no tenga que desordenarlo en búsqueda del caos que añoro.

Así que, tal cual he comentado, este es mi plan:

  1. Añadiré algo más de decoración a la casa que le dé un toque más creativo/caótico y así poder sentirme arropada al completo: tanto la yo convencional como la yo más loca.
  2. Me aseguraré de dejar que se exprese mi caos de manera creativa y constructiva (pintar, bailar, sacar la voz…) para que no salga en forma de desorden por haber sido reprimido.
  1. Empezaré a plantearme qué preguntas son las que me dan tanto miedo y he estado queriendo evitar.
  1. Redefiniré en mi mente lo que es ser adulto y buscaré adultos que sean una fuente de inspiración. ¡Seguro será alguno que haya dejado salir de manera constructiva al loco que lleva dentro!
  1. Acabaré de revisar si quedan más cosas por retirar que ya no utilizo para abrirle la vía a todo lo nuevo.

Mmmmm…. Seguro que tú tendrías otra historia que compartir acerca de tu relación con las cosas y su orden. ¿Tu eres ordenado o desordenado? ¿Qué representa esto para ti? ¿A quién le das más espacio a tu lado convencional o al salvaje desinhibido? ¿Se puede hacer algo en tu casa para equilibrar la balanza?

Hace tiempo encontré esta foto de un anuncio en internet de una casa que se alquilaba… Me gusta… Caótico y creativo a la vez que lo que yo necesito de ordenado.

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Fuentes mencionadas: www.psycologicalsience.org , https://www.facebook.com/tucoach?fref=ts