Llenar la vida

Me preguntas qué tal estoy y no puedo responderte. He cerrado los ojos y estoy en la oscuridad más extensa y sublime jamás hallada. Bebiendo de la fuente, de lo incierto, de manadas de dudas que arrasan pensamientos aleatorios que viajan sobre mí.

No puedo responderte, ni siquiera sé si hablas. Estoy perdida entre la inmensidad de la vida, escondida entre ideas y memorias, entre susurros que me otorgan palabras y me encuentran callada.

No sé, no veo. Solo habito un cuerpo mío que la vida llena; que rebosa emoción que alegría llaman. Y me fundo, diluida en latidos que, en amor, reclaman la divina presencia que de tu mirada emana.

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GLOBOS EN LA CABEZA

FullSizeRender-6Leí el otro día que era conveniente compartir más las fortalezas de uno que las debilidades; pero hoy no quiero hacerle caso a las recomendaciones que me dio la etiqueta de unos sobrecitos de mi infusión de YogiTea. Hoy solo quiero sentir el conflicto que hay en mi interior y plasmarlo aquí; sirviéndooslo a vosotros como plato principal de este banquete de letras desencadenadas.

Me siento dividida y desconectada; me pasa, a menudo, cuando vivo en la ciudad. En esta segunda planta de un edificio, me veo alejada de la tierra fértil y, cuando miro por la ventana, el cemento tapa mi mirada como si se tratara de un segundo párpado. Me angustia la soberanía del Reloj que gobierna a los ciudadanos y la lejanía con la piel de quien tengo enfrente cuando mantengo una conversación. Me apagan los debates acerca del aspecto del vecino y me siento marchitar cuando veo que, incluso yo, me engancho más a la luz de un móvil que a la luz interior de un ser humano.

Creemos que llevamos una vida “normal” y, sin dudarlo, la llevamos. Una vida organizada por un “algo mayor” al servicio de un “no sé qué”. Porqué así vivimos/viven la mayoría, sin tener ni idea de por qué hacen las cosas y cuál es el objetivo último y principal.

Por eso salimos a la calle con tantas prisas, por eso cogemos el teléfono móvil en cuanto tenemos un rato de tranquilidad; porque no nos apasiona lo que nos rodea. Porque no queremos ver algo que nos llevaría más de 10 segundos contemplar y aceptar; y es que vivimos a merced de intereses que no son realmente los nuestros. Hemos entrado en la rueda frenética de esta vida social en la que todos corren y nadie encuentra el momento de saltar y renunciar a dejarse manipular.

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Eugenia´s Collages

ESCUCHA

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Uno de mis momentos preferidos de mi vida en India era el repaso escolar con los niños por las tardes. ¿Un truco para que los niños te escuchen? ¡Escúchales tú primero! Cuando se presenten ante ti (ya sea en la clase, en la casa, en la calle…) mírales y dales tiempo para “llegar a ti”, para que lleguen al momento presente y a estar verdaderamente contigo. A veces, necesitan alborotar un poco el ambiente, otras veces necesitan abstraerse… estate presente ante ellos se encuentren como se encuentren y, poco a poco, ellos y tú estaréis en el mismo estado de presencia. Entonces, hables o no hables; ellos te escuchan, te miran, te observan. Igual que tú a ellos.

SOMOS HUMANOS

Han sido dos semanas muy duras para mí. Los que me conocen han podido observar algún que otro indicio en el exterior de la carcasa de mi persona aunque, en realidad, la fiesta emocional se ha dado dentro de mi cuerpo en un profundo y doloroso acto de no querer compartir algo que sentía que otros calificarían como incomprensible.

También es cierto que, en este caso, aunque otros hubieran comprendido lo que me estaba sucediendo; sentía que su comprensión tampoco hubiera aliviado en lo más mínimo mi experiencia de dolor.

Sentí, por primera vez en mi vida, que había hecho daño a alguien. Sentí, a corazón abierto, que podía haber herido los sentimientos de un niño pequeño al que siempre he querido con adoración.

Puede que penséis que he debido de vivir muy ciega si esta es la primera vez en mi vida que veo que he podido herir a alguien. Y sí, estoy segura de haber pasado páginas del libro de mi vida con los ojos cerrados, y ya comienzo a entender el motivo de este comportamiento.

Resulta que yo- y creo que muchos de nosotros- cuando nos equivocamos y herimos a los demás; en especial, a aquellos que jamás quisiéramos herir, cerramos los ojos o buscamos excusas que justifiquen nuestros actos:

Lo he hecho lo mejor que he podido”- nos decimos queriendo expiar esa culpa que nace inevitablemente de nuestro interior o “lo has hecho cómo mejor has sabido, ¿qué ibas a hacer si no?” – nos dicen nuestros amigos para tranquilizarnos.

Y me he dado cuenta que esto es lo habitual: buscar el motivo por el que actuamos de la manera en que lo hicimos y pasar a la escena siguiente dejando atrás nuestro tropiezo como si nada.

Pero, ¿y que pasaría si por un momento uno dejara de usar todas esas justificaciones? ¿Qué pasaría si uno fuera capaz de ver que con su comportamiento humano, en muchas ocasiones, hiere deliberada o no deliberadamente a otros seres humanos? ¿Qué sucedería si aceptáramos que erramos, que muchas veces nuestros actos hieren a otros que no esperan ser heridos? ¿Y si en ese momento no buscáramos una frase interna o externa para aliviar el dolor? ¿Y si nos quedáramos en la emoción que se experimenta al sentir que es uno mismo el que ataca?

Estas semanas he estado reflexionando y pensando que puede que, sin quererlo, no haya actuado bien, que puedo haber herido a otros y que no he de buscar consolaciones. Si no he sabido hacerlo, si he herido, si he hecho daño: quiero saberlo. Y quiero aceptarlo.

Eso sí, ahora que comienzo a destapar mi propio pastel, la pregunta que surge es la siguiente:

“¿Sabré perdonarme a mí misma?

A raíz de todo este hervidero emocional y en la búsqueda de la respuesta a mi pregunta, publiqué el otro día aquello sobre los padres, las madres y los educadores en general. Algunos de nosotros –los más perfeccionistas- vivimos con tanto miedo a equivocarnos y a hacerles daño de manera involuntaria a los más pequeños, que nuestro propio temblor e inseguridad nos incapacita para atenderles de una manera tranquila, segura y sosegada.

Por ello, creo que es necesario que todos aceptemos que erramos y que nos perdonemos cada vez que consideremos que debamos hacerlo. Y que este acto de autoperdón se repita tanto que llegue un momento en el que no haga falta perdonarse por nada. Así, cuando creamos que nos hemos equivocado, no hará falta cerrar los ojos y pasar página o sentirse mal, sino que con los ojos abiertos podremos respirar el hecho con total paz y tranquilidad.

Como bien decía el otro día, si aceptamos con naturalidad que, en ocasiones, cometeremos lo que nuestra mente denomina errores con los más pequeños; podremos estar más presentes para los niños y darles toda la atención y comprensión que nace de alguien que se sabe HUMANO.

ESCUCHAR A UN HIJO

Vinimos, todos nosotros, como almas limpias cargaditas de cosas que compartir en este mundo en el que ahora nos encontramos. Cada bebé, es un alma recién encarnada que ha sido invitada a la fiesta de la vida.

Es importante, como padres, reconocer que somos los canales por los que un nuevo ser ha llegado a este mundo. Y, es importante, conocer cuáles son nuestras responsabilidades con respecto a este nuevo ser.

En primer lugar, como papás protectores de esta nueva criatura, nos corresponden las funciones básicas de dar alimento y seguridad material a nuestro hijo. Y, todo lo demás que nos corresponde hacer con respecto a ellos es: OBSERVAR, CONFIAR Y ESCUCHAR en estado de presencia total.

Si hay algo imprescindible que tenemos que transmitir a nuestros hijos es que se encuentran en un mundo SEGURO y que, dentro de ellos mismos, se encuentran todos los recursos para desarrollarse navegando en este mundo fiel . Debemos darles el derecho a dirigirse allá a donde ellos decidan y darles la seguridad de que les estaremos acompañando amorosamente a cualquier lugar que quieran transitar.

No se debe asustar a un hijo con el hecho de que les abandonaremos emocionalmente cuando hagan algo que no nos place. Les daremos la cuna y un lugar entre nuestros  brazos al que venir a descansar, cada vez que necesiten hacer una pausa o recargarse para proseguir en su camino. No les pediremos que hagan algo que no les dicta el corazón y lloraremos en silencio si creemos que ellos mismos se están perdiendo.

Aprenderemos a distinguir entre los miedos de nuestro hijo y nuestros miedos propios. Cultivaremos la paciencia para no querer hacer por ellos lo que ya sé hacer yo. Aceptaremos sus diferencias, comprenderemos que debido a haber tenido diferentes vivencias y ser alguien diferente a mi, ellos no son el reflejo de quién yo soy.

Mis hijos no son un espejo que le va a decir a la sociedad lo bien o lo mal que lo he hecho yo como padre. Mi hijo es un ser libre al que yo educo desde mi bienestar y del que no espero que cumpla con unas características que yo ya decidí para él ni que vaya a una determinada universidad.

Dejaré que mi hijo cada día me enseñe quién es él. Me apartaré del camino lo máximo que pueda, para que él mismo pueda relacionarse con su mundo. Miraré en mi corazón para encontrar las respuestas que estoy buscando. Y nunca pediré a este bello ser que calme las ansias que él no ha provocado.

OBSERVO ESA VIDA PASAR

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OBSERVO ESA VIDA PASAR

Me he enamorado de esta pintura, la mujer que aparece en ella me seduce de manera especial. Toda ella en sí me inspira, desde sus tersos, firmes y voluptuosos pechos hasta ese gesto de la cara que revela cierto inconformismo y cierta resignación a su vez. La noto fuerte, poderosa, completamente a gusto en su tierno cuerpo desnudo. Asentada con firmeza en su sabiduría, contemplando con amor y presencia todos los vaivenes que se dan dentro y fuera de su ser.

Su mirada me lleva a ningún lugar, su boca cerrada me evoca esos momentos en los que a disgusto con la realidad, decides aceptarla pero sigues sin querer catarla.

Esa manta que se ha echado por encima, el suelo que parece ir a juego con su emoción, el jarrón que está presente pero le deja a ella tener toda la atención y esa luz viva y tenue del lugar se me hacen como el ambiente perfecto en el que quitarte tu propia ropa y sentarte junto a ti y en tu propio peso a meditar.

Sentarse a meditar o, mejor dicho, algo que me gusta más: ver la vida pasar. Observar, sentir, echar algunas lágrimas, reír o cantar; escuchar a la cabeza parlotear, desear la llegada de algo “más” o inspirarse notando el propio ritmo y calor corporal.

Por nada del mundo irrumpiría dentro del cuadro en el que ella habita. Prefiero observarla infinitamente mientras la siento contemplar que es posible encontrarse como ella es y está: poderosa a la vez que parada, firme a la vez que derrumbada, conectada a la vez que separada, resignada a la vez que inconformista, confusa a la vez que confiada, presente a la vez que ida.

PERDIDAMENTE VULNERABLE

El otro día pensaba en una de mis cualidades: la pasión y la entrega a la hora de vivir lo que la vida me brinda. No suele ser tan común, creo, que la gente se entregue tanto a entender qué le está pasando o a desgranar todo aquello que va sucediendo.

Al fin y al cabo, veo que vivo la vida de manera auténtica y que siempre estoy dispuesta. Soy yo misma aunque a veces me pese y siempre intento no defraudarme a mí siendo leal y sincera con lo que de verdad está ocurriendo en mi interior. Busco experiencias, las observo atenta desde todos los ángulos como si se trataran de un complejo y misterioso prisma, lloro lo que me duele y le sonrío a momentos sencillos que encuentro llenos de magia. Me compadezco de mí, me abrazo, me riño, me beso… vivo, de pleno, siempre conmigo misma.

No voy a negar que a veces quiera echar a correr por patas cuando emociones desagradables se posicionan como losas en mi interior. Siempre hay algo mejor que hacer que sentarse a ver lo que a una no le gusta y muchas veces caigo en la tentación de agarrar cualquier juguetito antes de vivirme plenamente en ese momento que califico como desagradable.

Escuchando a Teal Swan el otro día, aprendí mucho de lo que es ese estado de presencia incondicional con uno mismo. Ella explicaba que, muchas veces, cuando nos encontramos en desasosiego, corremos a hacer cualquier otra cosa para evitar estar en ello: nos vamos a la calle a correr para liberar esa energía, nos tomamos un trozo de chocolate o una copa de vino, cogemos el móvil o nos ponemos enfurecidamente a meditar en el “ahora, ahora, ahora” intentando expulsar de nuestro interior una emoción real que está llamándonos a gritos desesperada para que le hagamos algún caso.

Decía ella que, precisamente, con la herida que tenemos todos de haber llevado una infancia desatendida en lo que no les es agradable a nuestros padres (te quiero si estás contento, te quiero si te portas bien, te quiero si no rompes mis esquemas mentales…) acabamos siendo nosotros los que también nos damos ese mismo mensaje de tener que ser de una determinada manera para contar con nuestro propio apoyo y atención.

Ella afirmaba que, cuando huímos de una emoción, estamos huyendo de nosotros mismos. Nos dividimos en dos, la que siente y la que niega lo que se está sintiendo. ¡Nos abandonamos! ¡Solo queremos estar con nosotros mismos cuando estamos bien! 

Quererse significa estar a nuestro lado en lo bueno y en lo malo. Y saber que uno puede contar con uno mismo a todas horas es un regalo que nadie nos puede quitar.

Las palabras siempre han sido fáciles –por lo menos, para mí- pero ¡a ver quién tiene el coraje para sentarse consigo mismo y respirar una y otra vez SINTIENDO a cada segundo eso que pincha bien adentro!

Lo bonito del tema es como uno se ablanda cuando hace este tipo de prácticas. Te das cuenta de lo “cervatillo” herido que eres y, entonces, puedes volver a salir al ruedo sin necesidad de hacerte el fuerte.

Y sí, tras esto que aprendí de aquella mujer, he estado observándome cuando huyo de mí misma. Y no me apetece hacerme eso más. Quiero contar conmigo de verdad. No me quiero abandonar. Por eso, espero tener el coraje de vivirme plenamente, estando a mi lado y acompañándome en cada emoción. Sacar esa fiera valiente que llevo dentro y MIRAR, MIRAR Y MIRAR de frente aquellas cosas que me hacen sentir perdidamente vulnerable.

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Ilustración propia: “Oh Dios, si tan solo pudiera dejar de huir de la tristeza”

“Precisamente, sufrimos por querer huir del propio sufrimiento”, Teal Swan

 

ANHELOS

ANHELANDO LA VERDAD

Ayer, observando este dibujo que pinté hace un par de semanas, me pregunté qué pretendía yo expresar en aquel momento. La chica espira de su boca la frase “longing for TRUTH” que significa “anhelando la VERDAD”. La palabra VERDAD se encuentra dentro de un corazón que a su vez es iluminado por una luz interior.

“Anhelando la VERDAD”. Sí, es cierto, yo ahora mismo lo que más anhelo es vivir en la verdad, en la realidad, en contacto con aquello que llene mis días de significado. Anhelos, anhelos… la vida se nos puede pasar anhelando algo que creemos que no tenemos.

Decidí mirar en el diccionario. ¿Qué significa anhelar? ¿Qué es eso que nos ocurre cuando tenemos la vista puesta en algo que supuestamente ahora nos falta? Bien, las definiciones resultaron ser muy interesantes:

(Del lat. anhelāre)

 1.   Tener ansia o deseo vehemente de conseguir algo.

 2.   Respirar con dificultad.

3.   Expeler, echar de sí con el aliento.

 ¡Sigo sorprendida con la perfección en la que estos tres significados se entrelazan entre ellos!

1. Cuando deseamos fuertemente algo podemos caer en la ansiedad que es a su vez un estado de agitación e inquietud en nuestro ánimo.

2. Cuando nuestra mirada está puesta en el futuro, no está puesta en el presente. Nos desconectamos de nuestro cuerpo, dejamos de respirar profundamente lo que aquí está ocurriendo, lo que ahora se nos está dando.

3. Finalmente, cuando anhelo algo que creo que ahora no tengo y lo busco fuera, puedo acabar precisamente consiguiendo eso: expulsándolo fuera de mí, alejándolo de mi de tal modo que no esté a mi alcance.

Y sí, estas definiciones nos ayudan a entender un poco más de qué material están hechos los deseos, los anhelos.

Los deseos son bellos, propios del ser humano. Llenan nuestra vida de color y son los encargados de fijar destinos para los caminos que nosotros mismos planeamos. Sin embargo, una vez tu deseo haya sido reconocido y tu camino haya sido mentalmente trazado, mantén tus pies bien atados al suelo. No te pases los días mirando fijamente a aquello por lo que comenzaste a caminar. Tú camina, disfruta de cada etapa, disfruta de cada día, saborea cada minuto. Esto es todo lo que ahora tienes y, si te paras a observarlo, descubrirás que es mucho más de lo que creías tener.

SIMPLEMENTE CONFÍA

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Mira como el Sol sale todos los días sin la menor duda de que vaya a hacerlo, observa como la Luna gira alrededor de la Tierra con total naturalidad, como las olas vienen a la playa sin el menor miedo sobre su futura transformación, como los árboles se anclan al suelo que les da alimento con total confianza… Vinimos a la Tierra, no te desconectes de ella, no te desconectes de ti mismo. Conéctate con el hecho de que estás aquí, has sido guiado hasta el punto en el que te encuentras para aprender algo y siempre eres bienvenido en la casa de tu cuerpo. Entra en tu cuerpo, valórate a ti mismo, siente tu naturaleza conectada con todo lo que te rodea y confía.

FILOSOFÍA

Hace ya tres años que visité Sintra, un pueblecito cerca de Lisboa en Portugal. Fue una escapada de fin de semana que hice con Diane, una amiga que adoro y con la que coincido en el gusto de fluir a la hora de emprender un viaje.

Allí en Sintra,  visitamos el palacio Quinta da Regaleira, el cual todavía recuerdo como uno de los lugares más mágicos en el que yo me haya encontrado. Por aquel entonces, la llama interna espiritual no me quemaba como lo hace ahora, pero sí me provocaba un suave dulzor cada vez que mi ser se acercaba a algo místico o intemporal. Recuerdo la fina llovizna de aquel día nublado y como se sentía el frescor en mi cuerpo, recuerdo como la brisa movía mi pelo y como mis  ojos se quedaron clavados en aquel “despacho” que se encontraba en la planta superior del palacio. Íbamos sin guía y tan solo leí que se trataba del lugar donde el señor que vivía allí se dedicaba a la alquimia y a la filosofía. El palacio era sorprendente, los contornos de las piedras grises que le daban forma eran preciosas y aquella sala apartada me resultaba fantástica. Imaginaba a aquel señor, un día como aquel, solo en su habitáculo: observando, queriendo comprender, dejándose sorprender. Me sentía yo, en aquel momento, como se debía sentir él; fascinada por la vida, tan solo por el hecho de existir o conectar con cualquier pequeña cosa que allí se me mostrara.

Este momento de fascinación y presencia me lleva a muchos tantos otros que fueron vividos años atrás. Recuerdo aquellas horas de la siesta durante mi adolescencia embriaga por las teorías de Platón o tantas decisiones conscientes en mi niñez que tomaba mientras hacía la fila en el patio del recreo. De hecho, me viene a la mente, aquella psicóloga que a los trece años me prohibió leer cualquier libro que contuviera filosofía. Y es que, quizás, en aquel momento no estuviera preparada.

De hecho, me sigo preguntando si sigo preparada. Pero, preparada, ¿para qué? Quizás para lo único que uno tenga que estar preparado es para darse a la vida, para seguir sus pasos sin querer marcarle uno a cuenta propia el camino. Supongo que el viaje de la vida debería parecerse a esos viajes que hago con Diane. Uno se lee la guía, se apunta en una libreta lo que hacer cada día y luego, una vez en destino, uno nunca saca esa libreta de la mochila a no ser que se encuentre de verdad en un apuro. ¿Será ese el arte de fluir? A veces me imagino que la vida es la corriente de un río que te lleva y tú, según lo que tienes enfrente, decides dónde poner tu atención. ¿En lo negativo o en lo positivo? ¿En algo concreto o en el todo? ¿En lo que ya tienes o en lo que crees que te falta? ¿En lo que brilla o en lo que no consigues ver escondido en la sombra? La vida te lleva, tú te dejas fluir; y si realmente te fundes con el río de la vida en total presencia, entonces tu atención es la que os lleva a ambos. El río de la vida y tú sois uno mismo y ahora ya solo existe la posibilidad de la atención plena. ¡Qué bonito suena pero qué complicado es no querer meter mano en el canal libre de las cosas que van sucediendo!

Hoy, navegando por internet, he descubierto a Caroline Myss y me ha dejado refrescantemente helada al escuchar una de sus charlas. Ha sido información fresca que me ha animado a seguir exactamente en el lugar en el que ahora estoy, sin provocar nuevos acontecimientos. Ella contaba como estamos completamente guiados desde que nacemos y como ahora mismo estamos en el lugar en el que debemos estar. Si las cosas tienen que cambiar, la guía llega y tú cambias; si es necesario que cambies de dirección, se produce un cambio de dirección. No se está refiriendo a que te quedes parada ni mucho menos paralizada, se refiere a que aumentes tu gratitud y tu contentamiento, te relajes, confíes en que todo está bien, mires hacia tu interior y dejes las cosas fluir. Y, por supuesto, se refiere a que actúes, si eso es lo que nace de tu verdadero interior. Pero para ello, necesitas cuidar tu interior.

Es duro practicar dicha confianza en la vida y ese es para mí el mayor reto. Confiar que todo está bien, que no eres ni más ni menos, tan solo una pieza de un gran puzzle en el que lo mejor que puedes hacer es sonreir internamente  a todos los acertijos que a uno se le plantean. Lo que más me ha gustado de ella era ver cómo hablaba de aquellos momentos en los que una se siente perdida y dice: “no siento ninguna guía, me siento bloqueada”. Dice que es precisamente en esos momentos, cuando uno más guiado está. La voz en tu cabeza te está diciendo algo muy alto y muy claro pero, al ser precisamente lo que no quieres escuchar, tú misma te bloqueas y decides no escuchar a tus instintos intuitivos. Así, explica como los seres humanos pedimos que se nos guíe y, una vez llega esa luz que te indica el camino, uno decide bloquearse por miedos.

Como solución a tal supuesto bloqueo, recomienda que te dejes de meditaciones, inciensos, caminatas contemplativas o mantras. Simplemente, dice así:

“Cuando pienses que estás bloqueada, ve a coger papel y boli. Entonces, pregúntate: ¿Cuál sería el mensaje de mi guía espiritual que más miedo me daría ahora mismo seguir? Escribe la respuesta, escribe ese gran miedo y hazte a ti misma contemplarlo. Tan solo por tener la valentía de escribirlo y contemplarlo se convierte casi como un contrato contigo misma. Tan solo con contemplarlo, puedes dejar a ese miedo ir y con él, ese bloqueo. No existe el hecho de estar bloqueada si puedes ver que nada te asusta, esa es la verdad, y entonces tan solo tienes que esperar y aprender a confiar

No hace mucho que un chico que se acababa de enamorar de mí me dijo de un día para otro que se sentía bloqueado y que, aunque me quería mucho, se sentía llamado a irse solo en silencio a las montañas. Yo, desde mi observación y por experiencia propia, sabía que lo que su guía espiritual le estaba poniendo delante era el reto de tener una relación pero fue el bloqueo creado por sus miedos lo que le llevó a escaparse a la soledad de las montañas.

Y es eso lo que tenemos que discernir, a quién estamos siguiendo. ¿A nuestros miedos o nuestra guía espiritual interna? Por eso es importante mantener el estado de presencia y la calma y cultivar el contentamiento y la gratitud, porque, como dice esta mujer, no se trata de vivir una vida extraordinaria sino de vivir una vida ordinaria con una vida interior extraordinaria. Es decir, que mires por la ventana de tu casa y tus pensamientos sobre lo que hay fuera sean bonitos; que te acuestes en la cama a dormir y tus sueños sean dulces, que haya paz en tu interior.

Así que, ya por finalizar, hoy me quiero hacer un regalo a mí misma. Y es el regalo de ACEPTAR quién soy y aceptar lo que me hace sentir llena de alegría. Y una de esas tantas partes que me enriquecen es la observación, la introspección, el reclutamiento en mi interior para descubrir que se halla ahí dentro, el misticismo, el placer de saber cuando las respuestas se pueden saborear con la sensibilidad plena de todo mi cuerpo. Hoy me doy el derecho de ser además de un ser social, un ser asocial; de además de ser una persona que crea cosas y es productiva, de ser una persona completamente improductiva en términos visibles; me doy el derecho de no ser nadie en este mundo, de no pintar nada aquí y de desaparecer escondida en cada una de mis células hasta que yo decida resurgir. Me doy el derecho de meter la cabeza dentro de la casa del caracol cuando me plazca y de sacarla cuando me entre en gana. Eso es, lo quiero ser TODO, porque TODO es lo que somos. No quiero dejarme nada sin probar, porque todo se puede probar desde la plena conciencia que ahora mismo nos embarga.

Gracias por leerme ya que, precisamente, es para la conexión con los otros que decido meter la cabeza dentro de la casa del caracol. Cada vez que meto la cabeza dentro de mí, saco un regalo para ti; y cada vez que la vuelvo a meter dentro de mí tan solo es para atesorar esos regalos que tú has traído para mí. ¡Menuda danza, qué suave, qué bella: dentro y afuera, entrar para salir, salir para entrar, entrar para dar, salir para recibir!

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