La niña de los fósforos

Puede que te ofenda que mi nivel de inteligencia todavía no haya llegado a estar tan desarrollado como el tuyo. Puede que te duela ver que las heridas que un día se abrieron sigan sin cerrarse. Puede que mi discurso que languidece en lugar de hacerse fuerte, comience a provocar cierta desconexión por tu parte.

Puede que mi intermitencia, apague la llama. Puede que el miedo, frene una iniciativa. Puede que lo que nunca fue, nunca encontrara una salida.

Así que, ¿para que seguir intentando algo que nunca vio una luz? ¿Para que invertir tiempo y esfuerzo en algo que jamás llegó a estar vivo? Si tú vuelves la cara cuando yo te llamo y yo giro la mía cuando eres tú quien me reclama. ¿Qué sinsentido puede querer que continúe una relación así? ¿Qué necesidad cubrimos cuando lo único que buscamos es hacernos daño?

Abrir puertas y nunca cerrarlas puede hacer que entre frío en tu casa. Vivir en un hogar sin fachada, puede dejarte a merced de las avenencias del tiempo y el clima. ¿Y si comenzamos a marcar límites en la Tierra? ¿Y si aprendemos a apoderarnos de lo que realmente es nuestro? ¿Y si supiéramos distinguir entre lo que es tuyo, lo que es mío y lo que no pertenece a ninguno de los dos?

Mendigo deliberadamente mientras consumo mis contados palitos de fósforo. Más sé internamente de ese lugar de ABUNDANCIA que me espera a pocos pasos de esta fría y expuesta esquina en la que me encuentro. Así que, mientras la llama de la última de mis cerillas se consume, confío en llevarme a mí misma allí donde sí se me espera, allí donde sí se me acepta, allí donde las puertas se cierran y donde el frío no entra.

Captura de pantalla 2014-12-09 a la(s) 12.08.15

* Ilustración de uno de mis cuentos preferidos de Andersen cuando era niña- “La fosforera”- y del que, sin duda, me acordé mientras escribía este texto. Rebuscando en internet, lo encontré en el siguiente link: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/la_nina_de_los_fosforos.htm

OTROS REINOS

reinos

Hubo una vez un Reino en el que vivían todas las palabras no dichas, los abrazos no dados y las caricias no entregadas. Un reino en el que tú viajabas a lugares que nunca habías visitado y tomabas la dirección contraria a la que un día elegiste. En ese reino habían bebés de parejas que podrían haberse unido, árboles que podían haber sido plantados y flores vivas que un día murieron porque no se regaron.

El reino contemplaba todas tus posibilidades, todas las vidas que podrías haber llevado, todos los caminos que podrías haber transitado.

Tu abuela vivía otra vida que había soñado; tu madre, todavía pequeña, chapoteaba con sus pies los charcos de una lluvia que aún no había llegado. Y tú, tú te alzabas firme sobre tus pies en el medio de un amplio prado. Respirabas hondo, girando lentamente sobre ti misma, contemplando todas las direcciones que se presentaban a cada costado. Y, ahí, expandiendo tus brazos como si se trataran de agújas de una brújula que pretende conocer su camino ideal no tomado, decidiste girar más rápido.

Poco a poco, mientras ibas girando, ibas integrando: el camino A que podría haber tomado, el camino B que dejé de lado, el camino C que descarté por un amado, el camino D que pospuse por un parto, el camino E que no tomé por otra alegría que me habían dado, el camino F que me dio miedo transitarlo… Y así, girando cada vez más rápido, sintiendo cada dirección en tu cuerpo, caíste extasiada en tu propio centro. Y quedaste solo tú, respirando.

Desapareciste, desapareciste como lo hacen las ilusiones. Desapareciste como lo hacen los pensamientos y las ideas que solo viven en la cabeza.

Y fue entonces cuando, finalmente, te entregaste a vivir entendiendo que no hay mejor camino que el que un día fue tomado y que no hay nada que le falte al presente en el que ahora te has situado.

Agradeciendo tu vida, tu cuerpo y tu lugar, te levantaste de aquel suelo en el que creías haber caído. Y ya no había nada a tu lado. Ya no habían opciones, no habían caminos, ni decisiones que tomar…

Viendo que todo a tu alrededor había desaparecido y que no había ningún lugar al que tener que visitar, decidiste cerrar tus ojos, poner las manos en tu corazón y comenzar a CAMINAR.