Hombres, ¡despertad!

Confundidas estamos si creemos que esta guerra vamos a ganarla solas. La violencia machista no es una guerra entre hombres y mujeres; o, por lo menos, no debería serlo. La violencia machista debería trazar una línea clara entre quienes defienden y practican cualquier tipo de violencia y aquellos que lo que buscan es el respeto y la armonía entre cualquier ser humano.

Salimos a la calle a protestar, decimos “BASTA YA”, pegamos en nuestros muros de redes sociales noticias que nos indignan sobre cómo algunos hombres nos cosifican o nos indignamos públicamente expresando total repudio por aquellos que nos violan, nos agreden o nos matan. Nos indignamos, sí. Nos enfadamos, también. Estamos ya cansadas, ¿de qué va todo esto? Parece mentira que estemos en pleno siglo XXI viviendo en una sociedad, dicen, “avanzada”.

¿Avanzada para qué? ¿Dónde están los valores? ¿Y el respeto a la mujer?

¿Cómo puede ser que se silencie tanto un maltrato habitual y diario? ¿Dónde está la consciencia y la responsabilidad de todos los hombres? ¿Cuándo van a salir ahí fuera y se van a pronunciar? ¿Cuándo van a decirle a su amigo que no le hacen gracia sus bromas machistas? ¿Cuándo van a entender que no valen más por ejercer su poder sobre personas más vulnerables?

Decía el investigador Michael Kaufman en una conferencia que dio en Bilbao que la mayoría de los hombres ni golpea ni agrede sexualmente a las mujeres pero permanece en silencio ante esa violencia y con su actitud permite que esas situaciones continúen. También decía que el primer paso es replantearse qué significa ser un hombre ya que las expectativas de masculinidad que la sociedad plantea para ellos (ser siempre líder, fuerte, valiente, no llorar, no sentir emociones…) son imposibles de cumplir.

Entiendo que lo que ocurre es que ante la frustración y la inseguridad que genera el no poder llegar a ser el tipo de hombre poderoso que la sociedad plantea; y ante la falta de herramientas de gestión emocional, los hombres violentos deciden descargar su furia con las que ellos sienten que son menos poderosas.

También entiendo que es responsabilidad de todos redefinir el modelo de masculinidad. Responsabilidad de madres, padres y educadores con respecto a los niños; responsabilidad de las mujeres con respecto a nuestras parejas y, definitivamente, responsabilidad de todo hombre adulto, capaz de pensar y de sentir solidaridad con las mujeres que, como colectivo, nos sentimos agredidas y amenazadas.

Tengo la sensación de que debemos dejar ya de protestar contra aquellos que nos presionan, suprimen y vejan; y dirigir nuestra mirada al compañero de al lado: a nuestra pareja, nuestro hermano, nuestro padre, amigos, compañeros de trabajo, conciudadanos… dirigir la mirada a esos hombres buenos pero callados. Mirarles a los ojos, con claridad y presencia, y pedidles que DESPIERTEN, que HABLEN, que nos AYUDEN y que, junto a nosotras, también participen en nuestra LUCHA. ¿Cómo?

  • Mirándose adentro.
  • Comprendiendo y gestionando las propias heridas emocionales.
  • Revisando el modelo de masculinidad.
  • Entendiendo de dónde vienen las expectativas de sí mismo y de dónde viene su concepto de mujer.
  • Reconciliándose con la madre, con el padre, con la sociedad que le impuso un ideal imposible.
  • Reconciliándose con la mujer.
  • Aceptándose vulnerable.
  • Mostrándose humilde.
  • Siendo valiente para exponer lo que le duele.
  • Buscando apoyo en otros hombres parecidos a él.
  • Callando a aquellos que comparten bromas machistas o mandan imágenes por el whatsapp que cosifican a las mujeres.
  • Interviniendo si un hombre avergüenza verbal o físicamente a una mujer.
  • Dejándose ver.
  • Sabiéndose maravilloso, importante y necesario.
  • Defendiendo públicamente el respeto mutuo entre mujeres y hombres.
  • Verbalizando públicamente su rechazo a la masculinidad tóxica que impregna nuestro día a día.

No me atrevería a dar estos “consejos” si yo misma no me estuviera haciendo cargo de redefinir los conceptos de masculinidad y feminidad en mi propia vida. Pero, como decía al comienzo de este artículo, solas no podemos; o, lo que es lo mismo:

HOMBRES, ¡DESPERTAD!
OS NECESITAMOS

Hombres, os necesitamos

Hombres, ¿amor u odio?

Todo comenzó hace cuatro años. Estaba sentada en uno de mis restaurantes preferidos de Rishikesh, sobre aquella alfombra en el suelo y apoyada en una gran ventana que me dejaba ver y respirar al río Ganges y a sus montañas colindantes.

Hacía un mes que estaba saliendo con Él, me sentía enamorada o, por lo menos, cuando iba de su mano tenía la sensación de ir caminando sobre las nubes y de que todo era mágico alrededor. No sé si eso era enamoramiento o no.

Sin embargo, aquel día, cuando apareció en el restaurante y le vi acercarse hacia mí sentí miedo en mi interior, como un poco de flojera en las piernas.

Aquellos días meditaba una o dos horas al día y podía observarme bastante bien, no se me escapaban sensaciones como aquella. ¿Qué pasaba? ¿Qué era ese miedo interno? Él estaba igual que siempre y se acercaba hacia mí con una sonrisa, ¿qué temía yo? ¿Qué había de nuevo ahí?

Me di cuenta poco después que no había nada nuevo en aquella situación que pudiera provocarme miedo sino que el miedo a los hombres había sido algo inherente en mi vida de lo que nunca antes me había percatado.

¿Por qué? ¿Por qué miedo a los hombres?

Investigué mi árbol genealógico, qué había ocurrido entre hombres y mujeres antes que yo y… sí, no tuve que alejarme mucho en mis antepasados para encontrar numerosos eventos en los que las mujeres habían sido agredidas y suspendidas tanto física como emocionalmente, por hombres.

Parecía que, a través de mi linaje, viajaba mucho miedo, escepticismo, tensión, nerviosismo, con respecto al sexo opuesto. Y descubrí que este miedo, esta desconfianza, esta agonía de no sentirse plena y segura junto a un hombre, no solo viajaba por mi linaje sino por el linaje de muchas mujeres de mi alrededor.

A través de muchas meditaciones individuales y grupales, y a través de ciertas experiencias que tuve la suerte de vivir junto a un hombre consciente y herido como yo, pude ver que esa herida hombre-mujer nos tocaba muy de cerca a todos.

Por un lado, en la mujer, había un dolor muy profundo por haberse sentido violada y anulada. Un dolor personal que, aunque no consiguiera despertarse en todas las mujeres, vivía latente en el interior de cada una de ellas. Además, este dolor iba acompañado de rabia y de deseos de venganza que operaban a modo de juegos psicológicos y chantajes por parte de la mujer hacia el hombre para intentar hacerle pagar por el dolor que éste le había causado en el pasado –un pasado personal, familiar o, simplemente, colectivo.

Otras mujeres, directamente, decidían separarse de ellos; no dejarse amar, no dejarse ser tocadas; o, incluso, en el lado opuesto y dentro de su total inconsciencia, decidían jugar al juego de la sumisión perpetuando la herida del patriarcado.

Por su parte, en los hombres, encontré dos tipos. También estaban los hombres inconscientes, aquellos que seguían perpetuando la herida y seguían utilizando su poder de manera violenta y denigrante con respecto a la mujer. El otro grupo, eran aquellos conectados con sus emociones y su feminidad.

En este segundo grupo, encontré hombres avergonzados de su poder; sentían que algo malo debía haber en ellos. En una de las meditaciones que hice con uno de estos hombres, me comentó que no conseguía sentir su verdadera fuerza y su masculinidad por varios motivos. Uno era porque se avergonzaba de ella, de alguna manera –por su linaje y por las relaciones de violencia provocadas por hombres en el planeta- creía, muy en el fondo de sí mismo, que ser hombre era algo vergonzoso, que el poder que había en él era destructivo y letal. Además de sentirse avergonzado, sentía cierto miedo hacia su propio poder, “¿y si hago algo malo?”

Después de mucho aprendizaje en todo esto que os cuento en el post, me volví a reunir con aquel hombre de aquel restaurante en Rishikesh. Estábamos llorando, en contacto con la herida. De manera intuitiva, nos dimos un abrazo en el que él me pedía perdón a mí- era un perdón que no se correspondía con ninguna acción específica, solo respondía a una necesidad general de disculparse. En este caso, ni él era él, ni yo era yo. Él representaba al Hombre y yo a la Mujer. Y aquel Hombre agachó la cabeza ante mí, ante la Mujer que soy, pidiendo perdón.

Pasó algún tiempo hasta que yo me di cuenta de cuantísimo daño le había hecho yo también a los hombres. Desde mi miedo, desde la rabia que corría por mis venas, desde el deseo de venganza y el dolor por sentirme anulada e invisible como mujer; vi como había jugado con ellos, como les había privado de darme su amor, como siempre les había puesto en duda… Y, entonces, yo también agaché la cabeza y pedí perdón.

El momento fundamental cuando decidí adentrarme en el conocimiento de la relación mujer-hombre que os cuento, fue cuando tuve sobrinos y cuando comencé a relacionarme con niños varones. Me dije: “Yo tengo que cambiar esta concepción que tengo de los hombres, si estos niños se van a convertir en Hombres, quiero que sepan y sientan a través de mí la grandeza de su masculinidad y que, por ningún motivo, se avergüencen o sientan miedo de ella”.

Comencé toda esta experimentación, esta observación, este estudio hace cuatro años y hoy puedo decir que estoy LIBRE. Lo sé, lo siento y lo percibo a mi alrededor.

Ni juego, ni manipulo, ni me retiro del campo de batalla cuando el amor llega –bueno, esto último, casi casi… Pero sí puedo decir que mi concepto de Hombre es uno nuevo totalmente. He conocido los suficientes hombres bondadosos, amables, fuertes, bellos, de buen corazón… como para que ese concepto haya cambiado en mí.

Ya no temo la fuerza de un hombre. Ahora, la fuerza masculina me resulta algo que admirar. Y es por ello, que yo también busco encarnarla.

Ya no les temo. Los malos son los menos.

Pero he de decir, que estas heridas de las que hablo son muchísimo más comunes de lo que parecen. Y que es importante que hagamos las paces con los hombres que nos rodean.

A vosotras mujeres, si os sentís nerviosas o inseguras cuando estáis junto a un hombre pacífico o no conseguís mostraos en toda vuestra grandeza con tranquilidad, debéis saber que esto no es lo normal. Buscad la herida, sentirla y sanarla.

A vosotros hombres; si sentís que no podéis hacer uso de vuestra fuerza masculina, rugir y gritar como un guerrero, observad el por qué. Puede que esté operando cierta desconfianza a vuestro lado masculino.

La energía femenina ha sido abusada y la energía masculina se encargó de ello. Pero todos hemos puesto nuestro granito de arena para que esta violenta historia continúe.

Así que cambiemos ya ese rol que nos hemos adjudicado:

Las mujeres perdonemos y, también, pidamos perdón por ese mal encubierto que podamos haberle hecho a ellos como causa de nuestra propia rabia e impotencia.

Y aquellos hombres sanos, bellos y buenos; por favor, ALZAD LA VOZ. Y retomad toda vuestra fuerza. Porque os necesitamos. Os necesitamos más que nunca.

Con amor,

Sandra

Anne-Hoffmann-annehoffmannherzmenschfotografie-Josephine-Binder-stillerebellin-2Fotografía de Anne Hoffmann Herzmensh

EL MODELO FAMILIAR

Estando en India, colaborando en un orfanato donde hay niños entre tres y veinte años, supe que una de las niñas más mayores había recibido la visita de sus sponsors, es decir, de sus padrinos italianos que habían estado aportando el dinero necesario para sus estudios los últimos diez años. Ahora que ella ya se hacía mayor y tenía que decidir entre ir a la universidad o ponerse a trabajar, sus padrinos le habían comentado que tenían un futuro pensado para ella: viajaría a Italia para hacerse cargo de los viñedos y las fincas familiares.

“Nosotros ya nos hacemos mayores, no tenemos hijos ni nadie que continúe llevando todo lo que hemos creado hasta el día de hoy. Queremos que nuestra niña apadrinada venga a Italia y se quede con nuestras posesiones”- me comentó la señora italiana en una cena en la que coincidimos.

El problema estaba en que la ahijada, aunque no se lo mostrara a sus padrinos, no parecía estar tan entusiasmada como ellos… o eso fue lo que me comentaron sus mejores amigas:

“Es que sus padrinos son muy posesivos. Cuando vienen aquí a India, solo quieren estar con ella. Le traen muchísimos regalos, la invitan a cenar todas las noches, pasan horas y horas a solas con ella… Sin embargo, nunca tienen un gesto hacia los demás niños o hacia sus amigas más cercanas… Tampoco creemos que le pregunten qué es lo que, realmente, ella quiere hacer con su vida”.

La conversación prosiguió y sus amigas acabaron llegando a la conclusión de que este comportamiento de exclusividad hacia los ahijados venía, especialmente, de padrinos italianos o españoles. Por otro lado, los padrinos americanos o del norte de Europa, cuando venían de visita, solían entregarse prácticamente por igual a todos los niños del orfanato y si organizaban algo, lo organizaban para todos.

Se me encendió la bombilla y no me hizo falta pensar mucho si sus conclusiones eran correctas o no… Son muchas las diferencias que se podrían encontrar entre un modelo familiar americano y un modelo familiar italiano o español. Y, sin duda alguna, la necesidad de posesión y exclusividad con respecto a los hijos que hay en España o Italia, no tiene nada que ver con el desapego con el que se relacionan padres e hijos en Estados Unidos.

Creo que tenemos que abrir los ojos al tipo de cultura en la que vivimos y cómo la familia juega un papel fundamental en ella. Por un lado, los españoles nos podemos alegrar y celebrar el hecho de poder contar con nuestro clan para disfrutar, reír y pasarlo en grande. También, podemos agradecer el hecho de que sabemos que la familia suele ser ese colchón que sabes que no te falla; de alguna manera, se puede llegar a sentir o a pensar que “teniendo una familia, uno no está solo”.

Sin embargo, por otro lado, también tenemos que tener en cuenta que las familias españolas juegan mucho con la posesividad tendiendo a esperar de los niños que continúen con los pasos de los padres; así como también hay mucha exclusividad hacia los miembros del clan lo que hace que haya mucha fraternidad dentro de la familia pero que el círculo quede cerrado para aquellos que son de fuera de ella.

A veces, me temo que los padres tengan a sus hijos como si fueran una extensión de sí mismos o, incluso, para poder tener a ese bebé a quién poderle inculcar y educar conforme a sus creencias y valores; creando un pequeño imperio en el que los padres, por fin, se sienten los reyes e imperan sus normas.

A mi me encantaría que, en lugar de ser tan familiares en el sentido estricto de lo que dice el “libro de familia”, fuéramos más familiares en el sentido amplio de la palabra. Me encantaría que uno pudiera sentirse tan papá o tan mamá de su hijo como del otro niño que juega en el parque, me encantaría que nuestra mirada como padres no solo estuviera mirando hacia abajo- hacia nuestro hijo- sino hacia el futuro en general- hacia todos los niños que uno se encuentra- y que nuestra mirada como hijos se ampliara a todos los adultos, más allá de nuestros padres, para tomar ejemplo, cariño y apoyo de quien más nos inspirara.

Desde mi punto de vista, falta comunicación entre familias- que no dentro de ellas- y falta apoyo a nivel comunitario en la sociedad. Cada familia vive dentro de su casa y nada se sabe de lo que pasa en la casa de al lado. Así, al estar tan íntimamente relacionados con nuestros familiares cercanos y tan poco conectados con la sociedad en general, acabamos hacinándonos con las cinco o seis personas más cercanas, sobrevalorando dichas relaciones, dependiendo completamente de ellas y creando, incluso, pequeños o grandes dramas.

Me da la sensación de que el vínculo familiar necesita ser revisado. Necesitamos seguir unidos pero añadiendo cierto entendimiento de qué es, precisamente, aquello que nos une. Y lo que nos une no es el hecho de ser todos iguales comulgando con las mismas normas y creencias que han ido inculcando los más mayores de la casa generación tras generación.

Necesitamos entender que lo que enriquece y une a la familia es, precisamente, LAS DIFERENCIAS que cada uno de los miembros aporta a ella. Y si, además, nos abrimos como familia a la diversidad que aporta la gran familia que es la humanidad, saldremos todos mucho más enriquecidos, beneficiados y liberados de tener que seguir patrones cerrados y anticuados.

Ejercicio:

Te invito a que hoy mires a tu hijo con nuevos ojos: ¿Qué tiene él para enseñarme a mí? ¿Cómo puedo enriquecerme con su propia visión del mundo?

Te invito a que mires a otro niño que no sea tu hijo: ¿Qué siento por él? ¿Quiero lo mejor para él? ¿Cómo puedo ser un ejemplo para esta pequeña persona?

Te invito a que como hijo mires hoy a tus padres con nuevos ojos: ¿Quiénes son ellos en relación con el resto de la humanidad? ¿Se corresponde lo que dicen con lo que sienten? ¿Cuál es su verdad más interna?

Te invito a que como hijo mires a otros adultos que te inspiren como si hubieran sido tus propios padres: ¿Qué camino podría seguir si tomara a este adulto como ejemplo? ¿Qué posibilidades nuevas encuentro ahora con esta nueva fuente de inspiración?

Te invito a que mires a la gente mayor que encuentres hoy como si fueran tus padres o abuelos, a la gente de tu edad como si fueran tus hermanos y a los niños como si fueran tus propios hijos. ¿En qué cambia tu vida? ¿Cuál es ahora tu rol en esta sociedad?