La luna, los niños y el amor por lo que hago

Miro a esta página en blanco y me pregunto cómo haré para que en ella entre toda mi energía, todos mis deseos, mis sueños, mis anhelos, mis ganas de expresar. Hoy es noche de luna llena y aunque me siento exhausta después de un día de actividad, ruido, polvo y calor; de alguna manera tengo la necesidad de sentarme en la mesa del escritorio.

He encendido una nueva vela que compré hoy en una tienda, he prendido un incienso con olor a rosas y música tranquila suena en el altavoz que tengo a mi derecha. Desde el balcón puedo ver la luna, el ventilador alivia el calor de estos días de verano en el norte de la India y esta mesa y sillas hechas de mimbre no pueden ser más afines a lo que me gusta en cuanto a mobiliario se refiere.

Aquí estoy, en esta habitación. Sola. Honrando estos momentos de escucha personal y de conexión conmigo misma. De alguna manera, también estáis aquí vosotros, los que me leéis pues sé que, muy probablemente, este texto vea la luz de ahí fuera.

Y me pregunto: ¿Qué contaros? ¿Qué podría compartir con vosotros?

Ayer retomé de nuevo mis clases de danza consciente. Alquilé un espacio muy especial, en la planta más alta de un edificio dedicado al yoga. Llegué, como siempre, una hora antes para poder tener el espacio limpio y preparado para quien fuera a presentarse en la clase.

Limpiar no es una actividad que suela disfrutar pero, la verdad, hay algo especial cuando limpio una sala antes de que llegue la gente. Me parece un acto que forma parte de un ritual, es como si quisiera honrar a esas personas que van a llegar, como si estuviera preparando el espacio para algo sagrado y valioso que fuera a comenzar en los próximos minutos. Así que lo hago con cariño, con amor. Paso la escoba, limpio los muebles, preparo la música, decido dónde estará el altar, prendo la vela y, por último, el incienso. Con el incienso recorro tres veces la habitación; me paro especialmente enfrente de las imágenes de deidades y frente al altar. Doy gracias a la vida por ponerme al servicio de lo que los demás necesiten y me centro en las personas que están a punto de llegar. Observo sus corazones antes incluso de haber visto sus caras y me preparo para que haya algo mucho más importante que yo: aquello que vaya a suceder en la sala.

Así que la gente entra, la gente se presenta y el espacio se empieza a llenar de gente, de expectativas, sueños, cansancio, ilusión, metas, sensaciones… Y entonces, la clase ocurre. Se hace sola.

No hay lugar donde me sienta tan confiada como en este tipo de encuentros. Las palabras salen solas y fluyen. No hay miedo, todo son experiencias y esas personas que llegaron de diferentes puntos de la ciudad comienzan a tejer historias entre ellas, los movimientos de unas afectan a los movimientos de las otras y, aunque los ojos de la gran mayoría estén cerrados, es como si las almas de las personas de la sala estuvieran danzando en círculo y en total sincronía las unas con las otras.

Hay tanta divinidad en aquello que por naturaleza somos…

Y nuestras manos se unen al final de la clase; en silencio y complicidad entre todos los que hemos formado parte. Y nos abrazamos.

Y hoy, amanezco, y es el cumpleaños de un niño muy especial para mí. Y, entonces, nos vamos ocho niños y yo a celebrarlo a un restaurante. Y les miro a todos y pienso: “¡Cuánto han crecido!” Y, entonces, pienso: “¡Cuánto he crecido yo!”

Y nunca hay un momento en el que no sienta gratitud por haberles encontrado, por poder construir un futuro juntos. Bien sea que estemos lejos o cerca; hay una semilla que yo he plantado en todos ellos. Y sus semillas, ¡ay sus semillas!, ya son árboles dentro de mí.

Y esta labor de ser profesora, mentora, de ser un ejemplo para los más pequeños es algo tan valioso; tan importante. Los niños pueden respirarte, sentirte y escucharte sin que tú digas una mínima palabra. Ellos te conocen, te captan, te leen en la mirada, en tus gestos, en tu forma de caminar.

¿Qué les queremos contar?

¿Qué les queremos contar si ellos lo saben todo? Por eso mi camino es mío y sé que lo mejor que puedo hacer por ellos es quererme yo. Que de ese amor ellos se nutren, se inspiran, se llenan de confianza hacia un futuro más prometedor. Un futuro en el que uno puede ser adulto y mantener su frescura, su espontaneidad, su juego y una sensatez basada en lo que uno siente profundamente en sus adentros.

Por eso me encanta esta labor que tengo como mentora, profesora, madre o como lo queramos llamar; porque es especial estar rodeada de personas que todavía sueñan, que abren sus ojos como platos porque lo quieren observar todo, que lloran tormentas y dan a sus enfados rienda suelta.

Son mis maestros, mis joyas; son tesoros.

Y si algo he aprendido en este último año ha sido a soltar. A dejarles ser. A entender que se crucen o no se crucen nuestros caminos; ya lo hemos compartido todo. Porque hasta un segundo basta para dar TODO de nosotros a los demás. Una sola mirada sincera, un momento de conexión… eso el niño lo capta y lo toma para sí.

Así que aquí estamos, en Rishikesh, felices. Yo y todos sus habitantes. Que no es que todo el mundo aquí esté feliz pero así están los ojos que les miran.

Y río, y lloro de emoción, y, a veces, se me atascan algunos pensamientos. Pero todo está bien.

Mi vela derrama su cera sobre la mesa de mimbre; justo cuando pensaba acabar este texto. El viento de fuera agita la puerta del balcón. La luna sigue en el cielo mirándonos. Y el ventilador me alivia. Alivia los treinta y pico grados de una noche de verano. “Buenas noches” os escribo con el teclado de mi ordenador. Buenas noches, muy buenas noches a todos.

ESCUCHA

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Uno de mis momentos preferidos de mi vida en India era el repaso escolar con los niños por las tardes. ¿Un truco para que los niños te escuchen? ¡Escúchales tú primero! Cuando se presenten ante ti (ya sea en la clase, en la casa, en la calle…) mírales y dales tiempo para “llegar a ti”, para que lleguen al momento presente y a estar verdaderamente contigo. A veces, necesitan alborotar un poco el ambiente, otras veces necesitan abstraerse… estate presente ante ellos se encuentren como se encuentren y, poco a poco, ellos y tú estaréis en el mismo estado de presencia. Entonces, hables o no hables; ellos te escuchan, te miran, te observan. Igual que tú a ellos.

SOMOS HUMANOS

Han sido dos semanas muy duras para mí. Los que me conocen han podido observar algún que otro indicio en el exterior de la carcasa de mi persona aunque, en realidad, la fiesta emocional se ha dado dentro de mi cuerpo en un profundo y doloroso acto de no querer compartir algo que sentía que otros calificarían como incomprensible.

También es cierto que, en este caso, aunque otros hubieran comprendido lo que me estaba sucediendo; sentía que su comprensión tampoco hubiera aliviado en lo más mínimo mi experiencia de dolor.

Sentí, por primera vez en mi vida, que había hecho daño a alguien. Sentí, a corazón abierto, que podía haber herido los sentimientos de un niño pequeño al que siempre he querido con adoración.

Puede que penséis que he debido de vivir muy ciega si esta es la primera vez en mi vida que veo que he podido herir a alguien. Y sí, estoy segura de haber pasado páginas del libro de mi vida con los ojos cerrados, y ya comienzo a entender el motivo de este comportamiento.

Resulta que yo- y creo que muchos de nosotros- cuando nos equivocamos y herimos a los demás; en especial, a aquellos que jamás quisiéramos herir, cerramos los ojos o buscamos excusas que justifiquen nuestros actos:

Lo he hecho lo mejor que he podido”- nos decimos queriendo expiar esa culpa que nace inevitablemente de nuestro interior o “lo has hecho cómo mejor has sabido, ¿qué ibas a hacer si no?” – nos dicen nuestros amigos para tranquilizarnos.

Y me he dado cuenta que esto es lo habitual: buscar el motivo por el que actuamos de la manera en que lo hicimos y pasar a la escena siguiente dejando atrás nuestro tropiezo como si nada.

Pero, ¿y que pasaría si por un momento uno dejara de usar todas esas justificaciones? ¿Qué pasaría si uno fuera capaz de ver que con su comportamiento humano, en muchas ocasiones, hiere deliberada o no deliberadamente a otros seres humanos? ¿Qué sucedería si aceptáramos que erramos, que muchas veces nuestros actos hieren a otros que no esperan ser heridos? ¿Y si en ese momento no buscáramos una frase interna o externa para aliviar el dolor? ¿Y si nos quedáramos en la emoción que se experimenta al sentir que es uno mismo el que ataca?

Estas semanas he estado reflexionando y pensando que puede que, sin quererlo, no haya actuado bien, que puedo haber herido a otros y que no he de buscar consolaciones. Si no he sabido hacerlo, si he herido, si he hecho daño: quiero saberlo. Y quiero aceptarlo.

Eso sí, ahora que comienzo a destapar mi propio pastel, la pregunta que surge es la siguiente:

“¿Sabré perdonarme a mí misma?

A raíz de todo este hervidero emocional y en la búsqueda de la respuesta a mi pregunta, publiqué el otro día aquello sobre los padres, las madres y los educadores en general. Algunos de nosotros –los más perfeccionistas- vivimos con tanto miedo a equivocarnos y a hacerles daño de manera involuntaria a los más pequeños, que nuestro propio temblor e inseguridad nos incapacita para atenderles de una manera tranquila, segura y sosegada.

Por ello, creo que es necesario que todos aceptemos que erramos y que nos perdonemos cada vez que consideremos que debamos hacerlo. Y que este acto de autoperdón se repita tanto que llegue un momento en el que no haga falta perdonarse por nada. Así, cuando creamos que nos hemos equivocado, no hará falta cerrar los ojos y pasar página o sentirse mal, sino que con los ojos abiertos podremos respirar el hecho con total paz y tranquilidad.

Como bien decía el otro día, si aceptamos con naturalidad que, en ocasiones, cometeremos lo que nuestra mente denomina errores con los más pequeños; podremos estar más presentes para los niños y darles toda la atención y comprensión que nace de alguien que se sabe HUMANO.

PALABRAS CON MAGIA

Estaba sentada en el suelo del patio de la escuela en la que he estado trabajando en India. Me encontraba esperando a los niños que venían a mi clase. El primero que llegó fue Arjun, de 11 años, que me dijo con toda naturalidad:

“Sandra, tú eres un ángel. Yo creo que nos engañas. Nos dices que vienes aquí desde España pero no es verdad. En realidad eres un ángel pero no se lo quieres decir a nadie”.

Arjun es un poeta y un niño con un corazón enorme. Nunca antes he recibido unas palabras tan mágicas y tan bellas. ¡Qué GRANDEZA y belleza en la forma de expresar amor tienen los más pequeños!

Ojalá los mayores nos sirvamos de ellos como ejemplo para abrirnos plenamente a los demás y mostrar nuestra ternura y cariño hacia los otros.

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MI PEQUEÑA YO

Esto de escribir a contracorriente y con música en español sonando desde mi reproductor de audio, no es habitual para mí. Pero me esperas en la puerta de una iglesia a pocos kilómetros de aquí para irnos a pasar la mañana en la playa y no quiero que se me haga tarde. Tampoco quiero llevar equipaje de más y, como veo que me he despertado con muchas palabras, he decidido teclearlas en este ordenador haciendo que formen frases.

Todos tenemos una “pequeña yo” viviendo en nuestro interior y más nos vale conocerla si no queremos que nuestra vida se vuelva del color del babero de un bebé que intenta comer con sus manos espaguetis con tomate, puré de espinacas y yogurt de limón a la vez. Que no está mal que nuestra vida tenga color y mucho, pero también es bonito poder decidir cómo queremos que se dispongan las manchas, cuántas y cuándo.

Por eso digo que hay que conocerse. Hay que echarse una mirada e inclinar nuestra cabeza al interior de nuestro cuerpo no hueco y mirar a esa pequeñita que nos reclama atención con rabia, ternura y lágrimas en los ojos. Necesitamos saber qué quiere, qué necesidades se le quedaron sin cubrir cuando su edad temprana imaginaria se correspondía con su edad real y qué nos pide a nosotras ahora que somos mayores y adultas.

Mi niña pequeña interior lleva un megáfono que pide atención y, a veces, necesito taparme los oídos para dejar de escucharla. La verdad que es tarea imposible ignorarla o hacer caso omiso de sus necesidades. Me pregunto cómo lo harían mis padres para que no me sintiera decepcionada a cada momento, si es que, en aquella época, pedía tanto como esta pequeñita exige ahora.

Y es que lo cierto es que esa pequeñita interior- es decir yo- exige mucho. No quiere una golosina de la tienda de chuches sino que las quiere todas. No le basta con ver una peli de Disney sino que le tengo que asegurar que luego vendrán muchas más. No le vale con su plato de pasta favorito sino se lo doy yo con plena entrega y disposición. No le vale nada, vaya. La tengo siempre insatisfecha y, la verdad, que he de decir que es muy cansado sentirla siempre tan descontenta y verla comportarse de una manera tan ingrata.

Voy como una loca intentando complacerla pero no doy abasto. Simplemente, llora y se queja; y, a veces, la verdad, me parece un poco autoritaria y demagoga. Parece que todo lo que le doy va a caer siempre en un pozo sin fondo en el que no hay un mínimo retorno ni una pequeña respuesta en forma de halago, carantoña complacida o gesto de gratitud.

Por eso digo que hay que conocerse. Porque creo que el tamaño de mi boca es más grande que el Everest y, por mucho que me den, me acabarán pareciendo siempre pequeños bocados insignificantes.

Hay verdades que duelen y no me gusta reconocer que soy así. Al final pido tanto que no veo los pequeños detalles, estoy tanto en el “que vendrá después” que me pierdo lo que estoy recibiendo ahora, tengo tanto miedo de que las cosas acaben que olvido que ahora mismo sí están ocurriendo. ¡Cuánto daría por vivir consciente en el eterno y abundante presente que nunca acaba!

¡Vaya! El tiempo se agota y tú pronto estarás en la puerta de la iglesia esperándome para irnos a pasar la mañana en la playa. Debo incorporarme y alejarme de este ordenador si no quiero llegar tarde. Voy algo más ligera de equipaje verbal. Y, además, un poquito más consciente de las necesidades de mi pequeña yo… que, la verdad, es mucho más dulce de lo que os la he presentado y bastante sensible. Creo que, a partir de ahora, la voy a escuchar mucho más, aunque a veces le incomode a mi “yo adulta” no entender los complejos abismos que puede sufrir un niñ@ pequeñ@.

La Felicidad de nuestros hijos

Todos queremos que nuestros hijos sean felices. Sin embargo, desde este sentir, les estamos cargando con una expectativa completamente irreal. Necesitamos aceptar que nuestros hijos no serán felices ni serán infelices por el resto de sus vidas sino que serán un poquito de las dos cosas a la vez; y eso ESTÁ BIEN. Desde esta aceptación, les damos a nuestros hijos la libertad de sentirse como realmente se estén sintiendo a cada momento y en cada etapa de su vida.

Si les enseñamos mediante el ejemplo que no hay una emoción mejor que otra y que todo es bienvenido y está bien, adquirirán una herramienta de aceptación personal que, sin duda, les llevará a una Felicidad mucho más profunda que la felicidad-infelicidad fluctuante.

Por lo explicado anteriormente, si les decimos a nuestros hijos la frase de “cariño, yo solo quiero que seas feliz“; estaremos alimentando la frustración en ellos cuando se sientan desanimados o infelices ya que sentirán que no están cumpliendo con nuestras expectativas.

Nuestra gran labor como padres y madres es abrir el corazón para aceptar a nuestros hijos en el estado de ánimo en el que se encuentren y transmitirles que no hay necesidad de cambiarlo ni de alcanzar eternos estados de felicidad que nosotros hayamos podido proyectar en ellos.

Captura de pantalla 2015-01-07 a la(s) 18.11.50 Fotografía de Green by Name

LA ALEGRÍA DE VIVIR

Me animo a escribirte por el hecho de saber que eres tú quien me trajo hasta aquí. Lleno de regalos preparaste el capazo que me transportaría hasta el lugar en el que me encuentro y lleno de abrazos se mostró el destino en el que estoy. Y, precisamente, por la incapacidad de expresar la alegría que siento, me encuentro ahora intentando plasmar con unas cuantas palabras lo gozoso que es sentirte cerca.

Abrazarte con la mirada, sentir tu piel al besarte las mejillas, encontrarme con tus ojos abiertos de par en par esperando encontrarse con los míos, la ilusión con la que tu corazón se prepara para el siguiente segundo, el amor que te transporta hasta mi regazo o incluso las lágrimas, la risa desencajada o los enfados que han hecho presencia en el medio de nuestra, ahora, pura y clara relación.

A todos vosotros, a ti, os doy las GRACIAS. Pues nunca caí en unos brazos tan amplios, largos y protectores; nunca antes escuché tantas voces acunándome en cualquiera de mis posibles direcciones; nunca antes experimenté el calor de saberme amada y acogida de esta manera.

Porque sois especiales, porque sois estrellas centelleantes en el centro de este pequeño universo, porque cada palabra, gesto o abrazo es un regalo; porque me siento afortunada de ser una más a vuestro lado; porque necesito practicar más expresar mi alegría con las palabras; por todo ello, escribo este texto.

El Amor que sois y esparcís os estará esperando en cualquier proyecto que emprendáis, la inocencia con la que habéis tocado tantos corazones en este mundo seguirá presente en el resto de nuestras vidas y el agradecimiento que muchos de nosotros sentimos hacia vosotros estará vivo y latente en las vuestras.

GRACIAS A TODOS LOS NIÑOS QUE NOS RECUERDAN, DÍA A DÍA, LA ALEGRÍA DE VIVIR.

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Foto tomada esta semana en Rishikesh (India) junto a varias estrellas centelleantes con las que paso mi tiempo aquí.

Érase una vez, tu vida personal

Érase una vez,…

…en un hospital de color blanco en el que trabajaban médicos con batas azules, nació una niña más guapa que las amapolas. Su piel era blanca y suave y su llanto era el más puro grito de la naturaleza. Sus ojos, aunque abiertos, no le dejaban ver los paisajes externos. Sus oídos, aunque presentes, tampoco recibían las señales que llegaban de fuera. Así, esta niña bella, natural y salvaje, alejada de todo impacto exterior, decidió el día de su nacimiento tomar otro camino: el camino interno.

Los días y los años pasaban y, aparentemente, su vida iba tomando forma en la vida social y exterior. Fue a la escuela, a clases particulares de inglés y a jugar al parque. Sin embargo, aunque físicamente presente, Ardnas, como ella se llamaba, estaba completamente perdida rebuscando los caminos que iba encontrando en su interior.

Hizo muchos amigos, todos internos. Visitó muchos lugares, todos personales. Y, aunque también recorrió el mundo físico haciendo viajes familiares en la avioneta de papá, no había nada que la cautivara más que los entresijos que hallaba dentro de su cabeza, cuerpo y corazón.

La vida parecía pasar para todos. La gente se hacía mayor, su cuerpo también evolucionaba y su doble vida interna-externa, no parecía suponer ningún problema para ella ni para nadie.

Sin embargo, el día llegó en que un viejo y oscuro monstruo recogió y se llevó todo aquello que Ardnas utilizaba para meterse en su interior. Se llevó todos sus libros, sus muñecas, sus juguetes, sus lápices y cuadernos, sus diarios y todos los aparatos de música que encontró. Se llevó también su flauta e, incluso, convenció a todos los amigos imaginarios para que dejaran sola a Ardnas y se fueran con él.

¡Esto no podía ser posible! ¡Ardnas se encontraba sola en su interior! ¡Ya no había nadie a quién llamar! Ni siquiera podía cautivar con la melodía de su flauta a sus viejas amigas interiores que llegaban siempre veloces como si de tropas celestiales se trataran.

Ardnas sentía que no tenía opción, la vida que le esperaba era una eterna soledad en medio de la oscuridad. Una eterna soledad que sería para siempre, pues ella sabía que el interior nunca moría.

Invadida por su propio llanto, un día enloqueció. El sonido de sus propios sollozos comenzaron a crear ecos que se multiplicaban en la inmensidad de su mundo interior. Sus lágrimas comenzaron a formar un charco tan profundo que acabó cubriendo el cuerpo de Ardnas al completo.

Bajo aquellas aguas de lágrimas, los ojos de la que ya parecía ser una inerte y bella criatura, volvieron a abrirse. Ardnas vio colores que nunca antes había visto e, incluso, se hizo consciente de su propio cuerpo al verlo con sus propios ojos. De hecho, se dio cuenta que podía mover sus brazos y sus piernas. “¿Qué será esto que tengo? ¿Es esto mi cuerpo? ¿Qué será esto que veo? ¿Será esto el mundo externo?”- se preguntaba.

De pronto, se dio cuenta que no podía respirar. Sus pulmones, pertenecientes a un cuerpo de carne y hueso, necesitaban aire y… ¡ella se encontraba debajo del agua!

Entre rocas y plantas acuáticas, verdes y mucosas, vio una puerta en el fondo de aquel mar. La puerta, aunque robusta y fuerte, parecía vieja y algo roída por el tiempo. Sin embargo, el pomo de aquella puerta estaba como nuevo y se encontraba bañado en un color dorado completamente llamativo. Atraída por aquel brillo que encandilaba a sus ojos, nadó rápido hasta alcanzar el fondo. Agarró el pomo y tiró hacia sí misma, pero la puerta no abría.

De repente, entendió que si quería salir al mundo exterior, el movimiento tenía que ser hacia fuera y no hacia dentro, necesitaba hacer un movimiento hacia el exterior. Necesitaba apostar por lo que había fuera.

¡Menudo acto de humildad! Todo lo que antes había rechazado se encontraba al paso de cruzar aquella puerta. ¿Sería Ardnas capaz de cruzar aquella supuesta brecha entre su mundo interior y lo que podía esperarle fuera? ¿Sería capaz Ardnas de agradecer y reconocer lo que un día ya existía fuera de ella?

La respiración se acortaba, la vida se le iba y no se decidía a agarrar el pomo y empujar hacia fuera. ¿Moriría o encontraría la forma de volver a aquella vida no vivida?

Un cangrejo rojo llegó y se posó justo al lado de la rendija inferior de la puerta. Ardnas, vio, entonces, que por debajo de la puerta llegaba una luz que conseguía iluminar a aquel cangrejo.

El gesto de la cara de Ardnas se suavizó y una sensación de relajación invadió su cuerpo. “Salir, no debe ser tan difícil”- pensó Ardnas, sintiéndose preparada para tal aventura.

Y, sin a penas darse cuenta, tras aquella maravillosa reflexión, Sandra, como ahora se llamaba, estaba saliendo. Salía de aquel cuerpo acuoso en el que había estado viviendo, salía del útero materno.

Unos médicos de batas azules, en un hospital de color blanco, la sacaron del cuerpo de su madre. Y, rodeada por personas que cantaban y aplaudían felices por su llegada, Sandra pudo ver con sus propios ojos a aquella gente llena de gozo por su presencia, escuchar con sus propios oídos la viveza de todas aquellas canciones que le cantaban y sentir en su propio cuerpo el calor humano de todos aquellos que la abrazaban.

Nunca más se separó de su cuerpo, ni quiso tapar sus oídos ni cerrar sus ojos. Sandra vivió llena de cariño, recibió todo aquello que la vida le había preparado y compartió con los demás lo que el amor en la presencia le había enseñado.”

He realizado este cuento a raíz de una práctica que se nos pedía hacer a los alumnos de un curso de educación transpersonal que ahora mismo estoy realizando. Si te ha gustado, te invito a ti a hacer lo mismo. Solo se trata de coger un papel y un bolígrafo, escribir las palabras “Érase una vez…” y conectar contigo mismo y con lo que el corazón te esté dictando. Si te dejas llevar por tu imaginación y por el gusto de no saber qué va a pasar en la historia, dejarás que tu inconsciente te de muchas pistas acerca de lo que es tu vida y lo que puede llegar a ser.

Responder con amor

“¿Qué tal se encuentra tu cuerpo?”, me ha preguntado el doctor con una voz muy dulce. “Muy bien”, le he respondido yo. “¿Y qué tal se encuentra tu mente?”. “Bueno, sigue corriendo sin descanso”. Entonces, me ha mirado con ojos cálidos y me ha dado un abrazo.

El día anterior a esta conversación, yo le había regalado unas cuantas lágrimas en su consulta. No es que este doctor sea un psicólogo ni nada parecido, pero a veces riego con el agua de mis ojos sitios donde la gente no suele llorar. Supongo que, desde entonces, el hombre me muestra todavía más cariño.

Una vez escuché a alguien decir que se necesitaban políticos que supieran llorar. ¿Por qué se ha perdido la sensibilidad en tantos aspectos de la vida? Me pregunto cómo se gobernaría a un país si se tuvieran en cuenta un poco más los sentimientos de las personas. Y también me pregunto cómo se gobernarían grupos más pequeños (la familia o la escuela) si los que los gobiernan (padres y educadores) optaran por el corazón en vez de por la razón.

La gente no nos damos cuenta –o sí- que cuando se responde desde el corazón y la intuición todo funciona mucho mejor. Queremos hacer uso de la mente, de las experiencias del pasado, de recetas propias que tenemos en la recámara, de fórmulas mágicas que nos dan libros, maestros o terapeutas… cuando lo único que tiene que hacer uno es SENTIR y dejarse llevar.

Sin embargo, SENTIR no es algo que sea tan sencillo. Es un camino corto que nos da mucho miedo. Preferimos tomar el camino largo del razonamiento y evitar tener que sentir algo.

En el corazón, en las primeras capas, tenemos muchas heridas. Pero si las miramos, las cuidamos y las mimamos, el mismo corazón nos da todo su potencial para ser nuestro guía y compañero.

Alguien cercano me contó que un padre perdido no hacía más que acudir al psicólogo para ver qué hacer con los supuestos problemas que tenía su hijo. Su hijo, en realidad, no tenía ningún problema, sólo necesitaba a alguien que se le acercara y le diera calor de verdad. De hecho, eso que su padre consideraba problemas eran tan solo caras de la vida que mostraba su hijo que él mismo nunca había querido ver en él.

El padre, asustado por sus propias heridas de la infancia, no quería realmente ver a su hijo llorar perdido entre la angustia. El padre no quería sentir su propio dolor por lo que quería encontrar una solución racional al supuesto problema de su hijo, quería una fórmula mágica que aplicar en su hijo para que todo volviera rápido a su correcto sitio.

Sin embargo, esas fórmulas mágicas y racionales que como aquel padre, todos andamos buscando son solo una forma de entretener a nuestra mente para no poner el foco en el lugar que más nos duele pero que más sentido trae a nuestras vidas. Aquel niño como todos nosotros, no necesitaba una solución que le mostrara QUÉ HACER sino solo necesitaba SENTIR lo que estaba ocurriendo dentro de él e, idealmente, contar con el apoyo de los suyos en la escucha de sus propios sentimientos.

Por todo esto que estoy diciendo, quería comentar que es bonito que queramos a nuestras heridas y las sanemos. Porque a través de la valentía de vivirlas de cerca, podemos mantener siempre el corazón abierto. Y podremos responder siempre a los demás desde el AMOR.

Por eso, te animo a que no tengas miedo. Somos muchos, de hecho, todos, los que tenemos el corazón herido. Pero son pocos los que siguen haciendo uso de él. No vayas a la razón por miedo a experimentar los sentimientos. Siente y vive según lo que late dentro de ti. Entonces las heridas dejarán de ser heridas y dentro de ti habrá cabida y espacio para todas las cosas que la vida te brinda cada día.

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Estatua del Dios Hanuman mostrando su corazón abierto en Rishikesh, India.

CARTA A LA RABIA

Depende de la familia en la que hayas nacido y cómo se te haya educado, habrás aprendido a exteriorizar determinadas emociones y, algunas otras, habrás decidido guardarlas dentro de ti. La rabia o la ira de un niño pequeño puede ser vista como una amenaza para el padre que quiere tenerlo todo bajo control o quizás simplemente se vea como algo negativo del niño que le puede dar problemas a la hora de desenvolverse en la sociedad. Sin embargo, la rabia de un niño bien recibida, se convertirá precisamente en algo muy valioso para él en el futuro; le ayudará a marcar barreras, a ir con seguridad en pos de lo que desea, a no tener miedo a expresarse, a sentirse seguro y poderoso y, sobre todo, hará que el niño se encuentre en paz consigo mismo al saber que esa emoción, como todas las otras, es algo bello y completamente natural.

Necesitamos estar abiertos a recibir nuestra propia rabia para así dar la bienvenida a la rabia de los más pequeños, a abrigarla con amor, a entenderla. Comprender mediante la observación y el cariño qué se cuece bajo dicho comportamiento y no cambiar nuestra actitud cuando dicha emoción se presenta. Si transmitimos a los niños que no les queremos cuando externalizan su rabia, esas personitas (al igual que hicimos nosotros) acabarán guardando la rabia para dentro de sí y la dejarán bien escondida, creyendo que es algo malo y contaminando su paz interior.

Así, muchas personas caminamos la faz de la tierra con algo que ruge ahí dentro. Es simplemente nuestra propia fuerza, nuestra poderosa expresión… que un día reprimimos para conseguir amor y que seguimos reprimiendo para no salir de nuestra zona de comfort.

Hoy escribo una carta a la rabia que nunca acepté ni quise ver. Hoy escribo una carta a eso que ha vivido siempre dentro y que se ha mostrado de mil maneras con dolores en mi cuerpo. Hoy me abro a ella y estoy dispuesta a reconocer su verdadero y bondadoso poder.

“Rabia, ¿quién eres? ¿cómo vistes? ¿qué aspecto tienes? Rabia, quiero saber muchísimo más acerca de ti. De tu personalidad, de tus gustos y aficiones. Quiero saber qué detestas, qué es aquello que no puedes soportar, cómo te muestras, qué necesitas y de qué te alimentas. Rabia, quiero cuidarte, quiero quererte como a uno más, quiero invitarte a mi casa y sentarte con los demás en la mesa. Es cierto que nunca antes te abrí la puerta. Ni en aquellas noches de frío en las que nevaba en el exterior y tú llamabas insistente para no quedarte fuera. Es cierto que nunca quise ver tu cara, ni escuchar tu voz, ni ver qué baile me traerías. Yo jugaba con Alegría, le daba besos a Tristeza, acurrucaba en mis brazos a Ilusión, tenía largas y profundas conversaciones con Miedo, bañaba a Amor mientras le dejaba jugar con las pompas de jabón… pero a ti, Rabia, nunca dediqué ni la más mínima atención.

Ahora me doy cuenta de lo excluida que te has sentido en esta vida, de tu necesidad de escucha y de la gran desazón con la que has luchado por sobrevivir. Creo que me aproximo a comprender lo mucho que has sufrido y la tristeza que yo he debido sentir por haberte excluido a ti.

Rabia, cansada estoy de haber querido vivir sin ti. Siento que últimamente me ha faltado fuerza, coraje y determinación a la hora de decidir por mí y sé que esa es la factura que paga cualquiera que no quiere dirigir hacia ti su mirada. Feliz me encuentro de saber que sigues esperando y por fin, mi cuerpo te entrego para que puedas desarrollar tus dones dentro de él. He oído decir que eres una gran guerrera, que luchas desde el corazón y que das fuerza a la gente para empuñar la espada del discernimiento que llevamos todos clavada en nuestro pecho. Empuñar dicha espada quiero así como también deseo sacar contigo a esa guerrera que sé que ha despertado aquí dentro.”

Hoy ratifico que la ira es un sentimiento más que fue dado en este universo para poder canalizarlo de manera constructiva. Hoy entiendo que si no miro a la rabia de frente, que si no la abrigo y la quiero, nunca podré sacar de ella esas perlas guardadas bajo su concha.

rabia reprimida expresada