BUSCANDO UN PARAGUAS

A un día de mi 30 cumpleaños me siento así: BUSCANDO UN PARAGUAS.

¿Sabéis esos grupos de turistas que van siguiendo a un guía que usa un paraguas de colores para que la gente pueda verle con facilidad? Sí, esos grandes grupos de chinos y/o japoneses que van siguiendo a la manada y mirando hacia la derecha y hacia la izquierda según indique el aparato de audio que llevan en sus cabezas…

Sí, bueno, la realidad es que justo me refiero a eso. He debido perderme del grupo. Aquí no hay nadie que me diga hacia dónde tengo que mirar, ni escucho indicaciones claras a través de los oídos. Tampoco veo un paraguas de colores que me indique dónde debería estar mi lugar ni qué sitios, atracciones o monumentos debería estar atendiendo con mi mirada.

Soy libre, señores. Soy libre.

Y menudo vértigo da dicha expresión. Toda la vida ansiando comerme el mundo hasta que llega el día en que te das cuenta que no hace falta que ansíes nada porque ya te has comido buena parte de él.

¿Y por qué tanta ansia, entonces? ¿Por qué tantas ganas? ¿Y, hablando de todo un poco, hacia dónde he de tirar?

A un día de mi 30 cumpleaños me siento así: un poco -solo un poquito- PERDIDA.

¡Ché! Y yo que me sentía tan orgullosa de mí misma por estar creando un camino propio y por tener la valentía de mirar el mundo con mis lindos ojos. La misma, yo, la valiente… perdida… ¡Pues vaya chasco!

Creo que me tengo que quitar el traje de heroína porque empiezo a creer que, el hecho de ser libre, no implica que vaya a ocurrir gran cosa. Simplemente, ahora puedes decidir pero, no te creas, por muy libre que seas las limitaciones forman parte de tu naturaleza.

Sí, limitaciones como el tiempo, la edad, el coste de oportunidad que supone hacer algo y tener que sacrificar otra cosa a cambio, la capacidad limitada de los pulmones o del estómago, las horas necesarias de sueño, las distancias físicas… Existen los límites por mucha libertad que quiera yo encontrar. Soy una mujer libre y, jodidamente, limitada. ¡Qué putada!

Pues sí, me fastidia. Me fastidia porque siempre he querido tenerlo todo. Porque no fue casualidad que me leyera el libro de El Alquimista tres veces seguidas cuando era adolescente. Porque siempre he creído en los sueños y en los destinos, porque conozco el potencial y creo en la capacidad del ser humano para llegar bien lejos.

Pero en algo me he equivocado y es en creer que el ser humano, tan sólo él y por sí mismo, puede alcanzar las estrellas. Y no, no es así. Estamos interconectados, somos parte de algo que vive en nuestro interior y, a la vez, nos supera; somos una pieza de un puzzle, tan solo somos humanos; vulnerables y limitados.

Por eso, a mis ya casi 30 años cumplidos; he de decir que me siento hoy en la silla de la decepción. Aunque sea solo por un ratito. Y es que, ¿quién me he creído yo para querer tocar el cielo? ¿Es que no sé de sobra la cantidad de factores que han de acompañarme a mí hasta esa elevada llegada?

“Ay,…” – me digo a mí misma- “con lo que has sentido en tu interior, ¿cómo puede ser que hagas a tus ojos ciegos y a tus oídos sordos? Si sabes que toda esa alegría que buscas, todo el sentido que te va a motivar y todo el amor que mereces; se encuentran dentro de ti misma. ¿Por qué intentas encontrar un paraguas de colores cuando en esto de la vida tan solo estás tú? Tú y las huellas que has dejado. Tú y todo lo que ya has caminado. Tú y todo lo que el Universo ha sembrado en tu interior y te muestra ahí fuera en modo de personas, circunstancias y relaciones. Ay… deja ya de mirar a los rumores del pasado y eleva tu mirada. Ahí, enfrente tuyo, está la vida”.

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Al son // del mar

Captura de pantalla 2015-08-01 a la(s) 19.49.53Siempre me he sentido un poco tortuga, un poco caracol. Camino lento, miro con profundidad al paisaje esperando que éste crezca sin necesidad de moverme, acaricio, susurro; a penas se altera el aire ante mis movimientos y, en numerosas ocasiones, sólo los pequeños bichitos del suelo suelen notar mi presencia.

Hoy le comentaba a un amigo que cómo puede ser que vaya tan lenta. Me preguntaba, hablándole en voz alta, cuándo llegaría ese momento en el que estuviera haciendo exactamente aquello que sé, en mi interior, que quiero hacer. Cuándo llegaría a mí la certeza de estar trabajando con mis propias manos un rico abono para las cosechas que sé que tienen que echar buenas raíces. ¿Cuándo?

Me remitió él a la fábula de la liebre y la tortuga en la que uno aprende que lo importante es avanzar y me recalcaba también la importancia de un dato:

“Sandra, a lo mejor, no es precisamente LA VELOCIDAD el factor que tienes que tener en cuenta a la hora de medir tu éxito. Puede que la velocidad no sea, precisamente, la que vaya a marcar la diferencia en tu bien hacer en esta vida o no”.

Entonces he recordado a los niños del orfanato con los que trabajo en India. Sé, por lo que me han dicho en numerosas ocasiones y por lo que yo puedo percibir, que lo que más les cautiva de mí es mi calma y mi templanza. Que en los días de desenfrenada locura general, agradecen mi tranquila sensatez y que siempre es una alegría para ellos saber que tienen un regazo en el que acurrucarse para sentir su propia paz.

Quiero reconocerme todo lo bueno que tiene ser una persona calmada pero no puedo evitar rechazar la idea de ser una persona PAUSADA. Me encantaría, en ocasiones, colocarme un motor a la altura de mi espalda y empezar a recorrer mundos sin tanto tacto y miramientos. Sí, disfrutar de una desenfrenada e inconsciente velocidad que despeina mis cabellos.

Lamentablemente (si uno decide lamentarse, claro), eso de ir rápido cogiendo diamantes de colores que te dan puntos como hacen los protagonistas de los videojuegos, no es, de momento, para mí. Veo a la gente pasarme de lejos, huelo las estelas de polvo que dejan a mi alrededor cuando ya nada ni nadie sigue a mi lado, el paisaje cambia poco y yo sigo aquí:  l  e  n  t  a,

d  a  n  d  o  u  n  p  a  s  o

y  l  u  e  g  o

o  t  r  o.

HÉROES

¿Quién dijo que en la posición de triunfar uno tiene que estar solo? Parece que uno tema llegar muy alto porque, una vez alcanzada la cima, se desvanecería cualquier meta que querer alcanzar, cualquier motivación. Y, llegado ese momento en el que uno lo ha alcanzado todo, entonces, ¿qué le movería?

Ojeando con mis sobrinos la revista de las Tortugas Ninja aprendí algo y es que, como decía una de las tortugas, los héroes también tienen héroes. Así, resulta que las Tortugas Ninja, completamente admiradas por cientos de niños de corta edad, tienen a otros héroes de ficción que les inspiran y a los que poder admirar.

Y me doy cuenta que esto es así, que uno quiere subir lo más alto posible en la escalera pero que, cuando llega al peldaño más alto, uno se da cuenta que hay una puerta esperándole para llevarle a otro lugar. En ese otro lugar, las metas se transforman y, entonces, puede que en lugar de querer llegar alto quieras llegar lo más lejos de manera horizontal. Y, una vez llegado a lo más lejos de manera horizontal, puede que entonces quisieras llegar a lo más hondo imaginable dentro de ti mismo… Y, de ahí, continuaríamos infinitamente.

Alcanzar metas siempre será una motivación para tener más experiencias, para activar nuestras ganas de probar cosas nuevas, para explorar. Y, alcanzar metas, por muy altas que sean, por muy lejanas que parezcan, por muy inaccesibles que se nos hagan en el fondo de nuestro corazón, será siempre un leitmotiv.

Por eso, porque la vida es una gymkana que no tiene final, porque siempre tendremos a gente por delante y por detrás, más vale disfrutar jugando. Sin miedo a ganar, sin miedo a perder, pasar las pruebas solo por el placer de haber estado en cada una de ellas.

Los héroes también tienen héroes; no importa al nivel heroico que quieras llegar, siempre tendrás a otro héroe inspirándote unos pasos más allá. Para que camines, para que le sigas, para que confíes que se pueden dar ESOS PASOS MÁS ALLÁ.

No dejemos de inspirar a los demás, somos todos fuente de luz para todos.

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