ESCUCHA

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Uno de mis momentos preferidos de mi vida en India era el repaso escolar con los niños por las tardes. ¿Un truco para que los niños te escuchen? ¡Escúchales tú primero! Cuando se presenten ante ti (ya sea en la clase, en la casa, en la calle…) mírales y dales tiempo para “llegar a ti”, para que lleguen al momento presente y a estar verdaderamente contigo. A veces, necesitan alborotar un poco el ambiente, otras veces necesitan abstraerse… estate presente ante ellos se encuentren como se encuentren y, poco a poco, ellos y tú estaréis en el mismo estado de presencia. Entonces, hables o no hables; ellos te escuchan, te miran, te observan. Igual que tú a ellos.

EL CAMINO MÁS SENCILLO

Ya llevaba siete meses en India cuando fui a visitar a aquel doctor de medicina ayurveda. Estaba a punto de marcharme a Nepal cuando tuve con él mi última consulta. Tomándome el pulso- como suelen hacer los médicos orientales para saber qué ocurre dentro de ti- me dijo el doctor: “Sandra, el tipo de energía que tienes es para llevar una vida muy enraizada en la espiritualidad, deberías encontrar un Maestro que te guíe en ese camino”. Le miré con cara de desilusión y le dije: “Ya he buscado y la verdad es que no me gusta nada de lo que he visto”. “¿Has probado a ir a las charlas que da Prem Baba?”, me vinieron varias imágenes del día que decidí visitar a aquel maestro y respondí: “¡Sí y no me gustó nada!”.

“Bueno, me viene otra persona a la cabeza, yo le he atendido a él y siento que por el tipo de energía que tenéis, podríais conectar el uno con el otro. Vive en la montaña, en un complejo de casas con un par de discípulos, quizás sea él quien te pueda enseñar”. La verdad que tras haber mencionado a Prem Baba, desconfiaba de que esta segunda recomendación pudiera servirme de algo, aún así, por la confianza que este doctor sí despertaba en mí y por saber que no perdía nada por intentarlo, agarré el papel que el doctor me dio con la dirección y nombre de aquel maestro.

Al estar en India- un país poco seguro para viajeras- le pedí a un amigo que me acompañara. Cogimos un taxi dispuestos a conocer a aquel señor que vivía en la montaña.

Una de sus discípulas –de hecho, la única que en aquel momento vivía con él por allí- nos atendió. Nos dio un vaso de agua para facilitar la espera y nos dejó dar una vuelta por aquel lugar de residencia del maestro anciano. Se sentía un ambiente tranquilo, se respiraba paz.

El hombre llegó, desnudo con un trapillo blanco entre sus piernas y una cara muy amigable; a penas tenía dientes y no hablaba muy bien inglés. Su discípula se quedó para hacer la traducción.

“Bien, ¿qué queréis preguntarle?”- dijo ella.

Yo me quedé en silencio y no respondí. Si, de verdad, aquel hombre era un Maestro, no haría falta que le preguntara nada. No creo en las palabras vacías, tampoco en las palabras preparadas ni en preguntas que uno se apunta y se guarda bajo el brazo. Creo en el momento, creo en el poder que tiene compartir tiempo y espacio frente a una persona, creo que la magia se desenvuelve por sí misma y trae los regalos necesarios sin tener que provocarlos. Así que esperé, callada, mientras aquel hombre nos miraba con ganas de explorar qué hacían estos dos transeúntes occidentales en el porche de su casa.

La discípula se rió amistosamente y dijo: “¿Todo? ¿Le queréis preguntar acerca de todo? ¿Todo es una duda?”

Me encontré con los ojos de él y mirándole fijamente comencé a hablar. Dejé salir de mi boca las desconcertantes e intensas experiencias que había estado teniendo estos últimos dos años y, sin esperármelo, tras haberle contado mi aventura espiritual, acabé mencionando a mi familia.

La verdad es que no me lo esperaba, estaba frente a aquel maestro con el que pretendía dar luz a mi duda más trascendental, y me vi compartiendo con él mi dolor más humano. Ahora que recuerdo bien, acabé mencionándole lo duro que había sido para mí que mi familia no me apoyara en los pasos que estaba dando. Todo lo demás se me hizo poco importante, había algo enterrado en mí y era esa necesidad de apoyo y aceptación por aquellos que siempre había sentido que caminaban a mi lado.

Por algún motivo que no recuerdo, la conversación se desvió y, también le estuve mencionando la presión que sentía en ocasiones por el deber de llevar una vida “normal”, establecerme en algún lugar y “trabajar”.  Sí, vaya, justo la vida que quería mi familia que llevara. Justo ese tipo de vida en el que sí podría contar con el apoyo incondicional familiar.

Nos quedamos el maestro y yo solos. Mi amigo y la risueña discípula se fueron a pasear por otro lugar. Él, con su básico nivel de inglés que, sin duda, le permitía comunicarse a la perfección, me dijo: “Yo tenía una familia. Estaba casado y tengo hijos. Me marché hace ya casi veinte años. Fue un alboroto social el hecho de que yo decidiera retirarme a las montañas. Ahora, con el tiempo, la gente ya entiende. Este es mi lugar.” Se hizo una pausa y los dos nos acomodamos todavía más. Cada uno apoyó su espalda en una columna, estiramos un poco nuestras piernas, nos relajamos. El sol daba en la cara de aquel maravilloso ser humano que me hablaba desde el corazón.

“Si vienes a preguntarme acerca de las relaciones de familia y de pareja, yo, todavía, no lo sé. Aquí, en este lugar, los discípulos y yo investigamos acerca de la vida y ese es uno de los aspectos en los que todavía no lo veo claro. Eso sí, mujer joven, lo que te puedo decir es que respetes tu necesidad actual. Si tú lo que quieres es casarte y tener hijos, hazlo. Pero si tú sientes la necesidad de retirarte del ambiente social, ve por ahí. No quieras manipularte, sigue lo que vibra en el momento presente 

Alguien que trabajaba en el lugar nos sirvió un plato con comida. Era el kitcheri (arroz con lentejas) más picante que había probado nunca. Le eché muchísima salsa de yogur para suavizarlo y me comí aquello que me sirvieron.

Disfrutamos ambos dos de ese sol de medio día mientras el silencio entonaba su neutra y acogedora melodía. Descansamos callados en el momento presente y, pasado un tiempo, llegaron nuestros dos amigos y compañeros.

“Bien, yo me voy a descansar. Es la hora de mi meditación y de mi siesta. Si luego seguís aquí, os volveré a ver”- pronunció con una sonrisa aquel simpático hombre.

Mi amigo y yo nos quedamos con aquella chica risueña que había sido su discípula durante varios años. Nos sentamos los tres en el césped, compartimos experiencias, nos reímos y lo pasamos genial. A las cinco de la tarde, antes del anochecer, mi amigo y yo decidimos marcharnos.

Justo antes de salir, nos encontramos al maestro que volvía de su meditación. Le miré con ojos amables, le agradecí desde el corazón y nos despedimos de él saliendo de aquel maravilloso recinto que nos había acogido.

La sensación que tuve al salir era algo que conocía pues, en un tiempo pasado la había llegado a sentir. Pero, ahora que la volvía a saborear en mi cuerpo, me daba cuenta de cuánto echaba de menos sentirme así. Sin más y sólo porque la vida me estaba regalando aquel momento, volví a sentirme completamente conectada. Por conectada me refiero a sentirme de nuevo encaminada, todo tenía un sentido, no tenía que poner entre dudas o en entredichos aquello que estaba viviendo. Una sensación de que todo está bien. Me refiero a la PLENA PAZ.

Llena de confianza en la vida salí de aquel lugar sabiendo que había encontrado, al final, no el maestro que buscaba sino la enseñanza que precisaba.

Unos días más tarde partí hacia Nepal y seguía con aquella sensación que sonaba así en mi cabeza: “¿Ya soy adulta? ¿Ya no necesito que nadie me diga que estoy bien encaminada? ¿Ya puedo prescindir de la opinión de los demás?”. El nivel de seguridad en mí misma subió hasta hacerse presente en cada poro de mi piel. Todas las dudas que había tenido este último año sobre si estaba caminando sobre el camino correcto, se disiparon. Y, en verdad, ya no necesitaba la aprobación de los demás para continuar llevando la vida que había decidido llevar.

Hoy, siete meses después de aquella experiencia, me encuentro en el otro lado del mundo, acordándome de este otro lugar. Sí, no sólo acordándome del lugar físico -de India o de Nepal- sino también acordándome de este otro lugar personal en el que ahora, de nuevo, vuelvo a no encontrarme: en ese lugar en el que una se siente segura de sí misma, sin dudar de las emociones que tiene, siendo su propia fan número uno, su seguidora incondicional, su mayor apoyo y su propia fuente de confianza.

Diré, para concluir, que cuando algunos de nosotros, por necesidad, nos encontremos buscando fuera lo que ya tenemos dentro, es recomendable que nos enfoquemos en buscar aquellas experiencias, enseñanzas y personas que apunten de manera SENCILLA al interior de nuestro pecho.  Todo lo demás, todos esos otros caminos llenos de sufrimiento que parecen más complicados, todos esos maestros que te llevan a un lugar alejado de tu “yo” para que te vuelvas más sabio, todo aquello que te haga dudar de tu capacidad interior de acción y decisión, puede ayudar –no digo que no- pero, ya de por sí, puede que se encuentre algo enturbiado, te esté despistando o te esté ayudando a postergar el encontrarte verdaderamente feliz, fuerte y sano.

Y, en caso de que optemos por el camino largo, complejo y complicado- aquel que posterga mi acción y muchas veces alejado del mensaje puramente interno-, necesito preguntarme: ¿Realmente quiero ser feliz ahora, YA? ¿Realmente quiero liberarme ahora de todo aquello que creo que me pesa o es que hay algo en mi interior que quiere retener el sufrimiento porque lo considera necesario? ¿Qué pasaría si doy el paso? ¿Hay algo que quiera soltar? ¿Qué nueva vida se mostraría ante mí si me libero?

Escribo, hoy, desde mi necesidad de saberme libre y desde el pensamiento que ha surgido últimamente en mí que me hace ver que somos muchas las personas enganchadas al sufrimiento. Todo, por no tener el valor de considerar que siempre hay un camino mucho más fácil y sencillo, el de seguirse a uno mismo, pase lo que pase.

Te cruzaste en mi camino

Es increíble y apasionante conectar con los demás, especialmente con aquellas personas que de un día para otro aparecen en tu vida para darte un gran tesoro, el tesoro de mostrar ante ti toda su esencia, grandeza y vulnerabilidad.

Me emociona ver como hay personas que se cruzan en nuestra vida inesperadamente, personas que en el primer momento que las ves te dicen mucho sin necesidad de haber mencionado palabra. Esta gente que nada más presentarse ante ti te proporciona una sensación de “sentirte en casa”, de sentir que estás con alguien igual que tú, de presentir que algo nuevo y único te va a aportar.

Es apasionante ver como hay personas clave que entran en tu vida sigilosamente y que siempre acaban dejando una valiosa huella grabada en tu camino. Debemos estar con los ojos bien abiertos, dicen que el maestro llega siempre que el alumno esté dispuesto y preparado para aprender; y realmente considero que todo aquel que pasa por nuestra vida es un maestro que guarda un gran mensaje para nosotros. No dejes escapar esos mensajes, especialmente si quien los trae tiene ese brillo inexplicable en sus ojos que, sin haber necesitado palabras, solo tú has podido apreciar.