HIJA, TE QUIERO LIBRE

Hay mamás que sienten que pierden su identidad cuando sus hijas/os salen del nido por lo que necesitan volver a reencontrase consigo mismas y con aquello que da sentido a sus vidas. ¿Os imagináis que existiera un doctor especializado en estos temas? ¿Y si, para pasar un duelo, solo hicieran falta las lágrimas?

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(de un cómic original de 2014)

NO DEJAMOS NUNCA DE QUERER

Como bebés, no dejamos nunca de querer a nuestras madres. Nuestro cuerpo es consciente de que, a través de ellas, se nos ha dado la vida y hemos visto el mundo según sus propias percepciones.

Como niños, no dejamos nunca de querer a nuestras madres ya sean éstas bellas o feas, felices o depresivas, apagadas o entusiastas.

Como adolescentes, no dejamos nunca de querer a nuestras madres; se lo expresemos con cariño o rebeldía, con simpatía o antipatía, con calor o con dolor.

Como adultos, no dejamos nunca de querer a nuestras madres, seamos iguales o diferentes, vivamos juntos o separados, compartamos las mismas opiniones o no.

Como adultos despiertos y diferenciados de su propia madre; permitimos que ellas sigan su camino, aprendemos a crear nosotros el nuestro, nos hacemos generadores de vida redescubriendo nuestra propia capacidad creativa y nos enraizamos en unas raíces propias que son diferentes a las de ella; y así, al igual que en todas las etapas de nuestra vida, no dejamos nunca de querer a nuestras madres.

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Ilustración personal

La Felicidad de nuestros hijos

Todos queremos que nuestros hijos sean felices. Sin embargo, desde este sentir, les estamos cargando con una expectativa completamente irreal. Necesitamos aceptar que nuestros hijos no serán felices ni serán infelices por el resto de sus vidas sino que serán un poquito de las dos cosas a la vez; y eso ESTÁ BIEN. Desde esta aceptación, les damos a nuestros hijos la libertad de sentirse como realmente se estén sintiendo a cada momento y en cada etapa de su vida.

Si les enseñamos mediante el ejemplo que no hay una emoción mejor que otra y que todo es bienvenido y está bien, adquirirán una herramienta de aceptación personal que, sin duda, les llevará a una Felicidad mucho más profunda que la felicidad-infelicidad fluctuante.

Por lo explicado anteriormente, si les decimos a nuestros hijos la frase de “cariño, yo solo quiero que seas feliz“; estaremos alimentando la frustración en ellos cuando se sientan desanimados o infelices ya que sentirán que no están cumpliendo con nuestras expectativas.

Nuestra gran labor como padres y madres es abrir el corazón para aceptar a nuestros hijos en el estado de ánimo en el que se encuentren y transmitirles que no hay necesidad de cambiarlo ni de alcanzar eternos estados de felicidad que nosotros hayamos podido proyectar en ellos.

Captura de pantalla 2015-01-07 a la(s) 18.11.50 Fotografía de Green by Name

EL MODELO FAMILIAR

Estando en India, colaborando en un orfanato donde hay niños entre tres y veinte años, supe que una de las niñas más mayores había recibido la visita de sus sponsors, es decir, de sus padrinos italianos que habían estado aportando el dinero necesario para sus estudios los últimos diez años. Ahora que ella ya se hacía mayor y tenía que decidir entre ir a la universidad o ponerse a trabajar, sus padrinos le habían comentado que tenían un futuro pensado para ella: viajaría a Italia para hacerse cargo de los viñedos y las fincas familiares.

“Nosotros ya nos hacemos mayores, no tenemos hijos ni nadie que continúe llevando todo lo que hemos creado hasta el día de hoy. Queremos que nuestra niña apadrinada venga a Italia y se quede con nuestras posesiones”- me comentó la señora italiana en una cena en la que coincidimos.

El problema estaba en que la ahijada, aunque no se lo mostrara a sus padrinos, no parecía estar tan entusiasmada como ellos… o eso fue lo que me comentaron sus mejores amigas:

“Es que sus padrinos son muy posesivos. Cuando vienen aquí a India, solo quieren estar con ella. Le traen muchísimos regalos, la invitan a cenar todas las noches, pasan horas y horas a solas con ella… Sin embargo, nunca tienen un gesto hacia los demás niños o hacia sus amigas más cercanas… Tampoco creemos que le pregunten qué es lo que, realmente, ella quiere hacer con su vida”.

La conversación prosiguió y sus amigas acabaron llegando a la conclusión de que este comportamiento de exclusividad hacia los ahijados venía, especialmente, de padrinos italianos o españoles. Por otro lado, los padrinos americanos o del norte de Europa, cuando venían de visita, solían entregarse prácticamente por igual a todos los niños del orfanato y si organizaban algo, lo organizaban para todos.

Se me encendió la bombilla y no me hizo falta pensar mucho si sus conclusiones eran correctas o no… Son muchas las diferencias que se podrían encontrar entre un modelo familiar americano y un modelo familiar italiano o español. Y, sin duda alguna, la necesidad de posesión y exclusividad con respecto a los hijos que hay en España o Italia, no tiene nada que ver con el desapego con el que se relacionan padres e hijos en Estados Unidos.

Creo que tenemos que abrir los ojos al tipo de cultura en la que vivimos y cómo la familia juega un papel fundamental en ella. Por un lado, los españoles nos podemos alegrar y celebrar el hecho de poder contar con nuestro clan para disfrutar, reír y pasarlo en grande. También, podemos agradecer el hecho de que sabemos que la familia suele ser ese colchón que sabes que no te falla; de alguna manera, se puede llegar a sentir o a pensar que “teniendo una familia, uno no está solo”.

Sin embargo, por otro lado, también tenemos que tener en cuenta que las familias españolas juegan mucho con la posesividad tendiendo a esperar de los niños que continúen con los pasos de los padres; así como también hay mucha exclusividad hacia los miembros del clan lo que hace que haya mucha fraternidad dentro de la familia pero que el círculo quede cerrado para aquellos que son de fuera de ella.

A veces, me temo que los padres tengan a sus hijos como si fueran una extensión de sí mismos o, incluso, para poder tener a ese bebé a quién poderle inculcar y educar conforme a sus creencias y valores; creando un pequeño imperio en el que los padres, por fin, se sienten los reyes e imperan sus normas.

A mi me encantaría que, en lugar de ser tan familiares en el sentido estricto de lo que dice el “libro de familia”, fuéramos más familiares en el sentido amplio de la palabra. Me encantaría que uno pudiera sentirse tan papá o tan mamá de su hijo como del otro niño que juega en el parque, me encantaría que nuestra mirada como padres no solo estuviera mirando hacia abajo- hacia nuestro hijo- sino hacia el futuro en general- hacia todos los niños que uno se encuentra- y que nuestra mirada como hijos se ampliara a todos los adultos, más allá de nuestros padres, para tomar ejemplo, cariño y apoyo de quien más nos inspirara.

Desde mi punto de vista, falta comunicación entre familias- que no dentro de ellas- y falta apoyo a nivel comunitario en la sociedad. Cada familia vive dentro de su casa y nada se sabe de lo que pasa en la casa de al lado. Así, al estar tan íntimamente relacionados con nuestros familiares cercanos y tan poco conectados con la sociedad en general, acabamos hacinándonos con las cinco o seis personas más cercanas, sobrevalorando dichas relaciones, dependiendo completamente de ellas y creando, incluso, pequeños o grandes dramas.

Me da la sensación de que el vínculo familiar necesita ser revisado. Necesitamos seguir unidos pero añadiendo cierto entendimiento de qué es, precisamente, aquello que nos une. Y lo que nos une no es el hecho de ser todos iguales comulgando con las mismas normas y creencias que han ido inculcando los más mayores de la casa generación tras generación.

Necesitamos entender que lo que enriquece y une a la familia es, precisamente, LAS DIFERENCIAS que cada uno de los miembros aporta a ella. Y si, además, nos abrimos como familia a la diversidad que aporta la gran familia que es la humanidad, saldremos todos mucho más enriquecidos, beneficiados y liberados de tener que seguir patrones cerrados y anticuados.

Ejercicio:

Te invito a que hoy mires a tu hijo con nuevos ojos: ¿Qué tiene él para enseñarme a mí? ¿Cómo puedo enriquecerme con su propia visión del mundo?

Te invito a que mires a otro niño que no sea tu hijo: ¿Qué siento por él? ¿Quiero lo mejor para él? ¿Cómo puedo ser un ejemplo para esta pequeña persona?

Te invito a que como hijo mires hoy a tus padres con nuevos ojos: ¿Quiénes son ellos en relación con el resto de la humanidad? ¿Se corresponde lo que dicen con lo que sienten? ¿Cuál es su verdad más interna?

Te invito a que como hijo mires a otros adultos que te inspiren como si hubieran sido tus propios padres: ¿Qué camino podría seguir si tomara a este adulto como ejemplo? ¿Qué posibilidades nuevas encuentro ahora con esta nueva fuente de inspiración?

Te invito a que mires a la gente mayor que encuentres hoy como si fueran tus padres o abuelos, a la gente de tu edad como si fueran tus hermanos y a los niños como si fueran tus propios hijos. ¿En qué cambia tu vida? ¿Cuál es ahora tu rol en esta sociedad?

ESCUCHAR A UN HIJO

Vinimos, todos nosotros, como almas limpias cargaditas de cosas que compartir en este mundo en el que ahora nos encontramos. Cada bebé, es un alma recién encarnada que ha sido invitada a la fiesta de la vida.

Es importante, como padres, reconocer que somos los canales por los que un nuevo ser ha llegado a este mundo. Y, es importante, conocer cuáles son nuestras responsabilidades con respecto a este nuevo ser.

En primer lugar, como papás protectores de esta nueva criatura, nos corresponden las funciones básicas de dar alimento y seguridad material a nuestro hijo. Y, todo lo demás que nos corresponde hacer con respecto a ellos es: OBSERVAR, CONFIAR Y ESCUCHAR en estado de presencia total.

Si hay algo imprescindible que tenemos que transmitir a nuestros hijos es que se encuentran en un mundo SEGURO y que, dentro de ellos mismos, se encuentran todos los recursos para desarrollarse navegando en este mundo fiel . Debemos darles el derecho a dirigirse allá a donde ellos decidan y darles la seguridad de que les estaremos acompañando amorosamente a cualquier lugar que quieran transitar.

No se debe asustar a un hijo con el hecho de que les abandonaremos emocionalmente cuando hagan algo que no nos place. Les daremos la cuna y un lugar entre nuestros  brazos al que venir a descansar, cada vez que necesiten hacer una pausa o recargarse para proseguir en su camino. No les pediremos que hagan algo que no les dicta el corazón y lloraremos en silencio si creemos que ellos mismos se están perdiendo.

Aprenderemos a distinguir entre los miedos de nuestro hijo y nuestros miedos propios. Cultivaremos la paciencia para no querer hacer por ellos lo que ya sé hacer yo. Aceptaremos sus diferencias, comprenderemos que debido a haber tenido diferentes vivencias y ser alguien diferente a mi, ellos no son el reflejo de quién yo soy.

Mis hijos no son un espejo que le va a decir a la sociedad lo bien o lo mal que lo he hecho yo como padre. Mi hijo es un ser libre al que yo educo desde mi bienestar y del que no espero que cumpla con unas características que yo ya decidí para él ni que vaya a una determinada universidad.

Dejaré que mi hijo cada día me enseñe quién es él. Me apartaré del camino lo máximo que pueda, para que él mismo pueda relacionarse con su mundo. Miraré en mi corazón para encontrar las respuestas que estoy buscando. Y nunca pediré a este bello ser que calme las ansias que él no ha provocado.

A CARA DESCUBIERTA

Nos han dicho que no somos buenos. 

¿Lo crees o no lo crees?

En primer lugar, este punto se hace notar si te has movido en una cultura bañada en lo religioso. La mayoría de las religiones, hacen de lo humano, el pecado en sí mismo. Solo por nacer, te alejas de Dios, y has de pedir perdón. Eres un pecador. ¿Alguna vez te has dado con la mano en el pecho mientras rezabas en la Iglesia la oración en la que se dice “por mi culpa, por mi culpa, por mi culpa”? La religión católica- como algunas otras religiones- tal cual es transmitida, sienta las bases de que somos seres no impecables, estamos manchados y necesitamos del perdón de todos nuestros incesantes pecados. No intentes hacer nada para cambiarlo, ser pecador e impuro es tu condición.

En segundo lugar, el poder que gobierna a los países no suele estructurarse con la intención de crear seres libres y poderosos, sino dependientes y consumistas de las instituciones mismas. Si tú fueras libre y poderoso, ¿qué función tendrían los que quieren decirte como se deben hacer las cosas? De ahí, que se permita que vivamos en una sociedad corrupta con pocas vías para el autoconocimiento y la liberación personal. Si todos supiéramos que somos fantásticos y buenos, otro gallo cantaría.

En tercer lugar, al estar tan alejados de nuestra verdad personal, buscamos el éxito en lo externo. Un éxito puede ser ganar mucho dinero en el ámbito laboral, resultando ser influyentes para un gran número de personas. Si quiero tener éxito y ganar dinero con mi empresa, querré que consumas mis productos o servicios. La competencia cada vez crece más y necesito que consumas todavía un poco más de lo que consumías antes. Te diré que no eres lo suficientemente guapa (¡cómprate ya esa crema de la cara!), que tus relaciones sexuales todavía no son la bomba (¡cómprate el nuevo lubricante sabor fresa del trópico!) o que tu vergonzosa calva todavía tiene solución (¡vé ya a por las pastillas a la farmacia!). Ser exactamente como eres no es bonito ni maravilloso, tú todavía no encajas ni estás preparado para triunfar. Algo falla en tu interior, lo mejor es que sigas consumiendo algo que te haga ser diferente a quien tú eres.

En cuarto lugar, y por ser nacidos en una sociedad que no valora su interior, los padres y profesores educan a los más pequeños con el ejemplo. Si yo no siento que valgo y soy bueno, no voy a poder mostrar a mi hijo lo maravilloso que es él pues ellos aprenden del comportamiento que ven en los mayores. Si además, enfatizo la situación con frases del tipo “eres muy malo” cuando hacen algo que me disgusta, sólo estoy creando más dolor interno en ese ser humano que solo quiere ser comprendido.

Si, desde que nacemos, somos invalidados constantemente por ser quiénes somos, si vivimos en una sociedad que niega la realidad de la naturaleza humana, si recibimos miles de impactos publicitarios al día que nos piden cambiar, si nuestros padres, educadores y gente que hemos querido seguir en el ejemplo, no se quieren a sí mismos,… acabamos, por ignorancia o tentación, cayendo todos en el mismo saco.

Creo que, en el fondo, todos sabemos que algo va mal en la forma en que se ha estructurado la sociedad actual pero decidimos de manera conjunta hacer oídos sordos. Tampoco es fácil salir de ella y sus pautas, sin causar cierta incomodidad en la gente que nos rodea y que prefiere quedarse donde estaba. A veces, que tú abras los ojos, implica que los demás los tengan que abrir también. Y, entonces, se sentirán molestos por tu comportamiento y, una vez más, te volverán a hacer sentir que eres malo. Si tú no has calmado esas ansias de corroborarte a ti mismo que no lo eres, les querrás complacer y evitar ante todo que vuelvan a ponerte tal dolorosa etiqueta.

Eres tan malo o tan bueno cómo quieras tú creer en tu cabeza lo que se dice en la cultura que moldea todo lo que te rodea. A lo mejor, lo ideal sería que buscaras dentro de ti mismo la respuesta real de quién eres tú y de cómo eres en verdad.

El otro día mi sobrino de 3 años y yo mirábamos una revista. Habían unos hombres con la cara cubierta de blanco y me dijo “esos son buenos”. Luego vimos a otros cubiertos con la cara de negro y me dijo “esos son malos”. Y, entonces, cuando le pregunté por el único hombre que tenía LA CARA DESCUBIERTA me dijo: “ESE ES BUENO Y TAMBIÉN ES MALO”. ¡Me quedé alucinada!

¿No será cuestión de QUITARSE LA CARETA, mostrar nuestra totalidad y dejar de querer aparentar que somos totalmente buenos o totalmente malos?

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Te tengo

No hay mayor descarga de emociones que cuando le dices a esa persona que tanto adoras que la quieres. Muy especialmente, si esa persona es alguien con quien te has distanciado por un tiempo debido a malentendidos o malestar general. No hay mayor regalo que ese momento en el que te das cuenta que a esa persona que evitabas, que ese ser humano que parecía ser causante de todo tu sufrimiento, es precisamente la fuente de esos bellos sentimientos que buscabas dentro de ti.

Creo que hay muchas ocasiones en las que acumulamos muchos sentimientos no expresados hacia otras personas. Precisamente, sentimientos de amor o de necesidad natural que tenemos con respecto al calor de los otros. Muchas veces no sabemos comunicar a la persona que tenemos al lado qué es exactamente lo que necesitamos o simplemente nos da miedo la reacción que ésta pueda tener por lo que decidimos acallar nuestros sentimientos verdaderos y guardarlos en nuestro interior. Así, las confusiones con los demás crecen y el muro que nunca quisiste que se creara entre tú y esa persona acaba por elevarse entre vosotros dos.

El tiempo pasa y cada uno dirige su mirada hacia otro lugar, el muro dejó de ser un sitio interesante en el que poner nuestra atención.

Por eso digo, que no hay mayor liberación, que el día en el que decides abrir un hueco en ese muro y susurrarle algo a esa otra persona. “Te quiero”, le dices suavemente. “Esa es la verdad. Nada de las otras cosas que pude haber dicho o hecho son ciertas si es que se alejan de lo que ahora mismo te estoy mostrando”. “Lo siento. Perdóname. Eres una persona esencial en mi vida. Y ha sido precisamente por eso que he tenido miedo. Por eso te digo que lo siento. Porque no he sabido mostrarte cuánto te quiero y me han faltado toneladas de valentía”. “Ahora lo entiendo, solo te tengo cuando verdaderamente me muestro y me entrego. Solo te tengo a ti cuando soy sincera con mis verdaderos sentimientos. Porque entonces te tendré a ti de verdad, a mi lado o lejos haciendo tu propia vida, pero te tendré conmigo, en mi regazo, nutriéndote de todo ese amor que de mí hacia ti sigue brotando y sin querer pedirte nada a cambio. Te quiero y, ahora sí, te tengo.”

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