CARTA A PAPÁ

No cuestiones mi verdad porque no me lo merezco. Muchos años andando a través de ti, desarrollándome a través de tu amor y tu presencia pero sin dejar de lado tu juicio incondicional. De la mano me llevas pero también me la aprietas y me haces daño cuando me frenas, cuando me indicas que está mal, que estoy mal, que soy mal.

No soy mal. Tampoco soy bien. Tampoco soy la que quieres que sea.

La vida me ama y yo hago lo posible por ser la hija perfecta. Hija de la vida. Recibiendo a cada momento el aire, el alimento, la visión.

Reconozco que me caigo y que me tiemblan las piernas al levantarme y al mostrar mi fuerza y mi grandeza. Reconozco que viví demasiado a través de ti, que seguí buscando tu mano cuando quizás ya no la necesitaba.

Fuiste mucho para mí, a veces, demasiado. El motor y el freno. El volante. La dirección. El mapa.

Y cuando te fuiste, o cuando yo ya no era esa a quien guiar; cuando dejé mi papel de seguirte, mi rol de depender, mis carencias; cuando me atreví a ser sin ti, a respirar sin buscar tu aliento; entonces entendí cuánto me dabas tú, cuánto me aportabas pero también, cuánto provocabas cada caída mía. Y te culpaba por mis heridas. Tú: creador y responsable. Tú: hacedor de lo mío. Tú: un Dios humano culposo y culpable. Vencedor en su ring pero tan mezquino en el mío.

Entorpeces mi camino pues ya no somos aquellos que éramos. Ya no soy esa boca que alimentar ni esos ojos a los que abrirle los párpados.

Entre mis piernas encuentro todos esos secretos que nunca me contaste y con mis manos acaricio el amor que siempre estuvo en mí. Agradezco tus semillas, el sol que fuiste, el perfecto caparazón que me entregaste donde explorar mi vulnerabilidad. Fuiste valiente y valeroso, honorable y protector. Tan heroico que no existiría batalla en la que no hubieras vencido.

Pero tú, tan grande, tan bello y tan solemne; con la voz del Dios Trueno y la inflexibilidad del juez Salomón; te me hiciste inmenso y pesado; como una enorme roca que arrastrar, como alguien a quien intentar impulsar a creer en mi camino.

Y a base de intentar camelarte, de quererte convencer, de venderte mis ideas, mi belleza, mi capacidad; y al precio que me costaba intentar persuadirte con mi dialéctica, seducirte con mi aparente estabilidad, intentar comprar un poco de tu confianza y tu fuerza; comencé a perder las mías.

Valoré más lo que había en ti que lo que había en mí, creí ser solo capaz de avanzar si tú apostabas por ello. Intenté venderme por poco y, al final, me quedé sin nada.

Y hoy, en esta noche de luna llena tras un día soleado y una larga conversación, me siento aquí para sentirte en mí, para apreciarte y respetarte, para valorar aquello que me has dado. No te voy a pedir todo lo que te he entregado, ni siquiera toda esa energía, esa fuerza, esa incansable insensatez que me ha llevado loca intentándote convencer. No te pido nada ya. Ya te he pedido demasiado. Ya me lo has dado todo. Ya es la hora de dejarte descansar.

La batalla ha acabado. Si la victoria existe, será la mía. Porque tú ya emprendiste tus hazañas, ya demostraste tu valor, ya jugaste todas tus cartas y fuiste el vencedor de una historia ya revelada. Ahora es mi turno: de entregarme, de probar, de labrarme mi camino, de alzarme sobre estos pies que son míos y de creer en mi propia valía, en mi propia capacidad, en mi propia madurez.

No hay nada ya que me puedas ofrecer, me refiero en lo que a superhéroe se refiere. Te dejo estar en tu trono pero será uno solo hecho a base de respeto y  amor. Mis palabras resonarán en mí más alto que las tuyas y confiaré en cada paso que dé, no solo para honrar todo aquello que la vida me ha dado para que ofrezca a los demás sino también para honrar todo lo que la vida te dio y tú me diste a mí.

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HÉROES

¿Quién dijo que en la posición de triunfar uno tiene que estar solo? Parece que uno tema llegar muy alto porque, una vez alcanzada la cima, se desvanecería cualquier meta que querer alcanzar, cualquier motivación. Y, llegado ese momento en el que uno lo ha alcanzado todo, entonces, ¿qué le movería?

Ojeando con mis sobrinos la revista de las Tortugas Ninja aprendí algo y es que, como decía una de las tortugas, los héroes también tienen héroes. Así, resulta que las Tortugas Ninja, completamente admiradas por cientos de niños de corta edad, tienen a otros héroes de ficción que les inspiran y a los que poder admirar.

Y me doy cuenta que esto es así, que uno quiere subir lo más alto posible en la escalera pero que, cuando llega al peldaño más alto, uno se da cuenta que hay una puerta esperándole para llevarle a otro lugar. En ese otro lugar, las metas se transforman y, entonces, puede que en lugar de querer llegar alto quieras llegar lo más lejos de manera horizontal. Y, una vez llegado a lo más lejos de manera horizontal, puede que entonces quisieras llegar a lo más hondo imaginable dentro de ti mismo… Y, de ahí, continuaríamos infinitamente.

Alcanzar metas siempre será una motivación para tener más experiencias, para activar nuestras ganas de probar cosas nuevas, para explorar. Y, alcanzar metas, por muy altas que sean, por muy lejanas que parezcan, por muy inaccesibles que se nos hagan en el fondo de nuestro corazón, será siempre un leitmotiv.

Por eso, porque la vida es una gymkana que no tiene final, porque siempre tendremos a gente por delante y por detrás, más vale disfrutar jugando. Sin miedo a ganar, sin miedo a perder, pasar las pruebas solo por el placer de haber estado en cada una de ellas.

Los héroes también tienen héroes; no importa al nivel heroico que quieras llegar, siempre tendrás a otro héroe inspirándote unos pasos más allá. Para que camines, para que le sigas, para que confíes que se pueden dar ESOS PASOS MÁS ALLÁ.

No dejemos de inspirar a los demás, somos todos fuente de luz para todos.

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