ESCUCHA

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Uno de mis momentos preferidos de mi vida en India era el repaso escolar con los niños por las tardes. ¿Un truco para que los niños te escuchen? ¡Escúchales tú primero! Cuando se presenten ante ti (ya sea en la clase, en la casa, en la calle…) mírales y dales tiempo para “llegar a ti”, para que lleguen al momento presente y a estar verdaderamente contigo. A veces, necesitan alborotar un poco el ambiente, otras veces necesitan abstraerse… estate presente ante ellos se encuentren como se encuentren y, poco a poco, ellos y tú estaréis en el mismo estado de presencia. Entonces, hables o no hables; ellos te escuchan, te miran, te observan. Igual que tú a ellos.

YO SOY TÚ

Voy a ser clara. Más que nunca. Porque es necesario. Y porque lo necesito. Porque no es real eso que dices que las mujeres en la sociedad actual no están minusvaloradas. Porque la mujer por sí misma no existe, porque las mujeres somos un conjunto de mujeres y todas respiramos del mismo aire que envuelve a este planeta Tierra; porque no hay nada que afecte a una mujer, por muy lejos que esté, que no lo sintamos TODAS en lo más profundo de nuestros adentros.

Y esta es una realidad que pocos consideran cierta. Y es que TODOS estamos conectados, todos los seres humanos, todos los seres vivos; incluso también todos los que no lo están. Y nos creemos SEPARADOS, cuando no lo estamos. Y nos creemos una unidad cuando, a la vez, somos el conjunto de la totalidad encarnado en una sola persona. Y, por ese motivo, lo que le pase al de al lado, también nos afecta. Aunque no lo veamos, aunque no lo sintamos con nuestras conocidas habilidades de percepción. Todo está interconectado.

Y por eso no me reí el día en que me contaste un chiste sobre pateras o el día que pretendiste que me sonriera por algo que tenía relación con el maltrato a mujeres… Porque ese africano que surca el mar, soy YO. Porque a esa mujer que le están pegando, también soy YO.

Y hay que tener capacidad para ver esto. Entender que no se puede vivir en plenitud, si nos reímos del mal ajeno. Comprender que somos todos amigos y hermanos y que, o GANAMOS todos o si pierde el de al lado, de alguna manera, yo también estoy perdiendo.

Pero no vivimos en una sociedad en el que se den estos mensajes de compañerismo y comunidad. Todo lo que se destacan son las diferencias, aquello que podría hacernos rivales. Vivimos en un mundo en el que hay que competir. En el que si uno gana es porque otro pierde. No hemos entendido que todos podemos ganar. Todos podemos ser grandes. El espacio para nuestra expansión es infinito. Y si uno gana, el otro también lo puede hacer.

No es necesario chafarnos los unos a los otros. Correr o compararnos. Podemos crecer todos a la vez, explorar nuestro propio campo y potencial y dejar que los otros también florezcan. No vivimos en un Universo limitado. El espacio para avanzar y abrirnos es ilimitado. Y todos podemos celebrar el hecho de sentirnos grandes y vivos.

Puede que no entiendas nada de lo que te digo. Es esta basura de educación que hemos recibido la que tanto mal nos hace. Es el hecho de no haber conocido otras culturas, de no haber querido sentir el sufrimiento propio y ajeno, de haber decidido mantenernos dentro del círculo de lo conocido lo que ha provocado que seamos personas con mentes cerradas que creen estar separadas de las demás.

Pero por raro que te suene, todos somos una sola MENTE. Y un solo CORAZÓN. Y tú, con tu complicación para entender el dolor ajeno, también eres yo.

Érase una vez, tu vida personal

Érase una vez,…

…en un hospital de color blanco en el que trabajaban médicos con batas azules, nació una niña más guapa que las amapolas. Su piel era blanca y suave y su llanto era el más puro grito de la naturaleza. Sus ojos, aunque abiertos, no le dejaban ver los paisajes externos. Sus oídos, aunque presentes, tampoco recibían las señales que llegaban de fuera. Así, esta niña bella, natural y salvaje, alejada de todo impacto exterior, decidió el día de su nacimiento tomar otro camino: el camino interno.

Los días y los años pasaban y, aparentemente, su vida iba tomando forma en la vida social y exterior. Fue a la escuela, a clases particulares de inglés y a jugar al parque. Sin embargo, aunque físicamente presente, Ardnas, como ella se llamaba, estaba completamente perdida rebuscando los caminos que iba encontrando en su interior.

Hizo muchos amigos, todos internos. Visitó muchos lugares, todos personales. Y, aunque también recorrió el mundo físico haciendo viajes familiares en la avioneta de papá, no había nada que la cautivara más que los entresijos que hallaba dentro de su cabeza, cuerpo y corazón.

La vida parecía pasar para todos. La gente se hacía mayor, su cuerpo también evolucionaba y su doble vida interna-externa, no parecía suponer ningún problema para ella ni para nadie.

Sin embargo, el día llegó en que un viejo y oscuro monstruo recogió y se llevó todo aquello que Ardnas utilizaba para meterse en su interior. Se llevó todos sus libros, sus muñecas, sus juguetes, sus lápices y cuadernos, sus diarios y todos los aparatos de música que encontró. Se llevó también su flauta e, incluso, convenció a todos los amigos imaginarios para que dejaran sola a Ardnas y se fueran con él.

¡Esto no podía ser posible! ¡Ardnas se encontraba sola en su interior! ¡Ya no había nadie a quién llamar! Ni siquiera podía cautivar con la melodía de su flauta a sus viejas amigas interiores que llegaban siempre veloces como si de tropas celestiales se trataran.

Ardnas sentía que no tenía opción, la vida que le esperaba era una eterna soledad en medio de la oscuridad. Una eterna soledad que sería para siempre, pues ella sabía que el interior nunca moría.

Invadida por su propio llanto, un día enloqueció. El sonido de sus propios sollozos comenzaron a crear ecos que se multiplicaban en la inmensidad de su mundo interior. Sus lágrimas comenzaron a formar un charco tan profundo que acabó cubriendo el cuerpo de Ardnas al completo.

Bajo aquellas aguas de lágrimas, los ojos de la que ya parecía ser una inerte y bella criatura, volvieron a abrirse. Ardnas vio colores que nunca antes había visto e, incluso, se hizo consciente de su propio cuerpo al verlo con sus propios ojos. De hecho, se dio cuenta que podía mover sus brazos y sus piernas. “¿Qué será esto que tengo? ¿Es esto mi cuerpo? ¿Qué será esto que veo? ¿Será esto el mundo externo?”- se preguntaba.

De pronto, se dio cuenta que no podía respirar. Sus pulmones, pertenecientes a un cuerpo de carne y hueso, necesitaban aire y… ¡ella se encontraba debajo del agua!

Entre rocas y plantas acuáticas, verdes y mucosas, vio una puerta en el fondo de aquel mar. La puerta, aunque robusta y fuerte, parecía vieja y algo roída por el tiempo. Sin embargo, el pomo de aquella puerta estaba como nuevo y se encontraba bañado en un color dorado completamente llamativo. Atraída por aquel brillo que encandilaba a sus ojos, nadó rápido hasta alcanzar el fondo. Agarró el pomo y tiró hacia sí misma, pero la puerta no abría.

De repente, entendió que si quería salir al mundo exterior, el movimiento tenía que ser hacia fuera y no hacia dentro, necesitaba hacer un movimiento hacia el exterior. Necesitaba apostar por lo que había fuera.

¡Menudo acto de humildad! Todo lo que antes había rechazado se encontraba al paso de cruzar aquella puerta. ¿Sería Ardnas capaz de cruzar aquella supuesta brecha entre su mundo interior y lo que podía esperarle fuera? ¿Sería capaz Ardnas de agradecer y reconocer lo que un día ya existía fuera de ella?

La respiración se acortaba, la vida se le iba y no se decidía a agarrar el pomo y empujar hacia fuera. ¿Moriría o encontraría la forma de volver a aquella vida no vivida?

Un cangrejo rojo llegó y se posó justo al lado de la rendija inferior de la puerta. Ardnas, vio, entonces, que por debajo de la puerta llegaba una luz que conseguía iluminar a aquel cangrejo.

El gesto de la cara de Ardnas se suavizó y una sensación de relajación invadió su cuerpo. “Salir, no debe ser tan difícil”- pensó Ardnas, sintiéndose preparada para tal aventura.

Y, sin a penas darse cuenta, tras aquella maravillosa reflexión, Sandra, como ahora se llamaba, estaba saliendo. Salía de aquel cuerpo acuoso en el que había estado viviendo, salía del útero materno.

Unos médicos de batas azules, en un hospital de color blanco, la sacaron del cuerpo de su madre. Y, rodeada por personas que cantaban y aplaudían felices por su llegada, Sandra pudo ver con sus propios ojos a aquella gente llena de gozo por su presencia, escuchar con sus propios oídos la viveza de todas aquellas canciones que le cantaban y sentir en su propio cuerpo el calor humano de todos aquellos que la abrazaban.

Nunca más se separó de su cuerpo, ni quiso tapar sus oídos ni cerrar sus ojos. Sandra vivió llena de cariño, recibió todo aquello que la vida le había preparado y compartió con los demás lo que el amor en la presencia le había enseñado.”

He realizado este cuento a raíz de una práctica que se nos pedía hacer a los alumnos de un curso de educación transpersonal que ahora mismo estoy realizando. Si te ha gustado, te invito a ti a hacer lo mismo. Solo se trata de coger un papel y un bolígrafo, escribir las palabras “Érase una vez…” y conectar contigo mismo y con lo que el corazón te esté dictando. Si te dejas llevar por tu imaginación y por el gusto de no saber qué va a pasar en la historia, dejarás que tu inconsciente te de muchas pistas acerca de lo que es tu vida y lo que puede llegar a ser.

CARTA A LA RABIA

Depende de la familia en la que hayas nacido y cómo se te haya educado, habrás aprendido a exteriorizar determinadas emociones y, algunas otras, habrás decidido guardarlas dentro de ti. La rabia o la ira de un niño pequeño puede ser vista como una amenaza para el padre que quiere tenerlo todo bajo control o quizás simplemente se vea como algo negativo del niño que le puede dar problemas a la hora de desenvolverse en la sociedad. Sin embargo, la rabia de un niño bien recibida, se convertirá precisamente en algo muy valioso para él en el futuro; le ayudará a marcar barreras, a ir con seguridad en pos de lo que desea, a no tener miedo a expresarse, a sentirse seguro y poderoso y, sobre todo, hará que el niño se encuentre en paz consigo mismo al saber que esa emoción, como todas las otras, es algo bello y completamente natural.

Necesitamos estar abiertos a recibir nuestra propia rabia para así dar la bienvenida a la rabia de los más pequeños, a abrigarla con amor, a entenderla. Comprender mediante la observación y el cariño qué se cuece bajo dicho comportamiento y no cambiar nuestra actitud cuando dicha emoción se presenta. Si transmitimos a los niños que no les queremos cuando externalizan su rabia, esas personitas (al igual que hicimos nosotros) acabarán guardando la rabia para dentro de sí y la dejarán bien escondida, creyendo que es algo malo y contaminando su paz interior.

Así, muchas personas caminamos la faz de la tierra con algo que ruge ahí dentro. Es simplemente nuestra propia fuerza, nuestra poderosa expresión… que un día reprimimos para conseguir amor y que seguimos reprimiendo para no salir de nuestra zona de comfort.

Hoy escribo una carta a la rabia que nunca acepté ni quise ver. Hoy escribo una carta a eso que ha vivido siempre dentro y que se ha mostrado de mil maneras con dolores en mi cuerpo. Hoy me abro a ella y estoy dispuesta a reconocer su verdadero y bondadoso poder.

“Rabia, ¿quién eres? ¿cómo vistes? ¿qué aspecto tienes? Rabia, quiero saber muchísimo más acerca de ti. De tu personalidad, de tus gustos y aficiones. Quiero saber qué detestas, qué es aquello que no puedes soportar, cómo te muestras, qué necesitas y de qué te alimentas. Rabia, quiero cuidarte, quiero quererte como a uno más, quiero invitarte a mi casa y sentarte con los demás en la mesa. Es cierto que nunca antes te abrí la puerta. Ni en aquellas noches de frío en las que nevaba en el exterior y tú llamabas insistente para no quedarte fuera. Es cierto que nunca quise ver tu cara, ni escuchar tu voz, ni ver qué baile me traerías. Yo jugaba con Alegría, le daba besos a Tristeza, acurrucaba en mis brazos a Ilusión, tenía largas y profundas conversaciones con Miedo, bañaba a Amor mientras le dejaba jugar con las pompas de jabón… pero a ti, Rabia, nunca dediqué ni la más mínima atención.

Ahora me doy cuenta de lo excluida que te has sentido en esta vida, de tu necesidad de escucha y de la gran desazón con la que has luchado por sobrevivir. Creo que me aproximo a comprender lo mucho que has sufrido y la tristeza que yo he debido sentir por haberte excluido a ti.

Rabia, cansada estoy de haber querido vivir sin ti. Siento que últimamente me ha faltado fuerza, coraje y determinación a la hora de decidir por mí y sé que esa es la factura que paga cualquiera que no quiere dirigir hacia ti su mirada. Feliz me encuentro de saber que sigues esperando y por fin, mi cuerpo te entrego para que puedas desarrollar tus dones dentro de él. He oído decir que eres una gran guerrera, que luchas desde el corazón y que das fuerza a la gente para empuñar la espada del discernimiento que llevamos todos clavada en nuestro pecho. Empuñar dicha espada quiero así como también deseo sacar contigo a esa guerrera que sé que ha despertado aquí dentro.”

Hoy ratifico que la ira es un sentimiento más que fue dado en este universo para poder canalizarlo de manera constructiva. Hoy entiendo que si no miro a la rabia de frente, que si no la abrigo y la quiero, nunca podré sacar de ella esas perlas guardadas bajo su concha.

rabia reprimida expresada