EL AMOR EN EL OPUESTO

Hoy estoy sintiendo muchas emociones de manera intensa desde que me levanté. Tuve un día ocupado así que no pude atenderlas debidamente durante el día. Ahora que es de noche, siento que hay una larga lista de espera en mi interior, esperando ser atendida.

Con mucho dolor- que siento internamente- me dispongo a trabajar y escuchar a cada una de esas emociones atentamente. Me pongo el traje de trabajo -un desnudo total- y abro la puerta para dejar pasar a la primera de ellas:

DESAZÓN

“Desazón”, así me ha dicho que se llama. Apunto su nombre en el papel de la consulta aunque, realmente, no sé que es lo que ella misma significa. Así, para empezar y entrar en calor le pregunto:

“¿Quién eres?”

“Soy la desazón – me responde- esa que, a veces, viene a visitarte pero nunca atiendes. Esa que te hace sentir que no hay salida y que no va a ver otra opción más que el camino que te desagrada.” 

La miro con curiosidad y me muestro sorprendida. Es cierto que sabía de su existencia hacía tiempo pero que nunca había llegado a notarla tan dispuesta a hablar conmigo. Esta sesión pintaba que iba a ser bastante interesante.

“Bien, desazón. Sí, es cierto que sabía de tu existencia. ¿Qué me vienes a decir?”

“En realidad, soy yo la que viene en busca de tu mirada, de tu atención, de tu escucha y tu consuelo.”

Respiro hondo, no sé qué decir.

“¿No vas a decirme nada?”.

El tono de su voz me intimida. Siento cierta vergüenza en mi interior. Es cierto que yo sabía que ella rondaba por los alrededores de mi consulta, sabía que me buscaba… y, yo, estaba bastante cabreada con lo que ella en sí representaba y, por tanto, nunca quise abrirle la puerta ni saber qué tendría ella para contarme…

“He sido cobarde, he de reconocerlo”- le dije. “Sinceramente, tu mensaje no es un mensaje que me interese. Tú siempre vas con la cabeza agachada, creyendo que no hay nada más por encontrar, que la vida no tiene sentido y que da igual hacia donde camines que todo va a ser igual. Pero es que, Desazón, vas como un alma en pena, sin rumbo fijo… ¿qué podría aprender yo de ti?”

“Como bien te decía al comienzo, soy yo la que quería saber de tu existencia, la que necesitaba un guía o una escucha, nunca te prometí ser yo la que te aportaría algo a ti… pero ya veo, claramente, tu altivez, tu hipocresía, tu avaricia y tu poca sensibilidad…”

De repente, en lugar de molestarme sus palabras, sentí un gran alivio. Últimamente, solo recibía halagos y mensajes positivos y, en realidad, podría ser que sus palabras SÍ tuvieran algo que aportarme.

“Es verdad que te he juzgado – le dije- es verdad que no quería saber nada de tu andrajosa presencia y tu negatividad pero, ahora que hablas, comienza a interesarme lo que cuentas…”

Se hizo un silencio entre nosotras dos.

“Sandra, siempre he vivido dentro de ti. ¿Por qué has hecho oídos sordos? ¿Por qué has cerrado los ojos a verme por quien yo soy? ¿No eres tú la que siempre busca que se le acepte al completo? ¿Quién quieres que te acepte si tú misma no eres capaz de ver todo lo que hay en ti?”- me dijo.

“No es de buen gusto saber que una tiene una parte oscura, desgastada y roída… eso debes saberlo…”– le respondí yo.

“Sí, ese es el papel que me ha tocado a mí pero… ¿te has planteado que puedes estar perdiéndote por no tenerme en consideración?”

“Si te digo la verdad, no se me ocurre nada que una parte tan miserable como la que tú supones en mi interior, tenga algo que aportarme….”- le dije con total sinceridad y apertura.

“PIENSA”.

“A ver, es verdad que sé que he atraído en mi vida a muchas personas en las que TÚ estás bien presente. Gente desanimada, depresiva, con pocas ganas de ver más allá, sin pasión ni interés por la vida… Sé, también, que la vida te pone delante a aquellas personas con características similares a las que uno mismo no puede ver en su interior… Sé que la vida quiere que sepa que yo SOY una persona COMPLETA y pone fuera de mí todo lo que no consigo ver dentro…”

“Así es…”– me reafirmó la emoción.

“Pero, aún así, no se me ocurre que puedes tener tú de bueno…”– le dije con aires dubitativos.

“Quizás, ese sea el principal problema, que intentes ver en mí un ápice de bondad…”

“Tiene que serlo, tiene que haber en ti algo bueno. Eso es lo que yo pienso, mi modelo mental de este Universo es que no hay nada en él que no tenga una utilidad…”

“¿Es para ti BONDAD igual a UTILIDAD?”- recalcó de manera muy aguda.

“Puede” – le dije.

“¿Y qué es para ti la utilidad?”

“Aquello que me enseña ALGO”.

“Bien, entonces yo soy buena si aporto y te enseño algo en tu vida, ¿no?”.

“Sí, así es”.

“¿Y qué crees que he venido a enseñarte?”.

“La realidad es que veo que lo único que tienes para aportarme es mostrarme la otra cara de la moneda. Es decir, sabiendo que existes tú, sé que también existe el lado opuesto. Ese lado en el que uno vive de buen agrado, encontrando diferentes caminos en su vida, dispuesto a comerse el mundo y saborear con gracia cada una de sus experiencias… Ese estado de corazón contento y cuerpo preparado para recibir en completa apertura y disponibilidad…” 

Me quedé pensando sobre las palabras que acababa de decirle y me reafirmé diciéndole: “Mmmm, sí, ¡es así! Ya lo veo…”

Me dio las GRACIAS con un simple beso, acarició con un susurro mi oído izquierdo y desapareció en ese justo momento…

Y, aunque, como le decía a Desazón, esto puede sonar a topicazo, me doy cuenta que esto es REAL. Es decir, es real que necesito entender que soy las dos partes y que ambas dos viven en mí. No soy esa persona que se come el mundo, que ve posibilidades más allá de dónde no las hay, que exprime, descubre y redescubre su propia esencia dándole gracias a la vida a cada instante. No, no soy esa… Y lo que es verdadero también es que no soy, tampoco, ese alma en pena perdida sin rumbo, desgastada y roída por los oscuros anocheceres de la vida, sin sentido ni pulso para vivir… No soy una, no soy la otra y, sin embargo, he de reconocer que soy las dos a la vez. Que me como el mundo a la vez que lo detesto, que AMO a la vez que ignoro, que atesoro a la vez que cierro mis ojos, que escucho a la vez que evito y que me entrego a la vez que me repliego.

Soy dos, soy una; soy todo y nada a la vez. Y celebro que tú estés hecho de lo mismo. Amo las diferencias que nos unen y los reflejos que nos damos el uno al otro. Te quiero tal cual eres. Adoro tus incongruencias pues no son más que la muestra viva de las posibilidades que atesoramos en nuestro interior.

Somos opuestos y a la vez iguales. Y eso es algo que nunca espero llegar a entender. Hoy solo quiero disfrutarlo. Disfrutar aquello que es dispar pero que baila abrazándonos con UNA misma música.

1073711_1561759107373149_6356548135261114433_o

* Pintura personal que ADORO – realizada con acrílicos

Armonía en dualidad

El día que me reconocí a mi misma y a la vida que era infeliz y viví de lleno el conocer esa infelicidad que vivía en mi interior, fue el día que encontré a la semilla de la felicidad esperando ser plantada ante mi puerta. Porque el día que reconoces que eres feo, malo, indigno, infeliz y todo aquello de lo que quieres huir y ocultar, es el mismo día que de manera natural se muestran dentro de ti la belleza, la bondad, la dignidad, la felicidad y la alegría de estar vivo.

Es en ese momento cuando dejas de luchar por ocultar todo lo que quieres ocultar y dejas de forzarte a mostrar solo aquello que quieres mostrar. Dejas de querer que los demás te hablen de tus buenas cualidades y de temer que alguien te muestre con sus gestos o palabras lo que sabes que también se esconde dentro de ti y que tú todavía no has aceptado y abrigado .

Esos días de reconciliación y sinceridad con uno mismo son días de PAZ en los que no hay nada que desterrar y se puede abrigar la generosidad de saberse completo. No digo que yo haya hecho el camino, pero todo parece indicar que el camino de entenderse como un ser completo es el que mayor armonía trae a nuestra existencia. Y, ¿quién no quiere vivir en ARMONÍA?

Amar lo oscuro y lo luminoso que hay dentro de nosotros. Y no entendiendo a lo oscuro como algo malvado, sino como tierra oscura fértil que hay que venerar y cuidar para que todas nuestras flores nazcan de ella y crezcan hacia el exterior; estando sanas, frescas, fuertes y llenas de vida.

1912406_712618352130688_1746238166_n

ATARDECER

Cada mañana, la Tierra -representando a lo femenino- da a Luz al Sol -que representa a lo masculino. Él, sin mirar hacia atrás, parte hasta llegar a lo más alto del Cielo. Al caer la tarde, la Tierra se abre de nuevo para recibir al Sol dentro de Ella.

Es en este justo momento, cuando contemplas como el Sol se funde con todo su calor en las frescas aguas de la Tierra,  que tú puedes sentir en tu interior el placer intrínseco de tal inevitable Unión.

Así, la humanidad es recordada cada atardecer lo natural que es entregarse en confianza a la plena unión con el otro. Este es el regalo de recibir como Mujer, este es el regalo de ser recibido como Hombre.

Imagen

ESPIRITUALIDAD

Estoy cansada de luchar. No hace mucho aprendí el valor de la entrega y la rendición. Sin embargo, me encuentro otra vez a pie de guerra, prendiendo fuego a ilusiones que se desvanecen ante mi antes de que pueda atacarlas. Hacha en mano me dirijo a ningún lugar creyendo que yo tengo el mapa, creyéndome la reina y sabia de este terreno que pienso ser solo mío.

Rendición. Total desapego de esta realidad que generamos a través de nuestra mente. Desapego de la mente, desapego del yo. Espiritualidad, ¿qué es eso? ¿y quiénes son aquellos interesados en ella? Iluminación, este concepto comienza a convertirse en comedia irónica cada vez que lo escucho en bocas ajenas.

Miedo, tienes miedo, miedo de morir en vida. Por eso no estás en contacto con tu ser que es espiritual, por tu apego, por tu dependencia, por tu necesidad de seguridad. Tú, que dices querer ser iluminado, tú que hablas de espiritualidad; obsérvate, estás apegado a un nuevo papel de persona espiritual, a un nuevo rol en tu vida, a una definición de tu personalidad que ahora te gusta más.

Dejar el agua pasar. Eso es, deja el agua correr a través de ti. Por fin entiendo lo que es el desapego. No identificarse con nada, no asociarse a nadie, solo ser. Es complicado, es arriesgado, es la única vía hacia la verdadera compasión. Sólo cuando no queremos acapararlo todo, solo cuando no queremos ser los dueños y señores de nuestros logros y nuestros objetos, solo cuando entendemos quienes somos por encima de nuestras etiquetas, nuestro curriculum, nuestro papel en la sociedad y nuestro pasado; solo entonces estamos liberados de los apegos.

Pero sí, eso es muy complicado. Uno se siente muy bien apegándose a un personaje, nos da muchísima seguridad y, además, los demás nos aceptan y nos dan más de ese amor superficial que tanto anhelamos. Sí, los demás, al vernos ser como siempre somos, al vernos desempeñar nuestro personaje nos apoyan más porque se encuentran seguros, saben delante de quien están. ¿Me explico? ¿Me entiendes? Nosotros queremos estar seguros de quienes somos y los demás también quieren relacionarse con alguien que ellos saben quien es. Si no, nos morimos de miedo; porque si yo no soy “la hija”, “el trabajador X”, “la madre”, “la que siempre ayuda”, “la que tuvo esa historia”, “el que “es que es así””, “la pareja de”; entonces ¿quién soy? Yo, por ejemplo, hace año y medio tenía a mi personaje en la vida bien atado. Laboralmente, por fin, ya tenía ese puesto que me gustaba y ese reconocimiento por el que había luchado tanto. Podía mirar mi curriculum y hablarle a quien fuera con propiedad y pasión sobre aquello a lo que me dedicaba. Parte de mi personalidad se encontraba fuertemente asegurada. Además, tenía una pareja que me quería y me sentía muy identificada en mi papel de hija pequeña contando con el apoyo y protección de unos padres orgullosos por lo encaminada que iba. Trabajadora eficiente, novia, la hija pequeña y protegida, la que nunca grita, la pacífica, la que sonríe,… Todo estaba bajo control, ¿por qué iba a querer salir yo de ese lugar tan seguro?

Sinceramente, no fui yo quien decidió salir de ahí. Algo pasó, algo ocurrió. Lo que sí sé es que siempre, desde muy pequeña, supe que había un hueco vacío dentro de mí. Yo era feliz, muy feliz, y muy agradecida por ello. Pero también sabía que algo no funcionaba.

Recuerdo hace menos de dos años cuando la psicóloga me dijo: “Sandra, tu autoestima está basada en tres pilares: tu trabajo, tu peso y lo que los demás opinan de ti. El amor hacia ti misma no nace verdaderamente de ti, está basado en cosas externas. Cuando dejes de trabajar, te vas a dar un gran batacazo”

¿Quién sabe? Quizás fue eso, aquel fue el primer paso en mi vida que di siguiendo a mi corazón y no a las exigencias de mi cabeza. Me dejé el trabajo porque me había enamorado y volví a mi ciudad de origen. Y sí, la vuelta sin tener una rutina y un trabajo fue dura, parte de mi valorado personaje se había perdido en el viaje de tren Madrid-Elche.

Fuera por lo que fuere, unos meses más tarde pasó, ocurrió algo. Algo externo, ajeno a mi, no decidido ni planeado sucedió. Y yo abrí los ojos.

Me desapegué de todo, viajé, exploré. Y, ahora, en mi intento por volver a “la normalidad” estoy aterrada porque vuelvo a apegarme. Antiguos roles, caducados papeles, objetos y algún que otro objetivo (aunque no los quiera poner)… La dependencia ha vuelto, la necesidad externa, el apego total… todo ello está aquí de nuevo y sé que ha llegado para enseñarme algo.

Y yo me pregunto, ¿seré capaz de relacionarme con mi personaje con total desapego? ¿o debo abandonar mi personaje y arriesgarlo todo? ¿conseguiré mantener un estado de paz y confianza mientras el presente construye sin mí el futuro?

La espiritualidad no se elige, la espiritualidad llega. La espiritualidad no está ahí fuera, está dentro de ti. La espiritualidad no es ponerse un traje específico, hacer posturas, ponerse normas, marcarse límites y muchísimo menos ver que hay cosas que “están bien” y cosas que “están mal”. Y esto último es lo que más me llama la atención de lo que dicen ser espiritualidad. ¿Cómo es posible que sabiéndose desde el punto de vista espiritual que TODO ES UNO, sabiéndose que la dualidad es una ilusión… como es posible que se diga que hay cosas que están bien y cosas que están mal? ¿Cómo es posible que líderes espirituales pongan normas, prohiban experiencias o digan que hay que mantenerse alejado de ciertas cosas? Quien dice eso sigue completamente embrujado por la ilusión de la dualidad y completamente confundido al no ver que el bien y el mal son mensajes con un mismo remite.

Este post ha acabado siendo un popurrí de información. Supongo que tenía tantas ganas de mencionar cualquier cosa acerca de este tema que las ideas han salido disparadas.

Para concluir, destacaré los mensajes que he pretendido comunicar en este texto:

–  Si dices ser un ser espiritual, entonces, es porque te has desapegado de tu personaje. Eso no quiere decir que tengas que romper con todo; eso quiere decir que puedes seguir viviendo tu vida tal cual eres pero entendiendo que tú eres muchísimo más que eso. Eres más que tu profesión, eres más que lo que los demás opinan de ti, eres más que lo guapo o feo que te ves hoy, eres más que madre/padre/hijo…, eres más que tus pensamientos, que tus logros y tus fracasos… Y si te cuesta verlo, que es lo más normal por lo que nos han enseñado, solo tienes que pasar unos cuantos días en la naturaleza, en silencio, en soledad; reencontrándote contigo mismo. Dejando que tu mente se limpie y tu corazón se relaje.

–   La iluminación no es algo inalcanzable.  Pero, primero y ante todo, ¿estás seguro que quieres ser un iluminado? Dicen que ser un iluminado es morir en vida; ese personaje tuyo al que tanto te estás agarrando se muere y TÚ vuelves a nacer. Todo es nuevo, las reglas del pasado ya no existen, la gente que hay a tu alrededor se hace nueva para ti… ¿realmente lo quieres?

–  El miedo siempre vuelve y con él el apego a las cosas y a los papeles. Y tendemos a luchar, a luchar por combatir los miedos, a intentar solucionar nuestros problemas a más no poder. Queremos controlar nuestros miedos, controlarnos a nosotros, que no se apoderen de nuestro ser. La clave, por mucho que cueste y poco estemos acostumbrados, es RENDIRSE. Abrazar los miedos, observar y dejar que ellos nos guíen. Con paciencia, con humildad, con mucha confianza en el presente.

Y ya, por último, UN MILLÓN DE GRACIAS por haber leído lo que este corazón necesitaba poner en palabras.

OJO