SUFICIENTE

Quizás todos sois diferentes a mí. Quizás somos todos iguales aunque disimulamos no serlo. Quizás todos lloráis por vuestro corazón roto, quizás vuestra mirada no alcanza a ver a las personas que tenéis delante, quizás estéis paralizados por el miedo, quizás no queráis asumir una vida llena de insignificancia. Quizás vuestra vida esté llena de un sentido personal para vosotros, quizás sea mi vida la que está completamente desvinculada de su propósito. Quizás me hago daño para demostrarme que sigo viva. Quizás pretendes llenar un hueco, quizás yo tenga un vacío inabarcable. Quizás busques donde no haya nada. Quizás te decepciones en un solo despertar. Quizás la noche no disimule todas mis sombras. Y quizás la luna no me baste para confiar en los ciclos de la vida y el vaivén de las circunstancias.

Quizás necesite algo más. Quizás no baste con llorar. Quizás no baste con pensar. Quizás mis brazos llevan mucho tiempo separados de los tuyos. Quizás es momento de acogerte en mis adentros, de fundirme con tu esencia, de recordar aquello a lo que pertenezco, de hacerme tierra, deshacerme como agua y alquimizarme como fuego.

Quizás es hora de reivindicar mi belleza, de abrir los ojos para desengañar vuestras convicciones, de dar la espalda al juicio y al rechazo, de hacer caso omiso a quien no sabe y apagar las colillas de la ignorancia.

Quizás ya no siento lástima de los corazones abarrotados, quizás ya no quiera desmantelar a quienes llevan máscaras, quizás sea hora de despreocuparme por los humanos apenados, hundidos, afectados. Quizás sea cuestión de enraizarme en mi vida, en mis valores, en mi historia y en mis hechos. Quizás ya no me valgan tus percepciones externas. Quizás no quiera más de tu vomitera verbal. Quizás haya tenido suficiente.

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SOLTAR

Hay veces que las cosas, simplemente, hay que dejarlas ir.

Es como cuando sueltas ese globo de color chillón que sujetabas entre tus manos y lo ves volar alejándose de ti con la fuerza del viento; o como cuando llegas a un río con una corriente muy brava y dejas algo entre sus aguas para que sea arrastrado por su caudal; o como cuando espiras una emoción y dejas que solo el aire que te rodea sienta como ha salido de ti, evaporándose y desapareciendo de tu persona.

Es un arte presenciar la disolución de las cosas, la ida de las personas, el fin de un estado anímico, la llegada de lo que todavía es desconocido y aparecerá como inesperado. Es un arte vaciar maletas, lavar las manos, renunciar a lo que nuestra mente quiere poseer y agarrar como si fuera suyo. Es un arte SOLTAR y es un arte que debemos practicar cada día más.

S O L T A N D O aprendo a dejar que el mundo siga girando en su incesante y mágico movimiento.

A M A R R A N D O le pido al Universo que se pare por y para mí.

¿Y para qué? ¿Y por qué? ¿Qué consigo cuando me amarro a aquello que ya se le fue el color de la vida? ¿No estaré agarrada solo a un puñado de miedos? ¿No será que esa puerta que tengo delante, llamada futuro incierto, me aterra y por ello quiero vivir anclada a algo que carece de sentido y existencia por sí mismo?

Es esa actitud de querer detener el tiempo la que mata lentamente las lucecitas centelleantes de nuestra alma. Es la necesidad de lo estático la que frena nuestra danza vital y humana. Es el querer aferrarse a algo que conocí por no abrirme a descubrir de lleno lo que me depara lo desconocido. Es una emoción que conocemos demasiado y a la que debemos ponerle nombre, se llama MIEDO.

El miedo es una emoción natural y humana que nos avisa de peligros a los que debemos estar alerta. Busca que nos pongamos rápidamente a la acción si hay algo que nos acecha y pueda afectar negativamente a nuestra salud física, emocional o mental. Es una emoción que, a fin de cuentas, tiene un único objetivo: PROTEGERNOS.

Sin embargo, hemos de saber de qué es exactamente de lo que nos estamos intentando proteger. ¿De lo nuevo? ¿Del vacío que surge entre una etapa y la siguiente? ¿Del vértigo que da ver tus manos carentes de aquello que tenían y sin saber si habrá algo que las vaya a volver a llenar?

Vivimos tan desconectados de lo que, verdaderamente, sí poseemos; que vamos locos intentando colmar lo que creemos que está vacío en nuestro interior. Si realmente, dedicáramos un poco más de tiempo a escucharnos a nosotros mismos y a apreciar todo el cariño, atención y escucha que puede surgir de nuestro interior, no tendríamos una actitud tan temerosa ante el natural ir y venir de las situaciones de la vida.

Sí, es un poco difícil, a veces, centrarse y reconocer que es uno mismo el que acabará dando el paso hacia quererse y hacia mirar por su propio bienestar. Nos da algo de pánico sentir que, en el fondo, sí somos poderosos. Sin embargo, ser poderoso no implica que no vayamos a seguir necesitando de lo externo. Sentir nuestro poder solo quiere decir que, pase lo que pase ahí fuera, nunca estaremos solos.

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ilustración personal

QUE EL CORAZÓN NOS GUÍE

Si dejo que el corazón me guíe sin mayor propósito que llegar a tu corazón, este texto se escribirá solo sin necesidad de que mi mente se ponga en funcionamiento.

Si dejo que el corazón me guíe y me indique qué es aquello que tú necesitas escuchar, las palabras que tú precisas entrarán sigilosamente por tus oídos sin que yo sepa ni lo más mínimo sobre lo que ando balbuceando.

Si dejo que el corazón me guíe y nos muestre nuestro camino, el camino ya se habrá abierto por completo ante nosotros.

Si dejo que el corazón me guíe, mis brazos se habrán fundido con los tuyos sin ni siquiera tú habérmelo sugerido.

Si dejo que el corazón me guíe, ningún esfuerzo será necesario.

Si dejo que el corazón me guíe, podré mirar por la ventanilla apreciando todos los regalos de la vida.

Si dejo que el corazón me guíe, me daré cuenta que tú y yo somos lo mismo. Podré apreciar el brillo centelleante de tus ojos, notar el calor de un corazón amigo, sentir tu bondad y tu inocencia y gozar como un niño con mágicos tesoros.

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Ilustración personal y texto personal rescatado de los comienzos de este blog 

RESPONSABILIDAD

Estaba meditando ante la terrible idea de la palabra RESPONSABILIDAD cuando, de repente, entendí que la responsabilidad no era algo impuesto que tuviera que ser cargado sino una condición natural del ser humano. Somos responsables desde que nacemos de nosotros mismos y esto no está hecho como un castigo sino como un regalo para que todos podamos aprender de nuestras experiencias con el medio durante nuestra vida.

Hay una diferencia clara a la hora de responsabilizarnos de nosotros mismos- a la hora de cuidarnos, atendernos y tomar nuestras propias decisiones: podemos estar queriendo hacerlo todo solos, llevar el mundo colgando a nuestra espalda, apoyar todo el peso en nuestros únicos dos pies… Podemos decidir responsabilizarnos de nosotros mismos creyéndonos todopoderosos, separados del resto y conocedores de todas nuestras posibilidades y caminos. O, por el contrario, podemos aventurarnos a responsabilizarnos de nosotros mismos desde el conocimiento de interdependencia y necesidad natural que tenemos con el resto del medio en el que vivimos.

Digamos que están aquellos que no se responsabilizan de sí mismos: lo dejan todo al azar y a la fortuna, se esconden tras su pareja, su papá o su mamá; se paralizan, cierran sus ojos o se convierten en máquinas automáticas a la hora de relacionarse con la vida. Digamos que hay otro grupo de personas que sí decide llevar su vida según su propia voluntad y toman la responsabilidad de saberse vivos y con una vida a gestionar. En este último grupo encontraríamos dos tipos de personas: aquellos que lo quieren hacer todo solos y acaban por “quemarse” con las subidas, bajadas y supuestas inconveniencias de la vida; y aquellos que se saben parte de un todo y que deciden apoyarse en el ciclo y en la corriente de la vida que afecta a todos y a todo lo que les rodea.

Yo he estado en los tres grupos, especialmente, en los dos primeros. Intenté hacerme responsable de mí misma pero no sabía confiar en los demás ni en un propósito Mayor; esto se me hizo muy pesado y decidí ser como aquellos que se esconden y no quieren tomar las riendas. Cansada de ocultarme, decidí volver a tomar responsabilidad de mí misma pero cuando no confías en lo que hay fuera y dentro de ti, ¡responsabilizarse es una pesadilla!

¿Por qué lo quiero hacer todo sola? ¿Por qué creo que la responsabilidad implica aislamiento y capacidad de hacerlo todo por uno mismo? ¿Por qué tengo este concepto en mi cabeza de necesidad de aprender a valerse por uno mismo? De esta manera, acabo siempre optando por soltar la responsabilidad de vivir mi vida; se hace cansado.

Por eso, esta mañana, me preguntaba por qué no medito y confío un poco más, por qué no me estoy dejando guiar, por qué no dejo que la corriente fluida de la vida me lleve a dónde me quiera llevar. Yo, realmente, pienso que la responsabilidad que tenemos como seres humanos es ser CONSCIENTES de aquello que nos rodea para poder aprender y disfrutar placenteramente de la vida. En cuanto al rumbo, personalmente, pienso que hay poco por hacer. Creo que la vida es como un río del que formas parte, puedes optar por pasarte la vida intentando parar las aguas o intentando construir diferentes afluentes y cauces; o puedes dejarte llevar siendo aquella parte del río que te tocó ser; disfrutándola, aprendiendo de ella y, potencialmente, dirigiendo esta corriente del río hacia dónde quiera tu corazón mediante el poder del amor y de la atención.

Por todo ello, le pido a Dios, a mi corazón, al destino de la vida, a aquello que nos conecta… que me guíe de nuevo, que me deje confiar, que me ayude a entender que no lo sé todo, que no puedo con todo, … que, independientemente de saber que yo soy el río, saber que soy, a la vez, una parte de él. Le pido que me ayude a entender que soy una gota en el océano y que la felicidad llega cuando te reconoces como un agente más colaborando en las historias de esta vida.

Quiero confiar, volver a confiar. Quiero pedir ayuda, volver a sentirme guiada. Dejar de lado las intenciones de crear mi propio futuro sin tener en cuenta el resto de los elementos. ESCUCHAR. Moverme al ritmo del Universo. Formar parte del ciclo. Ser una parte del todo, dejarme orquestar.

Ser un instrumento en la orquesta de la vida y sentir la música creada como si fuera aquello que alimenta mi interior. Soltar la responsabilidad de forjarme una vida al margen de los demás y sentir en mi interior la responsabilidad de saberme receptora de indicaciones, de escucharlas, de saborearlas, de seguirlas y confiar en mí y en ellas.

No sabemos tanto como creemos, no se trata de sacarnos las castañas del fuego… se trata de saber que sin las castañas, sin el fuego, sin tu cuerpo ni tus manos, no serías capaz de llevártelas a la boca. Se trata de saber que estamos todos interconectados, que hay un flujo que nos mueve a todos por igual y que disfrutaremos más si nos dejamos llevar siendo agradecidos y conscientes de aquello que se nos está dando.

Se trata de…

CONFIAR

EL MUNDO

Si enciendes la televisión, escuchas la radio o abres un periódico, descubrirás que vives en un mundo despiadado en el que vive gente en la que no se puede confiar.

Sin embargo, si abres tus ojos a la gente cercana que te rodea y observas su manera de actuar, descubrirás que en el mundo hay mucha más bondad, compañerismo, altruismo y cariño que el que se comunica en estos medios.

Los medios de comunicación buscan llenarte la cabeza de problemas en los que pensar y hacerte creer que vives en un mundo escaso de recursos y lleno de catástrofes de las que tienes que intentar salir ileso.

A la gente que quiere dominar, no le interesa que tengas la mente clara. No le interesa que veas tu propia grandeza, ni que entres en contacto con los recursos de los que sí dispones, ni que te des cuenta de que puedes CONFIAR y colaborar con otras personas. Ellos quieren hacerte creer que ellos son tu ÚNICA salvación en este mundo “lleno de problemas”.

Pero no, ellos no son tus salvadores. Ellos no tienen ninguna respuesta. La respuesta la tienes TÚ que eres quien DECIDE en qué tipo de mundo quieres CREER vivir.

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NACIMIENTOS

Si una emoción me visita y no consigo entender qué me quiere decir, me pongo en movimiento (e-MOCIÓN). Bien pinto, bailo, escribo, canto o medito; hago algo en lo que mi mente no tenga el mando y, así, pueda yo dejarme llevar por dicha emoción. Para parirla y conocerla, me entrego en presencia a ella, la acuno, le doy espacio y dejo que salga sin juzgarla. Hoy, opté por agarrar un folio y un bolígrafo y dejar que la emoción misma moviera mi mano para expresarse. Esto fue lo que salió:

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Mirando el dibujo, he pensado en una palabra que me evocara dicha imagen y de mí ha salido la palabra: PASIÓN.

“¿Pasión?”- me he preguntado extrañada. “¿Qué tendrá que ver la pasión con el acto de parir?” Ante la duda del por qué había establecido tal conexión, he echado mano del diccionario etimológico:

“la palabra pasión viene del latín passio que, a su vez, viene del verbo pati, patior (padecer, sufrir, tolerar), indicando a la pasión como lo contrario de la acción, es decir, un estado pasivo del sujeto.”

Bien, resulta que, al contrario de lo que solemos interpretar como pasión, el origen y significado de esta palabra son relativos al sufrimiento y la pasividad, es decir, a padecer y a la no-acción. Y, entonces, he podido entender por qué mi dibujo me llevaba a la idea de la PASIÓN y es que…

A la hora de parir (a la hora de parir un hijo, una idea, una obra de arte, un nuevo trabajo, una nueva vida para nosotros mismos…) es necesario cierto nivel de PASIVIDAD. Sí, al contrario de lo que se nos dice- que tenemos que hacer mucho esfuerzo y muchas acciones para dar a luz a nuevas cosas-, lo que se requiere por nuestra parte es, sobre todo, altas dosis de confianza, presencia, paciencia y de “no hacer”.

El hijo, a los nueve meses, va a nacer sí o sí. La madre actúa pero, sobre todo, SE ENTREGA. La madre suelta el control y deja que sea la naturaleza la que saque a su hijo a través de ella. La madre se encuentra en un estado de presencia incondicional, la madre confía y recibe a la criatura. A la hora de parir algo nuevo (un hijo, una nueva vida para nosotros, un cambio…), actuemos pero, sobre todo, presenciemos el proceso, confiemos en que lo mejor ya está aquí y saldrá sí o sí. Optemos más por el “no hacer” o, mejor dicho, por no querer sobrecontrolar o manipular desde la mente. Confiemos y actuemos solo desde la presencia y la escucha profunda.

Por otro lado, parir algo, dar lugar a lo NUEVO, llevar algo a la luz, requiere cierto sufrimiento. Sufrir significa etimológicamente “sostener, padecer, soportar, tolerar…”. Es decir, para dar luz a lo NUEVO, requerimos estar presentes, sostener el proceso, tolerar los altos y los bajos. El sufrimiento no tiene por qué ser doloroso si lo contemplamos, si lo sostenemos, si lo respiramos, si lo integramos como parte de aquello nuevo que se está creando.

Últimamente, el acto de parir me inspira mucho… Tan salvaje, tan natural, tan humano… Es en este acto donde entendemos la fuerza de la naturaleza, donde nos rendimos a ella, donde nos entregamos y, verdaderamente, confiamos…

parir pasion 2 Pintura de Amanda Greavette

Toda esta exploración, me llevó a ver en youtube algunos vídeos de partos naturales. Este es el primero que encontré: https://www.youtube.com/watch?v=kP3FNOKQKIQ  ¡Cuánta belleza he sentido hoy!

QUIERO SER PERFECT@

Hace cuatro años, antes de que mi camino se enfocara de una manera profunda en lo espiritual y el desarrollo personal, me encontraba llorando en el despacho de una terapeuta. “Quiero ser perfecta”- le decía entre sollozos con toda la convicción. Y no solo se lo decía estando completamente emocionada sino que también mi tono indicaba la rabia de no poder serlo y, de alguna manera, algún tipo de entendimiento de que si lo quería de verdad, finalmente, mi deseo iba cumplirse.

Quería ser perfecta y, obviamente, sabía a un nivel racional la estupidez que estaba verbalizando… Sin embargo, a un nivel emocional y a un nivel mental, esa era mi verdad y ese era mi deseo.

Quería ser perfecta, en primer lugar, en mi trabajo. En aquella época, trabajaba en el departamento de marketing en una multinacional, me apasionaba mi trabajo e intentaba hacerlo de la manera más perfecta posible. No quería ningún tipo de mediocridad saliendo de mis manos, quería sentirme orgullosa de lo que hacía y ponía todo mi empeño y mi atención. Mi trabajo tenía que ser perfecto pues yo no iba a dar menos que eso.

Quería ser perfecta también con mi pareja. Estaba saliendo con un chico y él era el primero con el que mantenía una relación. Yo, era la “CHICA” de la relación y, dentro de lo poco que sabía del rol que la parte femenina desempeña, yo tenía que ser la chica perfecta. Eso era sinónimo de tener un cuerpo delgado, estar siempre depilada, oler fenomenal a todas horas, arreglarme, contener alguna que otra emoción o pensamiento y, por supuesto, COMPLACER. Sí, era la novia perfecta y es que yo, no podía ser menos que eso.

Quería ser la hija perfecta. Mamá y papá tenían que sonreír ante cualquiera de mis acciones. No había nada que me complaciera más a mí que ver la cara de mis padres cuando sacaba buenas notas, me ascendían en mi empleo o callaba mis opiniones en lugar de llevarles la contraria. A mi entender, someterme al pensamiento de mis progenitores era la mejor manera de ser perfecta. Por supuesto, no quería molestarles o entrar en ninguna pelea. Prefería pasar desapercibida, cumpliendo con las tareas que me pedía la vida; así ejercía yo mi papel de hija perfecta. Y es que yo, no podía ser menos que eso.

Procuraba ser también la hermana perfecta, sí. Y, por lo demás, en lo demás… creo que me dejaba relajar un poco con mi propósito de la perfección.

A día de hoy, no es que haya avanzado algunos pasos en el camino. Es que aquel camino, directamente, desapareció y hoy me encuentro en terrenos con paisajes completamente diferentes.

Ya no quiero ser perfecta, ya no. Hace tiempo que detecté ese personaje juzgador que llevaba en mi interior y que paraba cualquier intento de hacer algo de manera espontánea. Hace tiempo que decidí arriesgarme y ver que, en realidad, no había mucho que perder.

Y no, realmente, no hay nada que perder. Y me refiero a esos momentos en los que sientes que necesitas un cambio: un cambio en tu vida, un cambio en tu forma de ser… Y es que cuando, de alguna manera, te encuentras descontenta con tu actitud actual y sientes que quieres cambiar, realmente, ¿qué puede pararte? ¿La comodidad? ¿La comodidad de estar siendo algo que no eres? ¿Es que eso es realmente cómodo?

¡Venga ya! Nos autoengañamos creyendo que estamos cómodos sobre sillones llenos de agujas. Si no estás cómodo, levántate. ¿Qué tienes que perder? Quizás tengas que estar levantado un buen rato hasta que vuelvas a encontrar otro sitio u otra forma de relacionarte con la vida, quizás nunca la encuentres… pero, al fin y al cabo, ¿a qué crees que viniste a la vida? ¿A ser una seta en el lugar en el que te encuentras?

Podemos reinventarnos cada día, rehacer nuestros papeles, reconectar con la verdad que hay en nuestro interior… Que ayer fueras de una manera en concreto, no significa que tengas que ser así hoy. Que lleves diez años comportándote de cierto modo, no significa que ese seas TÚ realmente.

Yo te invito a RESPIRAR. A respirar de manera profunda, a olvidar por un momento quién eres tú en el puzzle de tu vida social y a dejarte nacer de nuevo: cada día, cada hora, cada minuto…

CADA VEZ QUE TÚ QUIERAS.

Renacer…

…solo se renace en el silencio, en el silencio interno.

Hay muchos jueces ahí fuera indicándonos lo que hacemos bien y lo que hacemos mal y hay un GRAN JUEZ dentro de nosotros, en nuestra cabeza, que hace de voz de todos esos jueces externos. No le tengas miedo, él solo quiere que mejores, que llegues a “algún lugar”, que seas alguien, que encajes, que te acepten, que te quieran… No le juzgues tú a él, déjalo ser, déjale hablar… Escúchale sabiendo de todas sus limitaciones, quizás tampoco a él le guste tener el papel que le ha tocado… Dale las gracias por sus consejos, por ser esa voz, por querer para ti lo mejor… Y, continúa caminando con él pero sin dejarte afectar por ello. Si un día él se quiere marchar, deja que sea él quien lo decida.

Las voces de la mente solo hablan de lo que saben y saben bastante poco pues son solo un disco rayado de voces externas que vienen del PASADO. No las desprecies ni pretendas acallarlas pero no te las creas.

Para saber lo que es VERDAD, escucha mucho más adentro. Conecta con tu respiración, conecta con tu cuerpo, pon una mano sobre tu corazón en la zona de tu pecho, siente aquello que está ocurriendo justo en este momento… Observa interiormente, siente, respira, respira, respira… y conéctate con lo que es VERDAD para TI, ahora, en ESTE JUSTO MOMENTO.

¿HABLA TU CORAZÓN?

Mi corazón ha retomado el habla. Le está costando porque ya se sabe que cuando uno pierde un hábito, luego cuesta retomarlo.

Hablaba bajito esta mañana, a penas lo estaba escuchabando susurrar cuando le he preguntado: “¿Qué dices?”. Entonces, justo en ese momento, se ha callado. “¿Será que tiene miedo de hablar?”- me he preguntado para mis adentros.

El día ha continuado y he estado bien atenta por si lo volvía a escuchar. Sin embargo, no habían señales de que quisiera lanzarse otra vez al parloteo.

En una ocasión durante la tarde, mientras pasaba tiempo con mi hermana y mis sobrinos, ha vuelto a decir algo en una melodía que parecía amorosa y comprensiva. Aún así, seguía teniendo un volumen muy bajo y su pronunciación poco entrenada no me dejó entender bien qué estaba diciendo.

Mi corazón ha vuelto hablar. Aunque no le entiendo, le siento. Y espero que pueda comunicarse conmigo muy pronto.

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EL CAMINO MÁS SENCILLO

Ya llevaba siete meses en India cuando fui a visitar a aquel doctor de medicina ayurveda. Estaba a punto de marcharme a Nepal cuando tuve con él mi última consulta. Tomándome el pulso- como suelen hacer los médicos orientales para saber qué ocurre dentro de ti- me dijo el doctor: “Sandra, el tipo de energía que tienes es para llevar una vida muy enraizada en la espiritualidad, deberías encontrar un Maestro que te guíe en ese camino”. Le miré con cara de desilusión y le dije: “Ya he buscado y la verdad es que no me gusta nada de lo que he visto”. “¿Has probado a ir a las charlas que da Prem Baba?”, me vinieron varias imágenes del día que decidí visitar a aquel maestro y respondí: “¡Sí y no me gustó nada!”.

“Bueno, me viene otra persona a la cabeza, yo le he atendido a él y siento que por el tipo de energía que tenéis, podríais conectar el uno con el otro. Vive en la montaña, en un complejo de casas con un par de discípulos, quizás sea él quien te pueda enseñar”. La verdad que tras haber mencionado a Prem Baba, desconfiaba de que esta segunda recomendación pudiera servirme de algo, aún así, por la confianza que este doctor sí despertaba en mí y por saber que no perdía nada por intentarlo, agarré el papel que el doctor me dio con la dirección y nombre de aquel maestro.

Al estar en India- un país poco seguro para viajeras- le pedí a un amigo que me acompañara. Cogimos un taxi dispuestos a conocer a aquel señor que vivía en la montaña.

Una de sus discípulas –de hecho, la única que en aquel momento vivía con él por allí- nos atendió. Nos dio un vaso de agua para facilitar la espera y nos dejó dar una vuelta por aquel lugar de residencia del maestro anciano. Se sentía un ambiente tranquilo, se respiraba paz.

El hombre llegó, desnudo con un trapillo blanco entre sus piernas y una cara muy amigable; a penas tenía dientes y no hablaba muy bien inglés. Su discípula se quedó para hacer la traducción.

“Bien, ¿qué queréis preguntarle?”- dijo ella.

Yo me quedé en silencio y no respondí. Si, de verdad, aquel hombre era un Maestro, no haría falta que le preguntara nada. No creo en las palabras vacías, tampoco en las palabras preparadas ni en preguntas que uno se apunta y se guarda bajo el brazo. Creo en el momento, creo en el poder que tiene compartir tiempo y espacio frente a una persona, creo que la magia se desenvuelve por sí misma y trae los regalos necesarios sin tener que provocarlos. Así que esperé, callada, mientras aquel hombre nos miraba con ganas de explorar qué hacían estos dos transeúntes occidentales en el porche de su casa.

La discípula se rió amistosamente y dijo: “¿Todo? ¿Le queréis preguntar acerca de todo? ¿Todo es una duda?”

Me encontré con los ojos de él y mirándole fijamente comencé a hablar. Dejé salir de mi boca las desconcertantes e intensas experiencias que había estado teniendo estos últimos dos años y, sin esperármelo, tras haberle contado mi aventura espiritual, acabé mencionando a mi familia.

La verdad es que no me lo esperaba, estaba frente a aquel maestro con el que pretendía dar luz a mi duda más trascendental, y me vi compartiendo con él mi dolor más humano. Ahora que recuerdo bien, acabé mencionándole lo duro que había sido para mí que mi familia no me apoyara en los pasos que estaba dando. Todo lo demás se me hizo poco importante, había algo enterrado en mí y era esa necesidad de apoyo y aceptación por aquellos que siempre había sentido que caminaban a mi lado.

Por algún motivo que no recuerdo, la conversación se desvió y, también le estuve mencionando la presión que sentía en ocasiones por el deber de llevar una vida “normal”, establecerme en algún lugar y “trabajar”.  Sí, vaya, justo la vida que quería mi familia que llevara. Justo ese tipo de vida en el que sí podría contar con el apoyo incondicional familiar.

Nos quedamos el maestro y yo solos. Mi amigo y la risueña discípula se fueron a pasear por otro lugar. Él, con su básico nivel de inglés que, sin duda, le permitía comunicarse a la perfección, me dijo: “Yo tenía una familia. Estaba casado y tengo hijos. Me marché hace ya casi veinte años. Fue un alboroto social el hecho de que yo decidiera retirarme a las montañas. Ahora, con el tiempo, la gente ya entiende. Este es mi lugar.” Se hizo una pausa y los dos nos acomodamos todavía más. Cada uno apoyó su espalda en una columna, estiramos un poco nuestras piernas, nos relajamos. El sol daba en la cara de aquel maravilloso ser humano que me hablaba desde el corazón.

“Si vienes a preguntarme acerca de las relaciones de familia y de pareja, yo, todavía, no lo sé. Aquí, en este lugar, los discípulos y yo investigamos acerca de la vida y ese es uno de los aspectos en los que todavía no lo veo claro. Eso sí, mujer joven, lo que te puedo decir es que respetes tu necesidad actual. Si tú lo que quieres es casarte y tener hijos, hazlo. Pero si tú sientes la necesidad de retirarte del ambiente social, ve por ahí. No quieras manipularte, sigue lo que vibra en el momento presente 

Alguien que trabajaba en el lugar nos sirvió un plato con comida. Era el kitcheri (arroz con lentejas) más picante que había probado nunca. Le eché muchísima salsa de yogur para suavizarlo y me comí aquello que me sirvieron.

Disfrutamos ambos dos de ese sol de medio día mientras el silencio entonaba su neutra y acogedora melodía. Descansamos callados en el momento presente y, pasado un tiempo, llegaron nuestros dos amigos y compañeros.

“Bien, yo me voy a descansar. Es la hora de mi meditación y de mi siesta. Si luego seguís aquí, os volveré a ver”- pronunció con una sonrisa aquel simpático hombre.

Mi amigo y yo nos quedamos con aquella chica risueña que había sido su discípula durante varios años. Nos sentamos los tres en el césped, compartimos experiencias, nos reímos y lo pasamos genial. A las cinco de la tarde, antes del anochecer, mi amigo y yo decidimos marcharnos.

Justo antes de salir, nos encontramos al maestro que volvía de su meditación. Le miré con ojos amables, le agradecí desde el corazón y nos despedimos de él saliendo de aquel maravilloso recinto que nos había acogido.

La sensación que tuve al salir era algo que conocía pues, en un tiempo pasado la había llegado a sentir. Pero, ahora que la volvía a saborear en mi cuerpo, me daba cuenta de cuánto echaba de menos sentirme así. Sin más y sólo porque la vida me estaba regalando aquel momento, volví a sentirme completamente conectada. Por conectada me refiero a sentirme de nuevo encaminada, todo tenía un sentido, no tenía que poner entre dudas o en entredichos aquello que estaba viviendo. Una sensación de que todo está bien. Me refiero a la PLENA PAZ.

Llena de confianza en la vida salí de aquel lugar sabiendo que había encontrado, al final, no el maestro que buscaba sino la enseñanza que precisaba.

Unos días más tarde partí hacia Nepal y seguía con aquella sensación que sonaba así en mi cabeza: “¿Ya soy adulta? ¿Ya no necesito que nadie me diga que estoy bien encaminada? ¿Ya puedo prescindir de la opinión de los demás?”. El nivel de seguridad en mí misma subió hasta hacerse presente en cada poro de mi piel. Todas las dudas que había tenido este último año sobre si estaba caminando sobre el camino correcto, se disiparon. Y, en verdad, ya no necesitaba la aprobación de los demás para continuar llevando la vida que había decidido llevar.

Hoy, siete meses después de aquella experiencia, me encuentro en el otro lado del mundo, acordándome de este otro lugar. Sí, no sólo acordándome del lugar físico -de India o de Nepal- sino también acordándome de este otro lugar personal en el que ahora, de nuevo, vuelvo a no encontrarme: en ese lugar en el que una se siente segura de sí misma, sin dudar de las emociones que tiene, siendo su propia fan número uno, su seguidora incondicional, su mayor apoyo y su propia fuente de confianza.

Diré, para concluir, que cuando algunos de nosotros, por necesidad, nos encontremos buscando fuera lo que ya tenemos dentro, es recomendable que nos enfoquemos en buscar aquellas experiencias, enseñanzas y personas que apunten de manera SENCILLA al interior de nuestro pecho.  Todo lo demás, todos esos otros caminos llenos de sufrimiento que parecen más complicados, todos esos maestros que te llevan a un lugar alejado de tu “yo” para que te vuelvas más sabio, todo aquello que te haga dudar de tu capacidad interior de acción y decisión, puede ayudar –no digo que no- pero, ya de por sí, puede que se encuentre algo enturbiado, te esté despistando o te esté ayudando a postergar el encontrarte verdaderamente feliz, fuerte y sano.

Y, en caso de que optemos por el camino largo, complejo y complicado- aquel que posterga mi acción y muchas veces alejado del mensaje puramente interno-, necesito preguntarme: ¿Realmente quiero ser feliz ahora, YA? ¿Realmente quiero liberarme ahora de todo aquello que creo que me pesa o es que hay algo en mi interior que quiere retener el sufrimiento porque lo considera necesario? ¿Qué pasaría si doy el paso? ¿Hay algo que quiera soltar? ¿Qué nueva vida se mostraría ante mí si me libero?

Escribo, hoy, desde mi necesidad de saberme libre y desde el pensamiento que ha surgido últimamente en mí que me hace ver que somos muchas las personas enganchadas al sufrimiento. Todo, por no tener el valor de considerar que siempre hay un camino mucho más fácil y sencillo, el de seguirse a uno mismo, pase lo que pase.

ESCUCHAR A UN HIJO

Vinimos, todos nosotros, como almas limpias cargaditas de cosas que compartir en este mundo en el que ahora nos encontramos. Cada bebé, es un alma recién encarnada que ha sido invitada a la fiesta de la vida.

Es importante, como padres, reconocer que somos los canales por los que un nuevo ser ha llegado a este mundo. Y, es importante, conocer cuáles son nuestras responsabilidades con respecto a este nuevo ser.

En primer lugar, como papás protectores de esta nueva criatura, nos corresponden las funciones básicas de dar alimento y seguridad material a nuestro hijo. Y, todo lo demás que nos corresponde hacer con respecto a ellos es: OBSERVAR, CONFIAR Y ESCUCHAR en estado de presencia total.

Si hay algo imprescindible que tenemos que transmitir a nuestros hijos es que se encuentran en un mundo SEGURO y que, dentro de ellos mismos, se encuentran todos los recursos para desarrollarse navegando en este mundo fiel . Debemos darles el derecho a dirigirse allá a donde ellos decidan y darles la seguridad de que les estaremos acompañando amorosamente a cualquier lugar que quieran transitar.

No se debe asustar a un hijo con el hecho de que les abandonaremos emocionalmente cuando hagan algo que no nos place. Les daremos la cuna y un lugar entre nuestros  brazos al que venir a descansar, cada vez que necesiten hacer una pausa o recargarse para proseguir en su camino. No les pediremos que hagan algo que no les dicta el corazón y lloraremos en silencio si creemos que ellos mismos se están perdiendo.

Aprenderemos a distinguir entre los miedos de nuestro hijo y nuestros miedos propios. Cultivaremos la paciencia para no querer hacer por ellos lo que ya sé hacer yo. Aceptaremos sus diferencias, comprenderemos que debido a haber tenido diferentes vivencias y ser alguien diferente a mi, ellos no son el reflejo de quién yo soy.

Mis hijos no son un espejo que le va a decir a la sociedad lo bien o lo mal que lo he hecho yo como padre. Mi hijo es un ser libre al que yo educo desde mi bienestar y del que no espero que cumpla con unas características que yo ya decidí para él ni que vaya a una determinada universidad.

Dejaré que mi hijo cada día me enseñe quién es él. Me apartaré del camino lo máximo que pueda, para que él mismo pueda relacionarse con su mundo. Miraré en mi corazón para encontrar las respuestas que estoy buscando. Y nunca pediré a este bello ser que calme las ansias que él no ha provocado.