LA MADRE INTERIOR

“Querida hija, te siento perdida, angustiada, como si sintieras que no hay salidas, como si creyeras que para ti no se abren los caminos…”

“Querida hija…”

“Querida hija mía, …”

La madre quería decirle a su hija que estaba preocupada por ella pero se mordió la lengua antes de que aquellas palabras salieran de entre sus labios.

“Mamá, sé lo que piensas. Sé lo que quieres. Han sido muchos años con tu voz detrás de la oreja indicándome aquello que era correcto y aquello que no lo era. Ha sido un largo recorrido que hemos transitado juntas… parece mentira que no sepas que te conozco como si yo hubiera sido quién te parió a ti. Al fin y al cabo, tú has formado parte de toda mi vida mientras que yo solo he estado en un trocito de la tuya”

“Mamá,…”

“Mamá, no lo comprendes”

“¿Entiendes, mamá? No me comprendes”

“Si me comprendieras, si me escucharas, si estuvieras de mi lado; cada paso sería más ligero, cada intento sería más liviano, cada prueba supondría tan solo lo que es: una prueba, un intento, un paso en acierto o en vano. ¿Qué más da, mamá? ¿Qué más da si me equivoco? ¿Qué más da si ando perdida? ¿Crees que ayuda en algo que pongas en duda cada uno de mis actos? ¿Crees que esa actitud temerosa es beneficiosa para algo?”

“No, mamá. Tu preocupación no es una ayuda, tus pequeños gritos escondidos entre suspiros no facilitan mi partida, ni mi continuación en el camino, no son aliento de apoyo, no me animan a emprender, no facilitan las cosas…”

“Y ya soy adulta, mamá. Sigo siendo la hija; la hija y la niña llena de magia. La que es capaz de ver con los ojos de la intuición, la que se ilusiona y llena tu corazón de GANAS. Sí, mamá, soy esa. Soy luz y vida, mamá. Y lo sabes.”

“Entonces, si lo sabes…, ¿por qué quieres controlarme? ¿Para que quieres que sea productiva, que tenga una vida organizada, que trate de encontrar forma en este cambiante y exasperante mundo adulto? ¿Y si ambas aceptamos mi incapacidad para adaptarme? ¿Y si ambas estamos bien con el hecho de que quiera quedarme en mi habitación jugando con mis muñecas? ¿Y si nos da igual si el mundo se cae mientras tú y yo construimos juntas nuestro bello castillo hecho de coloridas piezas de madera? ¿Y si ignoramos lo que nos contaron que era correcto? ¿Y si nos abrazamos? ¿Y si disfrutamos juntas?”

“Así sí, mamá… Así sí… A tu lado, sí puedo”

__________

Con esta conversación entre mi niña interior y mi mamá interior pretendo mostrar la importancia de contar con una voz interna que nos apoye en nuestro camino vital. Nuestra voz interior -que puede tener mucho que ver con la educación que recibimos- es una responsabilidad propia en nuestra edad adulta y será la que nos haga avanzar o boicotee nuestros planes.  Por ello, es importante familiarizarnos con eso que llaman “la voz de la conciencia”, ver de dónde viene y cómo queremos relacionarnos con ella. Eduquemos a esa voz interior y pidámosle desde nuestro corazón el amor y el apoyo que, verdaderamente, necesitamos.

ESCUCHA

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Uno de mis momentos preferidos de mi vida en India era el repaso escolar con los niños por las tardes. ¿Un truco para que los niños te escuchen? ¡Escúchales tú primero! Cuando se presenten ante ti (ya sea en la clase, en la casa, en la calle…) mírales y dales tiempo para “llegar a ti”, para que lleguen al momento presente y a estar verdaderamente contigo. A veces, necesitan alborotar un poco el ambiente, otras veces necesitan abstraerse… estate presente ante ellos se encuentren como se encuentren y, poco a poco, ellos y tú estaréis en el mismo estado de presencia. Entonces, hables o no hables; ellos te escuchan, te miran, te observan. Igual que tú a ellos.

ESTÍMULOS

Lo encontré”- me dije. “¡Esto es!”- pensé. Sí, me convencía a mí misma de que aquello era exactamente lo que andaba buscando.

¿Estás segura?”- me respondías. “¿Qué necesidad tienes de corroborarte a ti misma que has encontrado aquello que creías estar buscando?”.

No lo sé” – te respondí. “Quizás sea esta avalancha de cambios que le hacen a una buscar desesperadamente algo estable y fructuoso”.

“Algo estable y fructuoso…”– repetiste mientras fruncías un poco el ceño como intentando entender a qué me estaba refiriendo. “¿Te refieres a que quieres encontrar algo calmado, pausado a la vez que rítmico, repetitivo, cíclico y predecible?”.

“Sí, ¡exactamente! Y, además, quiero que, dentro de su calmada y estable continuidad, dé frutos y sea algo beneficioso”.

“Voy entendiendo…”.

“Quiero observarlo, cuidarlo, quererlo tanto como amarlo… sustentarlo con mi confianza, atesorarlo…”- mi corazón se iba abriendo mientras mencionaba estas palabras.

“Lo que quieres es llorar. Lo que quieres es gritar. Lo que quieres es bañarte en un mar de lágrimas y, de alguna manera, salir de ahí liberada”.

“Puede ser…”- respondí.

“Sí, lo que quieres es expresarte, comunicarte, sentir lo que llevas dentro. Lo que necesitas es relajarte, dejarte vivir entre las dudas que te atormentan. Dejarte ser exactamente cómo eres… Ya te lo he dicho más de una vez, no saber nada acerca de la nada es humano y natural”.

“¿Y por qué me empeño en entender cada posible misterio?”– pregunté.

“Eres avispada, astuta, una persona llena de vida y ansiedad”. 

“¿Qué es la ansiedad?”.

“La ansiedad es aquello que uno siente cuando busca desesperadamente algo”.

“¿Te refieres a esa sensación que uno tiene cuando cree que hay algo escondido en algún lugar y cree que tiene que encontrarlo, poseerlo, exprimirlo y atraparlo?”.

“¡Exacto! La ansiedad es aquella sensación que sienten las personas que creen que les falta algo. Es cómo si  fueras un conejo al que le esconden constantemente una zanahoria. Siempre alerta buscando un tesoro que, potencialmente, un día vas a encontrar”.

“No sé… Me dejas pensativa…”.

Se hizo un silencio.

“El conejo quiere la zanahoria”- repliqué retomando la conversación.

“Si…” 

“Es natural” – continué.

“¿Por qué?”

“Bueno… la zanahoria es de color naranja, apetecible, …”

Empecé a sentir furia dentro de mí.

“¡El conejo ha sido programado para buscar zanahorias!”– dije algo cabreada.

“Eso no es verdad”- recibí como respuesta. “El conejo está tan alterado que necesita ir en busca de la zanahoria… Y lo que tienes que pensar es qué ha podido ocurrir para que el conejo no pueda dejar de intentar cazar estímulos externos; qué le habrá pasado al conejo para que su lugar actual siempre le empuje y le expulse hacia otro lugar nuevo”.

 

“Inconformismo”– se oyó de una voz que venía de ningún sitio.

 

“Desesperanza”- se escuchó otra voz.

 

“              V  A  C  Í  O            ”

                                            respondí yo

LA ALEGRÍA DE VIVIR

Me animo a escribirte por el hecho de saber que eres tú quien me trajo hasta aquí. Lleno de regalos preparaste el capazo que me transportaría hasta el lugar en el que me encuentro y lleno de abrazos se mostró el destino en el que estoy. Y, precisamente, por la incapacidad de expresar la alegría que siento, me encuentro ahora intentando plasmar con unas cuantas palabras lo gozoso que es sentirte cerca.

Abrazarte con la mirada, sentir tu piel al besarte las mejillas, encontrarme con tus ojos abiertos de par en par esperando encontrarse con los míos, la ilusión con la que tu corazón se prepara para el siguiente segundo, el amor que te transporta hasta mi regazo o incluso las lágrimas, la risa desencajada o los enfados que han hecho presencia en el medio de nuestra, ahora, pura y clara relación.

A todos vosotros, a ti, os doy las GRACIAS. Pues nunca caí en unos brazos tan amplios, largos y protectores; nunca antes escuché tantas voces acunándome en cualquiera de mis posibles direcciones; nunca antes experimenté el calor de saberme amada y acogida de esta manera.

Porque sois especiales, porque sois estrellas centelleantes en el centro de este pequeño universo, porque cada palabra, gesto o abrazo es un regalo; porque me siento afortunada de ser una más a vuestro lado; porque necesito practicar más expresar mi alegría con las palabras; por todo ello, escribo este texto.

El Amor que sois y esparcís os estará esperando en cualquier proyecto que emprendáis, la inocencia con la que habéis tocado tantos corazones en este mundo seguirá presente en el resto de nuestras vidas y el agradecimiento que muchos de nosotros sentimos hacia vosotros estará vivo y latente en las vuestras.

GRACIAS A TODOS LOS NIÑOS QUE NOS RECUERDAN, DÍA A DÍA, LA ALEGRÍA DE VIVIR.

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Foto tomada esta semana en Rishikesh (India) junto a varias estrellas centelleantes con las que paso mi tiempo aquí.

Para aquellos que me apoyáis

Hoy os escribo a aquellos que me apoyáis. Aquellos que os leéis mis posts, aquellos que venís a mis clases de danza consciente, aquellos que le dais a “me gusta” en algo que publico en facebook… Os escribo a aquellos que escucháis mis paranoias mentales y las transformáis en palabras de confianza, os escribo a los que siempre estáis dispuestos a dar un abrazo, a los que me miráis con ojos de amor, a los que vivís vuestra vida desde la presencia y autenticidad y me invitáis a hacer lo mismo… Hoy escribo a todos mis amigos: los conocidos y los no conocidos, los visibles e invisibles, los continuos y los discontinuos, los físicamente presentes y los virtualmente activos… Escribo a todas esas personas que en algún momento han susurrado palabras motivadoras en mis oídos, que han rozado mi cuerpo disimuladamente para indicarme el camino que se abría ante mí o que ni siquiera han necesitado mirarme fijamente a los ojos para saber que yo sola sabía lo que estaba haciendo.

A todos vosotros, GRACIAS, porque soy muy consciente que, sin personas como vosotras, no podría estar haciendo lo que me gusta hacer ya que, una de las cosas que adoro, es COMPARTIR mi camino con todos vosotros.

Gracias por estar ahí, de manera completamente PRESENTE mientras camináis vuestros propios caminos. Gracias por reflejarme mi grandeza y mi pureza, gracias por ser un espejo tan limpio en el que poder conocer mi propia verdad.

¡GRACIAS!

DESCONEXIÓN

Paseaba por la zona de Callao en el centro de Madrid y un chico joven voluntario de Greenpeace me paró para pedirme colaboración en alguno de los proyectos de protección de la naturaleza y el medio ambiente. Sin vergüenza ni reparo le respondí que no estaba interesada pues los temas del medio ambiente no era algo que tocaran mi corazón. ¿Por qué iba a estar avergonzada de algo que era como era? ¿Es que acaso uno tiene que ocultar aquello que ha entrado en su consciencia y aquello que no? Vi como aquel chico me miró con ojos juzgones y yo seguí caminando. Esto fue hace unos cuatro años. 

Hace ahora tres años, tan solo un año después de aquella conversación esporádica en el centro de Madrid, me encontraba en California, concretamente en Santa Cruz, una pequeña ciudad costera repleta de los árboles más viejos, anchos y altos del mundo: los red woods y las secuoyas. Allí me encontraba haciendo un curso de coaching en PNL con el que pretendía conocerme un poco más para poder seguir con ese camino profesional y personal que tenía tan claro en mi cabeza desde hacía muchos años.

Yo iba a ser una empresaria de éxito, continuando con la empresa de mi padre; quería formar una familia pero, sobre todo, lo que más quería era trabajar mucho. Quería hacer del trabajo mi pasión y dejar todo lo demás como algo secundario. De hecho, esperaba que mi pareja fuera alguien que quisiera dedicarse a los niños pues en mi cabeza no estaba la idea de pasar mucho tiempo en casa. Así, con este plan de vida que no pensaba cambiar, llegué a aquel curso en California.

Solo tuvieron que pasar dos semanas para que todos mis planes de vida se desmoronaran y se abrieran ante mí cientos de posibilidades que nada tenían que ver con seguir el camino que “yo” me había marcado. Sin embargo, no es por aquí por donde quiero que continúe el texto… De hecho, yo quería hablar de lo que ocurrió el tercer día estando allí.

Ya, en tres días, me había hecho un mejor amigo: Mark. Él era originario de Suiza, vivía muchos años en Nueva York, era una persona muy activa y extrovertida y destacaban claramente su intuición, su conexión con su corazón y lo que ahora llamaría “su espiritualidad”.

Aquella tercera tarde del curso, tras una mala experiencia con un compañero de clase, me sentí confundida y desorientada por lo que fui corriendo en busca de ayuda al lugar en el que se encontraba Mark.

Él estaba en otra clase, atendiendo una lección con otro profesor. Al verme llorar, salió corriendo y fuimos a una zona apartada donde había césped. Nos pusimos de pie al lado de un árbol.

Respira”- comenzó diciéndome. “Vamos a ver qué ha pasado, vamos a hacer que te encuentres bien. Esto va a pasar. Dime, Sandra, ¿qué te ocurre? ¿qué sientes?”. Le comenté que me sentía como encarcelada, que me costaba respirar, que era como si, de repente, necesitara sentir la plena LIBERTAD.

Me dijo: “Busca en tu mente un momento en tu vida en el que hayas sentido plena LIBERTAD. Siéntelo y ve compartiéndolo conmigo con tus palabras”.

Cerré los ojos y me imaginé en medio del mar. Para mí siempre es una sanación completa meterme en el agua del mar, ver el vasto horizonte frente a mí, el cielo sin límites que me rodea, el agua acogiendo a mi cuerpo que se entrega a ese inmenso océano…

Comencé a explicarle lo que sentía: “Siento el agua en mi cuerpo, respiro, saboreo la sal del mar en mi boca, mi pelo está mojado, veo el horizonte, algunas rocas a mi derecha, siento que soy esto que veo, me fundo con las olas…”

“Intensifica esta sensación”- me dijo.

Con los ojos cerrados, comencé a mover mis brazos como si estuviera tocando el agua, realmente sentía que estaba ahí, sentía toda esa libertad que me proporciona entrar en el agua del mar. Comencé a respirar cada vez más profundamente, sentía más y más libertad en cada una de las células de mi ser.

“Más, intensifícalo todavía más”- volvió a decir.

La sensación de pertenencia a la Tierra, la sensación de pureza y comunión con la misma naturaleza,… empecé a sentirme uno con el Todo y la sensación cogió tal intensidad que comencé a sentir electricidad en todo mi cuerpo. La sensación creció, creció… mis piernas temblaban y acabé por dejarme caer al suelo.

“Mark, necesito ir al suelo. Necesito estar aquí”.

Me tumbé, puse mi pecho- mi corazón- en contacto directo con la Tierra. Y, de repente, empecé a sentir dentro de mí torbellinos de energía, por mis pies, recorriendo mi cuerpo, yendo muy rápido a través de mí.

Él debió notarlo y me dijo: “¡DÁSELO A LA TIERRA!”

De repente, empecé a notar como toda esa energía se desparramaba por mi pecho en dirección al centro de la Tierra. He de decir que nunca antes había tenido una experiencia así y que, para quien lo esté leyendo y le resulte extraño, tan extraño me estaba resultando a mí.

Confié en el momento que se hizo completamente intenso y dejé de escuchar a Mark. Dejé de saber en qué lugar me encontraba. Solo sabía que estaba yo, tumbada en la Tierra y que toneladas de información viajaban desde mi cuerpo hacia la Tierra. Era como si la Tierra quisiera absorber todo aquello que me sobrara, aquello que me pesaba, aquello que yo no necesitaba.

Estaba llorando, sintiendo todo eso salir de mí, fuera de razón de saber qué estaba ocurriendo. Energía, energía, energía… que salía de mí, que era absorbida… De repente, se hizo un parón. Un silencio completo. Y una gran respiración entró en mi cuerpo, llenando todo mi pecho y fue como si la Tierra me devolviera todo lo que le había dado, pero ahora, era otro tipo de información. Comencé a respirar, a recibir energía a través del corazón, a recibir alimento. Visualicé montañas, ríos, grupos de árboles, me vi a mi misma desnuda en medio de la naturaleza. Respiré, respiré, respiré… recibí, recibí, recibí… Era un regalo de la naturaleza, que estaba yo recibiendo en ese justo momento…

Tras aquella primera experiencia que tuve en comunión total con la abundancia de la naturaleza, mi relación con ella cambió brutalmente. Cada vez que podía, caminaba sin zapatos para sentir ese suelo caliente bajo mis pies. Cada vez que tenía un hueco, me iba a apoyar mi espalda sobre alguno de esos árboles ancestrales. Comencé a sentir la presencia de la luna y de la naturaleza en sí dentro de mí. Y, encontré, finalmente, a esa mamá incondicional que todos buscamos para que nos arrope en cada momento.

Hay veces que me siento huérfana y sé que no soy la única persona en el planeta que le pasa esto. Siento que necesito apoyo, amor incondicional, que alguien me diga que valgo y que soy maravillosa. Necesito de una presencia que me certifique que estoy bien como estoy, que no necesito ser perfecta, ni estar siempre presente… Necesito de un lugar que me arrope y me haga sentir que me encuentro en el lugar en el que estar por derecho propio. Esa presencia, esa “persona”, ese lugar… está siempre ahí esperándonos. Y cuando nos faltan las palabras, las caricias, los abrazos… la Tierra siempre está ahí para abrazarnos.

Entiendo que en un mundo digitalizado, enfocado a hacernos ser algo que no somos, lleno de información innecesaria, carente de herramientas para llevarnos al lugar al que pertenecemos… la gente andemos perdidos. Entiendo que busquemos estímulos externos que nos saquen del dolor escondido de sentirnos poco vistos, poco recibidos…

Entiendo… Entiendo…

Sin embargo, hay una realidad mucho más cercana al iphone, a la mesa de la oficina de trabajo, a la copa de vino para aliviar las penas, a los pensamientos exigentes de “querer ser algo más”… y esa realidad se encuentra dentro de uno mismo.

Si no encuentras dicha realidad, no se trata de culparse a uno mismo o culpar al vecino,… se trata de observar el mundo en el que vivimos y decidir hasta qué punto estamos dispuestos a rechazar lo que nace naturalmente de nosotros. Hasta qué punto queremos vivir desconectados de nuestra emoción natural o de aquello que nos hace sentir completamente vivos.

El hormigón, las plazas de ciudad llenas de cemento, los aparatos electrónicos, las casas acorazadas y completamente aisladas… nos están llevando a una muerte emocional. El corazón se encuentra en las cosas que viven: en las plantas, en la tierra, en las nubes al moverse… en tu pelo agitándose con el viento, en tu cuerpo inmóvil contemplando una noche de luna llena…

Hay alguien esperándote “ahí fuera”, deseando recogerte por ser quien eres, queriéndote aceptar en el momento en el que estás… y se llama NATURALEZA, sea ésta externa o sea ésta interna.

Date un baño en el mar de manera consciente, siente en tu cuerpo los colores del cielo de una puesta de sol, túmbate en una roca a la luz de las estrellas… entrégate como ser humano en tu propia lucha y ESCUCHA lo que un momento de vida en la Tierra te puede llegar a decir.

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Fotografías en el Camino de Santiago, 2012

Un naranjo entre limoneros

Caminaba por India, en una calle transitada por tuc-tucs, vacas, motocicletas, mujeres cargadas de ramitas de árbol en sus cabezas, … Los monos me miraban desde lo alto del muro pero nada tenía yo que temer pues no llevaba comida a la vista. El chico joven de las tiendecitas a pie de calle seguía llamándome como cada día para que mirara sus collares. El olor a India, aquel calor agradable de una tarde de enero y tanto color a mi alrededor.

Aún así, entre aquel trajín que te mantiene vivo y alerta, entré en un sueño mientras caminaba despierta. Soñé que me encontraba caminando en un campo de limoneros. Cada cual más bello; unos eran altos, otros eran bajos, algunos frondosos, otros con menos frutos y hojas. Yo, navaja en mano, iba catando limones de aquellos árboles. Tenía una cesta colgando de la otra mano e iba poniendo limones que se le parecían a AQUEL LIMÓN. Aquel limón es un limón del que ya poco recuerdo, solo su intenso sabor y aquella espectacular forma en la que me hizo disfrutar de todas sus cualidades. Aquel limón que añoraba y que estaba convencida de que iba a volver a encontrar en alguno de aquellos árboles. Esa era mi misión, encontrar AL LIMÓN que me llevara de vuelta al limón primero. Nada mejor podría ocurrir que encontrar AL LIMÓN que andaba yo buscando.

El amarillo era el color de mi vida. Paseaba tranquila observando mi campo de limoneros y me dejaba alumbrar por el amarillo y cándido Sol. Y ahí, justo bajo mis pies, encontré una naranja.

Me agaché, cogí mi navaja con la que rajé la redondez de aquel nuevo fruto y lo sorbí introduciendo toda mi boca en él. A mi lado, un naranjo. ¡Qué dulzor! Mis ojos se empañaron de emoción ante las recién descubiertas sensaciones. Mi boca seguía palpitando de placer y el nuevo gusto recorría todo mi cuerpo. Nunca antes había probado algo igual y, por supuesto, jamás hubiera esperado encontrarme con aquello. Y, claro, me di cuenta y la luz de sol se iluminó aún más: “¿Cómo iba yo a esperar encontrar en mi futuro ALGO que yo no había conocido en el pasado?”.

Desperté de mi sueño, seguía caminando. Quizás tan solo había dado diez o quince pasos en lo que duraron aquellos pensamientos. Pero ahora, siendo la misma que era unos metros atrás, sabía que cualquier cosa puede esperarte al otro lado de la esquina. Y que podemos estar aspirando a algo maravilloso que un día conocimos, pero que hay todavía cosas más maravillosas que no conocemos y que sin previo aviso pueden caer a tus pies para que tú las recojas.

Yo pensaba que el limón primero era lo mejor. Sin embargo, la naranja trajo a mi vida la conciencia de que la vida es mucho más generosa y rica en regalos de lo que antes creía. Y, por supuesto, ahora que conozco la naranja, sé que nuevos frutos inimaginables pueden hacer presencia en mi vida a cualquier hora y en cualquier lugar.

Sobre caminos y elefantes

En un intento por estar presente en el lugar en el que ahora me encuentro, he decidido abrir el ordenador y ponerme a escribir. No te miento si te digo que mi cuerpo está sentado sobre una de las banquetas de este restaurante típico hindú que se encuentra a pie de calle. Y no te miento si te digo que mi estómago se encuentra feliz por la comida casera recibida. También te seguiré diciendo la verdad si te cuento que mis oídos reciben la música tranquila que llega de la tienda de al lado. Y también es cierto que mi corazón late con fuerza, potente, reclamando mi atención.

Llevo un anillo nuevo. Lo he comprado en la tienda del señor que en alguna ocasión me ha leído la mano. Ese hombre se ha convertido para mí en un ancla aquí en Rishikesh y en una fuente de confianza y tranquilidad cada vez que le pienso. Él es de esas personas que conoces que irradian bondad y amabilidad. Así que, tras tantos de sus valiosos favores, he decidido comprarle algo y llevarlo a España conmigo.

El anillo es muy fino y tiene unas piedrecitas que me ha dicho que se llaman Garmet. Lo miro y me recuerda lo sutil e imperceptible que puede ser todo. Incluso lo más grande puede a veces pasarnos desapercibido. Podemos tener un elefante delante y no llegar a verlo.

Así que, a pocas horas de partir hacia Occidente, noto como hay un elefante enfrente de mí. Es muy grande y de momento le tengo miedo. Y ya sabemos que solo le tenemos miedo a lo que desconocemos. Por tanto, no tengo mayor interés que ponerme a conocer a este elefante poco a poco.

¿Quién eres?– le pregunto. El elefante a penas se mueve, es tan grande que solo le llego a la altura de sus pies que se encuentran levemente hundidos en un poco de fango. No quiero mirar hacia arriba pues no sé qué es lo que me voy a encontrar. Así que, de momento, estudio sus pies, sus pezuñas, la textura rugosa de su piel ahí abajo y, poco a poco, voy tocándolo aventurándome con mis manos a alcanzar aquello que debe haber más arriba. Ya casi le estoy tocando la zona central. No es tan misterioso como pensaba, me asusta un poco menos pues siento que su piel es suave y él sigue respirando tranquilamente de un modo que se hace placentero para mí. Su barriga se mueve y noto que tiene mucho peso en su interior. Finalmente, sin mirarle directamente, pongo mis manos cerca de sus orejas.

¿Quién eres?– le digo ahora al oído. No responde y decido subirme a él. La vida desde aquí se ve mucho más bonita. Consigo ver como este Sol del atardecer lo ilumina todo y la escena cobra un sentido casi mágico. No conozco todavía la cara del animal que me lleva en sus lomos pero éste se ha puesto a andar.

Decido no preguntarle más cosas y miro hacia atrás no queriéndome dejar nada sin observar de este bello paisaje. El pasado que veo detrás es tan bello como lo que tengo delante y se confunde con lo que se encuentra justo a mi lado, a mi altura y a mi nivel. Es como una imagen global y enternecedora que se hace igual mire hacia donde mire. Todo es bonito visto desde aquí. Yo y mi amigo el elefante. Ambos seguimos en camino. Yo ya me encuentro en silencio. Y él sigue tranquilo, caminando.

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Pide y recibirás

Hace tan solo dos meses, un muy buen amigo, me comentaba: “Tengo mucho trabajo como actor de teatro para el próximo año pero, en realidad, estoy empezando a pensar que este trabajo no es beneficioso para mí; mi cuerpo se expone a muchas emociones y tensiones que no son mías. Me encantaría ser cantante, ya tengo algunas canciones escritas. Quiero crear yo algo puro y mío y expresarlo con mi voz… pero claro, me siento muy inseguro, ese mundo es nuevo para mi. Necesitaría encontrar a alguien que ya sepa de esto y me guíe, alguien que quiera hacer música conmigo para poder poner en marcha mi proyecto de ser cantante…”

A pesar de que yo le quiero con locura y sé el talento que él tiene, mi lado exigente me dijo: “Pensando de esta manera, va a costarle un tiempo salir hacia delante como cantante. Si piensa que él sólo no puede y que necesita de la ayuda de alguien para empezar, esto va a tardar en arrancar…”

Pues bien, hoy (tan solo dos meses después) he recibido un mail suyo diciéndome: “Ya está aquí el material, lo grabé este verano en colaboración con un hombre que he conocido dedicado al mundo de la música y el teatro. El proyecto comienza en abril. Pronto te contaré cómo va todo y cómo ha surgido.”

Así que aquí me encuentro, sorprendida, orgullosa y contenta, escribiendo este post mientras escucho una de las once canciones que antes del verano tan solo eran un sueño en la vida de mi amigo.

“¡Pues sí que ha sido fácil!”. Y, sí, con todo esto me doy cuenta que muchas veces tiendo a pensar que las cosas tienen que ser complejas por naturaleza. Jamás me hubiera dado yo el derecho a decir que “quiero encontrar a alguien que me ayude” y ni se me hubiera ocurrido imaginar que de una manera tan fácil y sencilla se podría abrir ante mi un camino de flores sin necesidad de sacrificio, esfuerzo o cierta seriedad.

Y, bien, veo clarísimamente que si yo misma pienso que las cosas no son fáciles, ¿cómo van a ser las cosas para mí? ¡Difíciles!

Y si pienso que para realizar un sueño es necesaria cierta seriedad, ¿cómo va a ser mi camino? ¡Serio y aburrido!

Y si creo que es necesario sufrir para conseguir cualquier cosa que uno desee, ¿qué voy a provocar en mi misma para satisfacer mis deseos? ¡Sufrimiento!

Así que hoy, mientras escucho estas canciones realizadas con amor, confianza, apertura y disfrute, doy un giro en mi forma de pensar y veo que:

La vida es sencilla si uno así lo desea.

Los tesoros están en abundancia a nuestro alrededor. Solo hay que entender que los merecemos por naturaleza, pedírselos a la vida, abrir los brazos y RECIBIR.

Y sin más historias, uno puede RECIBIR de la vida tan solo disfrutando y sin dar nada a cambio, de hecho, creo que esa es la mayor lección que necesitamos entender aquí como seres humanos en la tierra. Después de tanto bombardeo desde cualquier tipo de autoridad de que “somos pecadores”, necesitamos reconectar con nuestra esencia para corroborar desde el corazón que somos maravillosos tal cual somos y que merecemos todo tipo de placer, goce y disfrute tan solo por el hecho de SER, SIN NECESIDAD DE HACER nada para ganarlo.

Que sólo por el hecho de SER, nos demos todos el derecho a PEDIR Y RECIBIR los placeres de la vida.

“Pide y recibirás, busca y encontrarás, golpea y las puertas se te abrirán”. (Mateo 7:7-11)

Gracias Claudius por enseñarme lo que es posible