La niña que habita en mí

A veces no soy yo la que escribe, no todo mi ser, tan solo una parte de mí toma el control en la escritura. Esto quiere decir que hay veces que estoy feliz pero ese lado oscuro necesita decirme algo. Entonces, esa parte mía que se encuentra en la oscuridad, se pone frente al teclado y me cuenta, con sus propias palabras, qué es lo que le está pasando.

Acostumbramos siempre a escuchar aquello alejado de la oscuridad; la noche nos da miedo, nos asusta, nos recuerda nuestra cueva interior y esas voces que, a veces, evitamos. Pero lo negro e inalcanzable con la mirada, también forma parte del espectro de nuestra realidad. Y es de ahí, justo, precisamente, de donde podemos traer nueva luz que ilumine con mayor intensidad nuestro día a día.

Vine pedaleando desde una escuela a la que he ido a ofrecer algunas actividades de voluntariado. Eran las seis, no quería que se me hiciera de noche; así que pedaleaba fuerte, de manera constante, mi foco estaba en llegar cuanto antes a mi destino. No me quería ver a oscuras en ninguna carretera o lugar que se me hiciera espantoso al no iluminarle la luz del sol.

Tal cual deseaba y planeaba, llegué a mi destino a tiempo y con luz justo antes del anochecer.

En pocos minutos el cielo estaba negro y pensé: “¡Uff! ¡Por los pelos!

Sin embargo, no solo el exterior oscureció sino que yo misma, muy adentro, también me volví, por un momento, de color negro. Cierta tristeza estaba llegando, se hacía presente en mi interior. Cierto cansancio, quizás. Agotamiento. O una mezcla de todo.

Así que tras una ducha fría, preparé una alfombra en el suelo y me senté dispuesta a escuchar. A escucharme. A saber con atención, con cariño, con ganas, qué era aquello que me pasaba.

Imaginé enfrente de mí, en el otro lado de la alfombra, a la niña que fui; la que todavía siente, la que sueña, la que vibra a cada día con todo lo que le sucede. Y le pregunté: “¿Qué te pasa?

Ella ya me conoce, sabe que la escucho bien. Así que, en cuanto la vi dispuesta a responderme, cambié de lugar, me senté justo donde la imaginaba a ella y comencé a sentir lo que había en su interior. Empecé a llorar y me di cuenta de lo cansada que estaba.

Comenzó a contarme algunas cosas que le preocupaban y me informó de algunos aspectos que yo desconocía y que pensaba que eran ya algo del pasado. La escuché, con tranquilidad, en armonía. Y nos fuimos a cenar. Bueno, fui a cenar yo sola sabiéndola a ella en mi interior.

La niña interior es algo que todas llevamos dentro. La niña interior es la niña que fuimos. La que traía todos sus regalos intactos consigo, la que sufrió, la que vio algunas de sus necesidades cubiertas y algunas otras no. La niña interior es la pureza, la energía, la pasión, la convicción de aquello que queremos y no queremos, es nuestra fuerza interior y, además, es la vulnerabilidad más sublime y bella.

Nosotras, las que somos, somos las adultas; las que pueden convertirse en madres de esas niñas que llevamos dentro. Las que podemos darles a ellas todo lo que no tuvieron en su infancia y sí necesitaron, las que les podemos escuchar y abrazar y hacerles entender que el amor, en primer lugar, han de buscarlo en nosotras mismas.

Tuvimos una infancia, una mamá, un papá, unos educadores, unas circunstancias… Y fueron aquellas circunstancias y aquellas personas las que nos abrieron muchos caminos y también las que se interpusieron para que no transitáramos otros. Aprendimos, de pequeñas, que eran los mayores quienes poseían la Verdad y tenían el Poder de dirigir nuestras vidas.

Pero una vez crecemos, debemos hablar con ese lado vulnerable -nuestra niña interior- atenderla (atendernos) y hacernos comprender que la Verdad se encuentra dentro de nosotras y que el Poder, el poder de hacer aquello que queremos, también.

Conforme empezamos a desarrollar una relación de amor, cariño y respeto con nosotras mismas, nos hacemos menos dependientes de la opinión ajena; especialmente, de la opinión de aquellas personas que en nuestra infancia representaban la Verdad y el Poder.

Es importante saber que la Verdad reside dentro. Y que el Poder también.

Una vez sabes eso, se reduce el miedo. Entonces, tu camino se abre de una vez.

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Ilustración de Claudia Tremblay

DUELOS

Hay alguien que conozco que hoy se encuentra decaído, triste, sin pasión ni ganas. Me pregunto qué habrá dentro de él: ¿desasosiego?, ¿ira?, ¿rabia?, ¿impotencia?, ¿contención?

El tiempo que pasamos juntos chocábamos bastante pues él es una persona que no expresa de manera habitual sus sentimientos. Si se siente mal, te lo comenta: “me encuentro mal…” pero seguidamente le añade la coletilla de “pero no es nada, pronto estaré bien”.

Echarle sacarina, azúcar, extra de miel o cualquier sucedáneo que reduzca el sabor de lo que estoy sintiendo; no es de mi agrado y lo intento evitar. Y, de la misma manera, si tengo la intención de comunicarme con alguien a corazón abierto, me gusta que esa persona no me endulce ni disimule lo que, realmente, está ocurriendo en cada parte de su preciado cuerpo. Quiero autenticidad, crudeza, naturalidad… no me gustan los “esto no es nada”, ni el “ya pasará”. Quiero la pureza de la emoción, la realidad que el otro esté sintiendo, quiero sinceridad y no ver muros por en medio.

Si miro a los ojos a alguien y le quiero ver, es para tenerle conmigo al completo. No llevo gafas de sol o, por lo menos, intento no hacerlo. Hasta el momento ninguna reacción mostrada por alguien ajeno a mí, me ha provocado ninguna ceguera.

Sé que duele sentir, sé que en ocasiones se hace insoportable. Pero, ¿qué me decís de reprimir esas emociones? ¿Qué creéis que ocurre cuando el tiempo pasa y acumulamos, una detrás de otra, esas sensaciones que no queremos aceptar? ¿No es más doloroso estar dormido? ¿No acabamos convirtiéndonos en autómatas carentes de pasión y de verdad?

Y no quiero ir a su rescate, lo prometo. Pero sí quiero estar allí junto a él. Y traerle a mi regazo y abrazarle. Y dejarle ser quien es. Y poner un jarrón que recoja todas sus lágrimas y entregárselo a él para que lo estampe contra el suelo si eso es lo que necesita.

Me gustaría que entendiera que ser humano es igual a recibir lo que hay en el mundo. Que por mucho que agachemos la cabeza, no vamos a dejar de sufrir. Que el sufrimiento es legítimo y parte del crecimiento y que, por favor, lo mire de frente para poder disminuir su intensidad.

Pero estoy en este proceso de dejar a cada cual por sí mismo y por ello me freno en este impulso de querer ir a lamerle sus heridas. Pero iría, ¡vaya que iría!, a mirarle a sus ojos y a hacernos entender, mutuamente, que la vida son dos días y que en ellos hay tiempo para varios duelos internos y para varias muertes propias también.

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EL CAUCE DEL ALMA

Ojalá hoy encuentre la manera de hacer que los pensamientos, los aprendizajes, las sensaciones y sentimientos que han aparecido en mi interior puedan bajar por el cauce de mi alma hasta plasmarse en este texto.

De repente, he vuelto a caer en mi interior. Es como si volviera a tener acceso a lo más profundo de mi esencia, a lo que vibra bajo mi propia tierra, al paraíso oscuro que hay dentro de mí. Vuelvo a estar conectada con lo que me hace estar viva, vuelvo a sentir, a conocer aquello que sustenta mi alma, aquello que da energía a mi cuerpo.

Estoy en profundo contacto con aquello que me sostiene y, no hay más maravillosa sensación que la de saberte amada y reconocida.

He caído en mi interior y eso no siempre implica encontrar alegría o tristeza. Caer en tu interior es experimentarte desde adentro, es encontrar cobijo en tu propia existencia, es escucharte, amarte, vivir en ti

Todo esto me hace sonreír.

Estoy pura y, a la vez, tan delicadamente vulnerable. Siento que me rompo al mismo tiempo que me siento entera. Noto el amor vibrando dentro y fuera de mí, percibo mi necesidad con respecto al prójimo, mi necesidad como ser humana, mi necesidad de alimento y sustento…

Nos desconectamos de nuestra propia fuente hace mucho tiempo. Nadie nos enseñó a mantener esos ojos brillantes que teníamos cuando éramos niños. Por eso, en la edad adulta, hay tanta desorientación, tanta incomprensión acerca de lo que, de verdad, nos llena por dentro.

Sin embargo, todos sabemos del león que ruge en nuestros adentros, todos intuimos esa fuerza interior, esas ganas de abrirnos al mundo, esa capacidad de recibirnos plenamente por ser como somos. No estamos tan lejos de nosotros mismos como, a veces, creemos.

Estira tu brazo, ahí, hasta donde alcances. Eso es lo más lejos que te puedes ir de ti mismo. Aunque te sientas perdido, nunca lo estás tanto como para no volverte a encontrar.

El cuerpo no es la cárcel del alma; el cuerpo es la casa de nuestra alma. No encontrará ella otro sitio en el que ser y estar; así que tráela de vuelta a casa y disfruta de una reunión contigo misma.

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BUSCANDO UN PARAGUAS

A un día de mi 30 cumpleaños me siento así: BUSCANDO UN PARAGUAS.

¿Sabéis esos grupos de turistas que van siguiendo a un guía que usa un paraguas de colores para que la gente pueda verle con facilidad? Sí, esos grandes grupos de chinos y/o japoneses que van siguiendo a la manada y mirando hacia la derecha y hacia la izquierda según indique el aparato de audio que llevan en sus cabezas…

Sí, bueno, la realidad es que justo me refiero a eso. He debido perderme del grupo. Aquí no hay nadie que me diga hacia dónde tengo que mirar, ni escucho indicaciones claras a través de los oídos. Tampoco veo un paraguas de colores que me indique dónde debería estar mi lugar ni qué sitios, atracciones o monumentos debería estar atendiendo con mi mirada.

Soy libre, señores. Soy libre.

Y menudo vértigo da dicha expresión. Toda la vida ansiando comerme el mundo hasta que llega el día en que te das cuenta que no hace falta que ansíes nada porque ya te has comido buena parte de él.

¿Y por qué tanta ansia, entonces? ¿Por qué tantas ganas? ¿Y, hablando de todo un poco, hacia dónde he de tirar?

A un día de mi 30 cumpleaños me siento así: un poco -solo un poquito- PERDIDA.

¡Ché! Y yo que me sentía tan orgullosa de mí misma por estar creando un camino propio y por tener la valentía de mirar el mundo con mis lindos ojos. La misma, yo, la valiente… perdida… ¡Pues vaya chasco!

Creo que me tengo que quitar el traje de heroína porque empiezo a creer que, el hecho de ser libre, no implica que vaya a ocurrir gran cosa. Simplemente, ahora puedes decidir pero, no te creas, por muy libre que seas las limitaciones forman parte de tu naturaleza.

Sí, limitaciones como el tiempo, la edad, el coste de oportunidad que supone hacer algo y tener que sacrificar otra cosa a cambio, la capacidad limitada de los pulmones o del estómago, las horas necesarias de sueño, las distancias físicas… Existen los límites por mucha libertad que quiera yo encontrar. Soy una mujer libre y, jodidamente, limitada. ¡Qué putada!

Pues sí, me fastidia. Me fastidia porque siempre he querido tenerlo todo. Porque no fue casualidad que me leyera el libro de El Alquimista tres veces seguidas cuando era adolescente. Porque siempre he creído en los sueños y en los destinos, porque conozco el potencial y creo en la capacidad del ser humano para llegar bien lejos.

Pero en algo me he equivocado y es en creer que el ser humano, tan sólo él y por sí mismo, puede alcanzar las estrellas. Y no, no es así. Estamos interconectados, somos parte de algo que vive en nuestro interior y, a la vez, nos supera; somos una pieza de un puzzle, tan solo somos humanos; vulnerables y limitados.

Por eso, a mis ya casi 30 años cumplidos; he de decir que me siento hoy en la silla de la decepción. Aunque sea solo por un ratito. Y es que, ¿quién me he creído yo para querer tocar el cielo? ¿Es que no sé de sobra la cantidad de factores que han de acompañarme a mí hasta esa elevada llegada?

“Ay,…” – me digo a mí misma- “con lo que has sentido en tu interior, ¿cómo puede ser que hagas a tus ojos ciegos y a tus oídos sordos? Si sabes que toda esa alegría que buscas, todo el sentido que te va a motivar y todo el amor que mereces; se encuentran dentro de ti misma. ¿Por qué intentas encontrar un paraguas de colores cuando en esto de la vida tan solo estás tú? Tú y las huellas que has dejado. Tú y todo lo que ya has caminado. Tú y todo lo que el Universo ha sembrado en tu interior y te muestra ahí fuera en modo de personas, circunstancias y relaciones. Ay… deja ya de mirar a los rumores del pasado y eleva tu mirada. Ahí, enfrente tuyo, está la vida”.

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ESCUCHA

Algo que creo que ocurre en esta sociedad es que estamos enfermos de tanto hablar y tan poco sentir. No conseguimos estar cómodos cuando estamos en silencio junto a alguien e irrumpimos con alguna palabra cuando nuestra mirada coincide por más de tres segundos con la de otra persona. Hemos perdido la verdadera conexión entre nosotros: las miradas sinceras, el contacto físico… y hemos perdido la conexión con lo que ocurre en nuestro interior. Nos da miedo abrir los ojos y encontrarnos a quien, verdaderamente, tenemos enfrente así como también, nos da miedo cerrar los ojos y ver quienes somos nosotros en realidad.

Por este motivo, comparto estos vídeos. Con la intención de provocar un espacio de tranquilidad y vacío en cada persona que se entregue de lleno a verlos. Cada vez que cerramos los ojos, hacemos que éstos se limpien por dentro y vean mucho mejor. Cada vez que honramos el vacío que hay en nuestro interior por medio del silencio, creamos tierra fértil que hace que, a través de nosotros, surjan acciones llenas de sentido y significado.

Si no honramos al silencio y al vacío que somos, si no somos capaces de conectarnos con la verdad que vive en nuestro interior, las acciones que llevemos a cabo estarán faltas de raíz y sentido; nos convertiremos todos en verdaderos autómatas.

Mira dentro.

QUE EL CORAZÓN NOS GUÍE

Si dejo que el corazón me guíe sin mayor propósito que llegar a tu corazón, este texto se escribirá solo sin necesidad de que mi mente se ponga en funcionamiento.

Si dejo que el corazón me guíe y me indique qué es aquello que tú necesitas escuchar, las palabras que tú precisas entrarán sigilosamente por tus oídos sin que yo sepa ni lo más mínimo sobre lo que ando balbuceando.

Si dejo que el corazón me guíe y nos muestre nuestro camino, el camino ya se habrá abierto por completo ante nosotros.

Si dejo que el corazón me guíe, mis brazos se habrán fundido con los tuyos sin ni siquiera tú habérmelo sugerido.

Si dejo que el corazón me guíe, ningún esfuerzo será necesario.

Si dejo que el corazón me guíe, podré mirar por la ventanilla apreciando todos los regalos de la vida.

Si dejo que el corazón me guíe, me daré cuenta que tú y yo somos lo mismo. Podré apreciar el brillo centelleante de tus ojos, notar el calor de un corazón amigo, sentir tu bondad y tu inocencia y gozar como un niño con mágicos tesoros.

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Ilustración personal y texto personal rescatado de los comienzos de este blog 

ESTÍMULOS

Lo encontré”- me dije. “¡Esto es!”- pensé. Sí, me convencía a mí misma de que aquello era exactamente lo que andaba buscando.

¿Estás segura?”- me respondías. “¿Qué necesidad tienes de corroborarte a ti misma que has encontrado aquello que creías estar buscando?”.

No lo sé” – te respondí. “Quizás sea esta avalancha de cambios que le hacen a una buscar desesperadamente algo estable y fructuoso”.

“Algo estable y fructuoso…”– repetiste mientras fruncías un poco el ceño como intentando entender a qué me estaba refiriendo. “¿Te refieres a que quieres encontrar algo calmado, pausado a la vez que rítmico, repetitivo, cíclico y predecible?”.

“Sí, ¡exactamente! Y, además, quiero que, dentro de su calmada y estable continuidad, dé frutos y sea algo beneficioso”.

“Voy entendiendo…”.

“Quiero observarlo, cuidarlo, quererlo tanto como amarlo… sustentarlo con mi confianza, atesorarlo…”- mi corazón se iba abriendo mientras mencionaba estas palabras.

“Lo que quieres es llorar. Lo que quieres es gritar. Lo que quieres es bañarte en un mar de lágrimas y, de alguna manera, salir de ahí liberada”.

“Puede ser…”- respondí.

“Sí, lo que quieres es expresarte, comunicarte, sentir lo que llevas dentro. Lo que necesitas es relajarte, dejarte vivir entre las dudas que te atormentan. Dejarte ser exactamente cómo eres… Ya te lo he dicho más de una vez, no saber nada acerca de la nada es humano y natural”.

“¿Y por qué me empeño en entender cada posible misterio?”– pregunté.

“Eres avispada, astuta, una persona llena de vida y ansiedad”. 

“¿Qué es la ansiedad?”.

“La ansiedad es aquello que uno siente cuando busca desesperadamente algo”.

“¿Te refieres a esa sensación que uno tiene cuando cree que hay algo escondido en algún lugar y cree que tiene que encontrarlo, poseerlo, exprimirlo y atraparlo?”.

“¡Exacto! La ansiedad es aquella sensación que sienten las personas que creen que les falta algo. Es cómo si  fueras un conejo al que le esconden constantemente una zanahoria. Siempre alerta buscando un tesoro que, potencialmente, un día vas a encontrar”.

“No sé… Me dejas pensativa…”.

Se hizo un silencio.

“El conejo quiere la zanahoria”- repliqué retomando la conversación.

“Si…” 

“Es natural” – continué.

“¿Por qué?”

“Bueno… la zanahoria es de color naranja, apetecible, …”

Empecé a sentir furia dentro de mí.

“¡El conejo ha sido programado para buscar zanahorias!”– dije algo cabreada.

“Eso no es verdad”- recibí como respuesta. “El conejo está tan alterado que necesita ir en busca de la zanahoria… Y lo que tienes que pensar es qué ha podido ocurrir para que el conejo no pueda dejar de intentar cazar estímulos externos; qué le habrá pasado al conejo para que su lugar actual siempre le empuje y le expulse hacia otro lugar nuevo”.

 

“Inconformismo”– se oyó de una voz que venía de ningún sitio.

 

“Desesperanza”- se escuchó otra voz.

 

“              V  A  C  Í  O            ”

                                            respondí yo

RESPONSABILIDAD

Estaba meditando ante la terrible idea de la palabra RESPONSABILIDAD cuando, de repente, entendí que la responsabilidad no era algo impuesto que tuviera que ser cargado sino una condición natural del ser humano. Somos responsables desde que nacemos de nosotros mismos y esto no está hecho como un castigo sino como un regalo para que todos podamos aprender de nuestras experiencias con el medio durante nuestra vida.

Hay una diferencia clara a la hora de responsabilizarnos de nosotros mismos- a la hora de cuidarnos, atendernos y tomar nuestras propias decisiones: podemos estar queriendo hacerlo todo solos, llevar el mundo colgando a nuestra espalda, apoyar todo el peso en nuestros únicos dos pies… Podemos decidir responsabilizarnos de nosotros mismos creyéndonos todopoderosos, separados del resto y conocedores de todas nuestras posibilidades y caminos. O, por el contrario, podemos aventurarnos a responsabilizarnos de nosotros mismos desde el conocimiento de interdependencia y necesidad natural que tenemos con el resto del medio en el que vivimos.

Digamos que están aquellos que no se responsabilizan de sí mismos: lo dejan todo al azar y a la fortuna, se esconden tras su pareja, su papá o su mamá; se paralizan, cierran sus ojos o se convierten en máquinas automáticas a la hora de relacionarse con la vida. Digamos que hay otro grupo de personas que sí decide llevar su vida según su propia voluntad y toman la responsabilidad de saberse vivos y con una vida a gestionar. En este último grupo encontraríamos dos tipos de personas: aquellos que lo quieren hacer todo solos y acaban por “quemarse” con las subidas, bajadas y supuestas inconveniencias de la vida; y aquellos que se saben parte de un todo y que deciden apoyarse en el ciclo y en la corriente de la vida que afecta a todos y a todo lo que les rodea.

Yo he estado en los tres grupos, especialmente, en los dos primeros. Intenté hacerme responsable de mí misma pero no sabía confiar en los demás ni en un propósito Mayor; esto se me hizo muy pesado y decidí ser como aquellos que se esconden y no quieren tomar las riendas. Cansada de ocultarme, decidí volver a tomar responsabilidad de mí misma pero cuando no confías en lo que hay fuera y dentro de ti, ¡responsabilizarse es una pesadilla!

¿Por qué lo quiero hacer todo sola? ¿Por qué creo que la responsabilidad implica aislamiento y capacidad de hacerlo todo por uno mismo? ¿Por qué tengo este concepto en mi cabeza de necesidad de aprender a valerse por uno mismo? De esta manera, acabo siempre optando por soltar la responsabilidad de vivir mi vida; se hace cansado.

Por eso, esta mañana, me preguntaba por qué no medito y confío un poco más, por qué no me estoy dejando guiar, por qué no dejo que la corriente fluida de la vida me lleve a dónde me quiera llevar. Yo, realmente, pienso que la responsabilidad que tenemos como seres humanos es ser CONSCIENTES de aquello que nos rodea para poder aprender y disfrutar placenteramente de la vida. En cuanto al rumbo, personalmente, pienso que hay poco por hacer. Creo que la vida es como un río del que formas parte, puedes optar por pasarte la vida intentando parar las aguas o intentando construir diferentes afluentes y cauces; o puedes dejarte llevar siendo aquella parte del río que te tocó ser; disfrutándola, aprendiendo de ella y, potencialmente, dirigiendo esta corriente del río hacia dónde quiera tu corazón mediante el poder del amor y de la atención.

Por todo ello, le pido a Dios, a mi corazón, al destino de la vida, a aquello que nos conecta… que me guíe de nuevo, que me deje confiar, que me ayude a entender que no lo sé todo, que no puedo con todo, … que, independientemente de saber que yo soy el río, saber que soy, a la vez, una parte de él. Le pido que me ayude a entender que soy una gota en el océano y que la felicidad llega cuando te reconoces como un agente más colaborando en las historias de esta vida.

Quiero confiar, volver a confiar. Quiero pedir ayuda, volver a sentirme guiada. Dejar de lado las intenciones de crear mi propio futuro sin tener en cuenta el resto de los elementos. ESCUCHAR. Moverme al ritmo del Universo. Formar parte del ciclo. Ser una parte del todo, dejarme orquestar.

Ser un instrumento en la orquesta de la vida y sentir la música creada como si fuera aquello que alimenta mi interior. Soltar la responsabilidad de forjarme una vida al margen de los demás y sentir en mi interior la responsabilidad de saberme receptora de indicaciones, de escucharlas, de saborearlas, de seguirlas y confiar en mí y en ellas.

No sabemos tanto como creemos, no se trata de sacarnos las castañas del fuego… se trata de saber que sin las castañas, sin el fuego, sin tu cuerpo ni tus manos, no serías capaz de llevártelas a la boca. Se trata de saber que estamos todos interconectados, que hay un flujo que nos mueve a todos por igual y que disfrutaremos más si nos dejamos llevar siendo agradecidos y conscientes de aquello que se nos está dando.

Se trata de…

CONFIAR

Para aquellos que me apoyáis

Hoy os escribo a aquellos que me apoyáis. Aquellos que os leéis mis posts, aquellos que venís a mis clases de danza consciente, aquellos que le dais a “me gusta” en algo que publico en facebook… Os escribo a aquellos que escucháis mis paranoias mentales y las transformáis en palabras de confianza, os escribo a los que siempre estáis dispuestos a dar un abrazo, a los que me miráis con ojos de amor, a los que vivís vuestra vida desde la presencia y autenticidad y me invitáis a hacer lo mismo… Hoy escribo a todos mis amigos: los conocidos y los no conocidos, los visibles e invisibles, los continuos y los discontinuos, los físicamente presentes y los virtualmente activos… Escribo a todas esas personas que en algún momento han susurrado palabras motivadoras en mis oídos, que han rozado mi cuerpo disimuladamente para indicarme el camino que se abría ante mí o que ni siquiera han necesitado mirarme fijamente a los ojos para saber que yo sola sabía lo que estaba haciendo.

A todos vosotros, GRACIAS, porque soy muy consciente que, sin personas como vosotras, no podría estar haciendo lo que me gusta hacer ya que, una de las cosas que adoro, es COMPARTIR mi camino con todos vosotros.

Gracias por estar ahí, de manera completamente PRESENTE mientras camináis vuestros propios caminos. Gracias por reflejarme mi grandeza y mi pureza, gracias por ser un espejo tan limpio en el que poder conocer mi propia verdad.

¡GRACIAS!

DESCONEXIÓN

Paseaba por la zona de Callao en el centro de Madrid y un chico joven voluntario de Greenpeace me paró para pedirme colaboración en alguno de los proyectos de protección de la naturaleza y el medio ambiente. Sin vergüenza ni reparo le respondí que no estaba interesada pues los temas del medio ambiente no era algo que tocaran mi corazón. ¿Por qué iba a estar avergonzada de algo que era como era? ¿Es que acaso uno tiene que ocultar aquello que ha entrado en su consciencia y aquello que no? Vi como aquel chico me miró con ojos juzgones y yo seguí caminando. Esto fue hace unos cuatro años. 

Hace ahora tres años, tan solo un año después de aquella conversación esporádica en el centro de Madrid, me encontraba en California, concretamente en Santa Cruz, una pequeña ciudad costera repleta de los árboles más viejos, anchos y altos del mundo: los red woods y las secuoyas. Allí me encontraba haciendo un curso de coaching en PNL con el que pretendía conocerme un poco más para poder seguir con ese camino profesional y personal que tenía tan claro en mi cabeza desde hacía muchos años.

Yo iba a ser una empresaria de éxito, continuando con la empresa de mi padre; quería formar una familia pero, sobre todo, lo que más quería era trabajar mucho. Quería hacer del trabajo mi pasión y dejar todo lo demás como algo secundario. De hecho, esperaba que mi pareja fuera alguien que quisiera dedicarse a los niños pues en mi cabeza no estaba la idea de pasar mucho tiempo en casa. Así, con este plan de vida que no pensaba cambiar, llegué a aquel curso en California.

Solo tuvieron que pasar dos semanas para que todos mis planes de vida se desmoronaran y se abrieran ante mí cientos de posibilidades que nada tenían que ver con seguir el camino que “yo” me había marcado. Sin embargo, no es por aquí por donde quiero que continúe el texto… De hecho, yo quería hablar de lo que ocurrió el tercer día estando allí.

Ya, en tres días, me había hecho un mejor amigo: Mark. Él era originario de Suiza, vivía muchos años en Nueva York, era una persona muy activa y extrovertida y destacaban claramente su intuición, su conexión con su corazón y lo que ahora llamaría “su espiritualidad”.

Aquella tercera tarde del curso, tras una mala experiencia con un compañero de clase, me sentí confundida y desorientada por lo que fui corriendo en busca de ayuda al lugar en el que se encontraba Mark.

Él estaba en otra clase, atendiendo una lección con otro profesor. Al verme llorar, salió corriendo y fuimos a una zona apartada donde había césped. Nos pusimos de pie al lado de un árbol.

Respira”- comenzó diciéndome. “Vamos a ver qué ha pasado, vamos a hacer que te encuentres bien. Esto va a pasar. Dime, Sandra, ¿qué te ocurre? ¿qué sientes?”. Le comenté que me sentía como encarcelada, que me costaba respirar, que era como si, de repente, necesitara sentir la plena LIBERTAD.

Me dijo: “Busca en tu mente un momento en tu vida en el que hayas sentido plena LIBERTAD. Siéntelo y ve compartiéndolo conmigo con tus palabras”.

Cerré los ojos y me imaginé en medio del mar. Para mí siempre es una sanación completa meterme en el agua del mar, ver el vasto horizonte frente a mí, el cielo sin límites que me rodea, el agua acogiendo a mi cuerpo que se entrega a ese inmenso océano…

Comencé a explicarle lo que sentía: “Siento el agua en mi cuerpo, respiro, saboreo la sal del mar en mi boca, mi pelo está mojado, veo el horizonte, algunas rocas a mi derecha, siento que soy esto que veo, me fundo con las olas…”

“Intensifica esta sensación”- me dijo.

Con los ojos cerrados, comencé a mover mis brazos como si estuviera tocando el agua, realmente sentía que estaba ahí, sentía toda esa libertad que me proporciona entrar en el agua del mar. Comencé a respirar cada vez más profundamente, sentía más y más libertad en cada una de las células de mi ser.

“Más, intensifícalo todavía más”- volvió a decir.

La sensación de pertenencia a la Tierra, la sensación de pureza y comunión con la misma naturaleza,… empecé a sentirme uno con el Todo y la sensación cogió tal intensidad que comencé a sentir electricidad en todo mi cuerpo. La sensación creció, creció… mis piernas temblaban y acabé por dejarme caer al suelo.

“Mark, necesito ir al suelo. Necesito estar aquí”.

Me tumbé, puse mi pecho- mi corazón- en contacto directo con la Tierra. Y, de repente, empecé a sentir dentro de mí torbellinos de energía, por mis pies, recorriendo mi cuerpo, yendo muy rápido a través de mí.

Él debió notarlo y me dijo: “¡DÁSELO A LA TIERRA!”

De repente, empecé a notar como toda esa energía se desparramaba por mi pecho en dirección al centro de la Tierra. He de decir que nunca antes había tenido una experiencia así y que, para quien lo esté leyendo y le resulte extraño, tan extraño me estaba resultando a mí.

Confié en el momento que se hizo completamente intenso y dejé de escuchar a Mark. Dejé de saber en qué lugar me encontraba. Solo sabía que estaba yo, tumbada en la Tierra y que toneladas de información viajaban desde mi cuerpo hacia la Tierra. Era como si la Tierra quisiera absorber todo aquello que me sobrara, aquello que me pesaba, aquello que yo no necesitaba.

Estaba llorando, sintiendo todo eso salir de mí, fuera de razón de saber qué estaba ocurriendo. Energía, energía, energía… que salía de mí, que era absorbida… De repente, se hizo un parón. Un silencio completo. Y una gran respiración entró en mi cuerpo, llenando todo mi pecho y fue como si la Tierra me devolviera todo lo que le había dado, pero ahora, era otro tipo de información. Comencé a respirar, a recibir energía a través del corazón, a recibir alimento. Visualicé montañas, ríos, grupos de árboles, me vi a mi misma desnuda en medio de la naturaleza. Respiré, respiré, respiré… recibí, recibí, recibí… Era un regalo de la naturaleza, que estaba yo recibiendo en ese justo momento…

Tras aquella primera experiencia que tuve en comunión total con la abundancia de la naturaleza, mi relación con ella cambió brutalmente. Cada vez que podía, caminaba sin zapatos para sentir ese suelo caliente bajo mis pies. Cada vez que tenía un hueco, me iba a apoyar mi espalda sobre alguno de esos árboles ancestrales. Comencé a sentir la presencia de la luna y de la naturaleza en sí dentro de mí. Y, encontré, finalmente, a esa mamá incondicional que todos buscamos para que nos arrope en cada momento.

Hay veces que me siento huérfana y sé que no soy la única persona en el planeta que le pasa esto. Siento que necesito apoyo, amor incondicional, que alguien me diga que valgo y que soy maravillosa. Necesito de una presencia que me certifique que estoy bien como estoy, que no necesito ser perfecta, ni estar siempre presente… Necesito de un lugar que me arrope y me haga sentir que me encuentro en el lugar en el que estar por derecho propio. Esa presencia, esa “persona”, ese lugar… está siempre ahí esperándonos. Y cuando nos faltan las palabras, las caricias, los abrazos… la Tierra siempre está ahí para abrazarnos.

Entiendo que en un mundo digitalizado, enfocado a hacernos ser algo que no somos, lleno de información innecesaria, carente de herramientas para llevarnos al lugar al que pertenecemos… la gente andemos perdidos. Entiendo que busquemos estímulos externos que nos saquen del dolor escondido de sentirnos poco vistos, poco recibidos…

Entiendo… Entiendo…

Sin embargo, hay una realidad mucho más cercana al iphone, a la mesa de la oficina de trabajo, a la copa de vino para aliviar las penas, a los pensamientos exigentes de “querer ser algo más”… y esa realidad se encuentra dentro de uno mismo.

Si no encuentras dicha realidad, no se trata de culparse a uno mismo o culpar al vecino,… se trata de observar el mundo en el que vivimos y decidir hasta qué punto estamos dispuestos a rechazar lo que nace naturalmente de nosotros. Hasta qué punto queremos vivir desconectados de nuestra emoción natural o de aquello que nos hace sentir completamente vivos.

El hormigón, las plazas de ciudad llenas de cemento, los aparatos electrónicos, las casas acorazadas y completamente aisladas… nos están llevando a una muerte emocional. El corazón se encuentra en las cosas que viven: en las plantas, en la tierra, en las nubes al moverse… en tu pelo agitándose con el viento, en tu cuerpo inmóvil contemplando una noche de luna llena…

Hay alguien esperándote “ahí fuera”, deseando recogerte por ser quien eres, queriéndote aceptar en el momento en el que estás… y se llama NATURALEZA, sea ésta externa o sea ésta interna.

Date un baño en el mar de manera consciente, siente en tu cuerpo los colores del cielo de una puesta de sol, túmbate en una roca a la luz de las estrellas… entrégate como ser humano en tu propia lucha y ESCUCHA lo que un momento de vida en la Tierra te puede llegar a decir.

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Fotografías en el Camino de Santiago, 2012