El mundo como hogar

Hay cuatro lugares concretos en el mundo que considero mi hogar. Uno de ellos es un espigón de rocas que hay en una de las playas de Santa Pola del Este, justo al lado de la ciudad en la que vivo en España. Allí, en la roca más próxima al mar y más alejada de los caminantes y de los coches, me siento, apoyando mi espalda contra otra roca. Acurrucada frente al mar miro al horizonte y escucho las olas que se mecen a mi lado. A veces, éstas me salpican en la cara y me despierto. Otras veces, el mar se encuentra en calma y yo disfruto del gentil sol del atardecer o de alguna estrella fugaz que hace sonreír a todo mi interior.

Mi segundo hogar se encuentra en India, concretamente en el pueblo de Rishikesh donde he pasado 9 meses en el último año. Allí, al contrario de un gran mar que se expande ante ti, me encuentro con las faldas del Himalaya, montañas que se sitúan ante ti mostrándote la fuerza y el peso de la Tierra. Por las noches, la luna se asoma elevándose por encima de ellas como una bella mujer que te saluda desde lo más alto. Por no ser suficiente con dicho espectáculo, el río Ganges se encuentra recorriendo el pueblo con toda su determinación y energía purificadora. Por la noche, basta con cruzar los puentes colgantes que unen ambas partes de la ciudad y sentir ese viento que te golpea a ti y al puente para, de manera clara, sentirte lleno de energía abriéndole los ojos a la vida.

El tercer lugar, lo encontré hace tan solo unos meses. Fue en Nepal, en el templo budista –denominado estupa- de Boudanath. Allí, una especial construcción en forma de “casita” que tiene pintados los ojos de Buda, te mira sin juicio, con recibimiento y con apertura. Dicha estupa lleva allí desde el siglo V y recibe cada día a cientos de nepalíes, nómadas de otras regiones y, ahora, turistas que también se inclinan y se postran ante ella. La plaza de dicha estupa se encuentra abarrotada de fieles que rezan, oran y meditan; el olor a incienso es total y la fe de los allí presentes tiene tanta fuerza que parece ser la causante del movimiento de las banderitas de colores que adornan el lugar. Al atardecer, cuando el cielo coge esa sensación tan clara de ser tridimensional, es el momento perfecto para pasear por allí y dar vueltas alrededor de la estupa. A penas quedan monjes y señoras mayores orando con sus collares de cuentas y las velas son encendidas para mantener la llama de la Presencia durante la noche.

Estos tres lugares son especiales y son un cobijo incondicional para mí y para cualquier transeúnte que busque ser escuchado mediante su propia escucha. Pero, hay un lugar, y éste es el cuarto, que vive dentro de mi corazón y que siempre será mi retiro por excelencia: los bosques de secuoyas que hay en Santa Cruz, en California.

Fue una conocida a la que escuché hablar de un retiro budista que se encontraba cerca del campus universitario de Santa Cruz, justo donde me encontraba realizando un curso de coaching. La miré y le pedí los datos de aquel lugar. “Land of Medicine Buddha”– me dijo. Aunque supe esto justo unos días antes de volver a España, no quise perder tal dato y lo guardé hasta que tuve la posibilidad de regresar a aquella zona.

Reservé una habitación para estar allí dos semanas. Como suele ser costumbre mía, no sabía nada del lugar, sólo que aquella mujer me lo había recomendado. Me fié y confié en la intuición. Llegué allí a la una de la madrugada pues mi avión se había retrasado, habían dejado una llave en un sobre en la “supuesta recepción” que venía a ser una caseta entre los árboles. Como pude y sin linterna, encontré mi habitación y dormí allí hasta el día siguiente.

Cada uno sueña con sus lugares idílicos, entiendo que muchos estén fascinados con el lujo y yo misma, en muchas ocasiones, también lo estoy. Sin embargo, hay algo en lo simple y lo sencillo que me conquista de una manera más profunda. Aquella habitación, con su cama, su mesita de madera y un baño puramente práctico tenía tres cosas impresionantes: una eran sus ventanas que te dejaban ver los frondosos árboles del exterior, otra era que tenía una ventana en el techo para poder ver las estrellas por la noche y la última y la mejor, era la PUERTA que te llevaba a ese paraíso natural exterior.

Que no se me confunda, el paraíso para mí es el silencio y, especialmente, si éste se da en lugares que hablan por sí mismos. Este retiro se encontraba en medio de un bosque de redwoods y secuoyas, los árboles más extraordinarios del mundo. No solo son, a mi entender, los más viejos, gruesos y altos sino que tienen una forma de vivir que hace que a uno se le pongan los pelos de punta. Por un lado, son árboles que no tienen raíces profundas, su manera de sostenerse es agarrándose a las raíces de otros debajo de la tierra. Forman redes que nuestros ojos no ven y se sostienen unos a otros mediante la conexión con el grupo. Por otro lado, cuando un árbol muere y, finalmente, queda tan solo la base de su tronco muerta, un grupo de árboles de desplaza hasta formar lo que se llama un “altar”. Así, normalmente, encuentras círculos de árboles de secuoyas y, en su centro, la base de un árbol que ya ha muerto.

¿Qué decir al respecto? Una llega a esos bosques silenciosos, sin los zapatos en los pies y solo queda callar. Callar porque hemos hablado mucho y porque tenemos TANTO ahí fuera que no vemos…

No solo sentarse en el suelo de ese bosque, no solo poner tu cabeza y corazón junto a alguno de esos árboles sino también, saber qué se siente al entrar en uno de esos altares y tumbarse encima de la base del árbol muerto sintiendo a tu alrededor la presencia de los árboles que hacen de círculo. 

Dicen que hay un Buda que, debido a la compasión que sentía por un tigre que tenía hambre, le entregó su cuerpo para que se lo comiera. Dicen, también, que en esos bosques de secuoyas de Santa Cruz pueden aparecerse algunos tigres –de no sé qué especie. Yo, por lo general, no me fío mucho del alarmismo americano y, además, es un lugar lo suficientemente acercado a la vida humana como para que coincida que esos tigres quieran aparecer por allí. Sin embargo, ya digo que, si algún día desaparezco, bien sea porque salí despavorida del ruido de la ciudad o porque emprendí un camino sereno para encontrarme de nuevo con el Silencio, ya dejo aquí escrito donde podría hallarse mi cuerpo, vivo o muerto…

… y lo que es seguro, en paz. 

Silencio.

santapolaVistas desde el espigón de Santa Pola del este.

Lakshman_Jhula,_Rishikesh,_Uttarakhand,_IndiaFotografía desde lo alto de la montaña del pueblo de Rishikesh, India.

boudanathMi querida estupa en Boudanath, Nepal

redwoodsTumbada en el bosque de secuoyas en Land of Medicine Buddha, California.

*La información que tengo de los árboles Redwoods y Secuoyas viene de fuentes externas (personas, internet…) que he ido consultando a lo largo del tiempo. Si hay algo que creas que debiera saber al respecto, nueva información es bienvenida.

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