La felicidad de la soledad

He escrito en numerosas ocasiones sobre ese “lugar” al que me marcho a jugar separada del resto del mundo. Ese “lugar” en el que yo puedo decidir las tonalidades de mi realidad y las melodías que se entonan. Hasta ahora, he criticado mucho esa tendencia mía de aislarme, de separarme de los demás, de no querer saber a qué se está dedicando ese mundo que se mueve tan rápido… Hoy, desde ese “lugar”, escribo y lo hago para agradecerle, no solo los momentos de acogimiento que me ha dado en el pasado sino también todos los que me sigue dando en el presente.

Tras pasar tres días en un festival de reggae, durmiendo en tienda de campaña, con música 24 horas en grandes altavoces… puedo decir que echaba de menos mis momentos de total aislamiento, de consciente introspección, de viajar por mis adentros, de fantasear, imaginar e inspeccionar el abanico de maravillas que se pierden escondidas en cada parte de mi cuerpo.

Desde pequeña, he sabido que necesitaba estar sola. No es que no me gustara estar con los demás, es que llegado un momento, siempre necesitaba retirarme y encontrarme con el silencio de la habitación, con el mensaje de una profunda canción o con los susurros que les dedicaba a mis muñecas. Al no ser algo habitual en este mundo extrovertido, nunca supe reivindicar este espacio y empecé a sentirme algo rara en la sociedad por necesitar “tanto” tiempo para mí. Al reprimir esta necesidad de estar sola conmigo misma, la necesidad se multiplicó por miles, lo que me llevó a un aislamiento quizás más acentuado que es el que muchas veces he mencionado y he criticado.

Estos días en el festival, no me sentía cómoda para meditar en público pues no sentía que fuera el lugar para hacerlo. Sin embargo, tampoco me quería esconder dentro de una calurosa tienda de campaña para hacer algo que era mi más pura expresión. Finalmente, en el último atardecer antes de acabar estas vacaciones, no tuve más remedio- pues la energía se almacenaba dentro de mí- que ponerme de pie en medio de todas las tiendas de campaña y comenzar a hacer movimientos meditativos conforme sentía ese sol entrar en el horizonte. Al abrir mis ojos, ví a tres chicos de pie, justo enfrente de mí, completamente absortos mirando lo que estaba haciendo. Me sentí feliz, realizada de poder compartir con los demás lo que en ese momento llevaba dentro.

Para ser un poco más precisa con este texto, lo que venía a decir es que hasta ahora he criticado mucho mi tendencia al aislamiento pero creo que ha sido, precisamente, porque no me daba el derecho de apartarme del jaleo externo cada vez que mi mente lo necesitaba. Yo no soy nadie para juzgar cuánto tiempo necesito estar sola, y si son dos, tres, cuatro veces al día las que me tengo que “excusar” delante de amigos, familiares o conocidos, por ir a nutrirme en ese tiempo privado para mí, lo quiero respetar. Así también, si quiero levantarle mis manos al sol en medio de una playa, sentarme en medio de un restaurante con mis manos en posición de “rezo” mientras miro a la luna o simplemente, retirarme un poco de un grupo para estar en silencio, también quiero respetarme en ello. 

Ahora me doy cuenta de la mina de autenticidad que se guarda en mi interior y ya no quiero criticar todo ese tiempo que invierto sacando tesoros de ella. No por ello dejaré de poder hacer verdaderas amistades, no por ello deberé vivir retirada de la vida en sociedad y no por ello dejaré de poder formar mi propia familia, como antes me decía y siempre me asustaba.

Hasta ahora me veía como ese sabio solitario que se retira en las montañas (y digo hombre, porque la mujer “retirada” de la sociedad no se encuentra todavía en mis prototipos mentales) pero también me quiero dar la oportunidad de incluirme a mí y, especialmente, a mi cueva en medio de la sociedad. Al fin y al cabo, me he dado cuenta que tengo una cueva bien hermosa y que siempre es un placer contar con ella para irme dentro a gozar de esa sabiduría y amor universal que encuentro dentro de ella.

Creo que se trata de empezar a entender cómo soy, cuáles son mis necesidades y comenzar a respetarlas. Empezar a trazar líneas, poner límites, captar esos momentos en que necesito aislarme y, tan tranquilamente, apartarme para encontrarme con ese vacío que tanto me llena.

Hoy respeto mi naturaleza creativa e introspectiva y, además, me gustaría invitarte a ti a que observes si tienes en tu círculo gente que le gusta estar sola; especialmente, niños que les gusta jugar solos, que necesitan apartarse de los demás, que les gusta fantasear e imaginar… en ese caso, te invito a que contemples la posibilidad de respetar su decisión de estar en soledad.

El otro día una hermosa mamá jugaba con su hijo de tres años a los muñecos. Un muñeco se quedó solo y la mamá dijo: “Ay, pobre muñeco, ¡se ha quedado solo!”. A lo que el niño respondió: “Mamá, está solo, no está triste”.

4 pensamientos en “La felicidad de la soledad

  1. Precioso artículo. Gracias, muchas gracias. Me identifico totalmente con lo que dices. Me he llegado a sentir un bichito raro por amar el silencio y la soledad.
    nati

  2. No puedo creer que leo a alguien que siénte algo tan preciso como lo que siento, simplemente lo googlee y apareció, te lo agradezco pues lo necesitaba mucho en este momento.

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