SALIR DE LA CUEVA

La primera vez que me enamoré tenía yo siete años. Había un chico en mi clase que se llamaba Sergio Vidal. Por ser mi apellido Vicente, siempre nos tocaba cerca a la hora de hacer la fila o sentarnos en los pupitres de clase. Aquel chico fue mi primera “musa” o, mejor dicho, la primera persona en la que se focalizaron todos mis brotes creativos.

Estuve dos años escribiéndole poemas, cantándole canciones a la hora del recreo, haciéndole dibujos con su nombre y soñando cada noche que nos quedábamos encerrados en clase después de haber acabado la jornada escolar. Después de él, vinieron algunos otros, accesibles o no, como Brad Pitt – por quien abrí una hucha de monedas para ahorrar e ir a conocerle- o Nacho, un chico que cantaba y tocaba la guitarra en un grupo de música cuando teníamos entre los quince y dieciocho años.

Reconozco que no he cambiado mucho. La idealización sigue siendo lo mío, especialmente, cuando a hombres se refiere. Sé lo peligroso que es esto teniendo en cuenta que vivimos en un mundo en el que las relaciones se establecen con personas de carne y hueso y no con eternos protagonistas de películas de acción, pasión y aventuras. Por eso, comienzo a darme cuenta del patrón que establezco a la hora de relacionarme con los demás.

Creo que una parte de mí no acepta la rutina o, quizás, no acepta la línea continua y pronosticada que lleva de manera natural la vida. Por ejemplo, la certeza ya designada de que nacemos, vivimos y morimos o el hecho de que el sol salga todos los días. Creo, que en un intento de no querer ver lo banal, cíclico y humano que lleva implícito mi existencia, intento adornar con todo el material posible cada cosa, persona o relación que encuentro por mi camino.

Empiezo a comprender que no quiero ver cada cosa, persona o relación por lo que es. Que pongo tanto azúcar, que el sabor original queda perdido. Que maquillo tanto la situación, que me pierdo lo que verdaderamente ha ocurrido.

Por eso, sintiéndome un poco desalentada e intimidada por el conocimiento de esta manera mía de actuar, no me queda otra que empezar a soltar estos patrones. Le guste a mi pequeña yo o no, el momento ha llegado de dejar morir esa parte de mí que un día me benefició pero que, ahora, en mi vida adulta se hace sentir un lastre.

Fantasear me ha ayudado enormemente en esta vida, he podido salir de muchísimas situaciones de sufrimiento y cobijarme en mi maravillosa y estupenda cueva de aislamiento. Dentro de ella, he tejido un mundo propio interno ajeno a aquel mundo externo que se me hacía tan lejano en el que las voces y las pisadas se escuchan con los oídos físicos y las caricias o bofetadas se perciben con el tacto de la propia piel.

Comienzo a sentirme preparada para ser impactada, bien por la belleza de una palabra o por la malicia de una mirada.

Saldré, sigilosa y cautelosa, de la cueva en la que habitaba.

 

2 pensamientos en “SALIR DE LA CUEVA

  1. Yo también me refugié en mi cueva cuando la realidad no me gustaba o no sabía lidiar con ella. Pero ahora me siento fuerte y me puedo enfrentar a los dragones de la vida. Es un lujo, por fin, sentirse victoriosa. Un beso.

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