El total perdón de los pecados

Ahora que desato las cadenas, te presentas ante mí, reivindicando lo que tú crees ser tuyo.

No me gritas ni me exiges que vuelva pero susurras levemente a mi oído palabras que sabes que no voy a poder evitar escuchar. Rozas con tu dedo suavemente una zona de mi espalda, dejas señales por la casa que me recuerden aquello que dejé atrás.

Y no es tu melodía la que me evoca la pérdida de haberte dejado, es esa incansable presencia tuya que se hace dolor cuando quiero sellar lo que entre nosotros se había creado. Tu presencia intoxica la alegría de ser porque quiere ser yo misma y dejarme vacía de cualquier espacio propio.

Si algo he aprendido en todo este tiempo es que un estallido de luz y fuego puede cegarme y apartarme de las luces ténues que me acompañan cada día. Prender fuego en el espacio de un segundo, puede quemar mis ojos y dejar la piel de mis dedos inhabilitada para acariciar aquello que es más constante y que no requiere de sustos ni improvistos.

Tu alimento sirvió como agarre fuerte ante la desesperada situación de mi alma. Alimento que ingerí para salvaguardar mis ganas de amarrar cualquier sujeto que pudiera mostrarme con su aliento lo que es estar y sentirse lleno de vida.

No podré condenar tu presencia pues a lo errante hay que dejarlo bailar con su rumbo insospechado en los ciclos de la existencia. Más si podré elegir si el elixir que quieres entregarme día a día, es bienvenido en las entrañas de mi persona.

Decir “basta” puede resultar estruendoso. “Se acabó”, poco compasivo. “Dejémoslo de una vez por todas”, puede no llegar a resonar con armonía en el núcleo de nuestro ser.

Tendremos que probar diferentes palabras que trasciendan aquellos hechos que ambos hemos presenciado. Buscaremos la oración final que nos deje sucumbir a ambos en el total perdón de los pecados. Excavaremos hasta probar con certeza y osadía el valor de todo aquello que realizamos movidos por el dolor, la rabia, deseos incontrolados y rencor acumulado.

Y, de nuevo, podremos juntar nuestras manos y alzarlas al viento. Entenderemos la cruda y sentida inocencia de cada uno de nuestros actos. Perdonaremos los daños causados. Te abrazaré para dejarte marchar y, por fin, tú, te habrás marchado.

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